Friday, January 16, 2015

Lorenzo Castillo: ¡más de 20 años en Junta del Café!

Lorenzo Castillo: ¡más de 20 años en Junta del Café!
por Cristóbal Llanos; cllanosb@gmail.com

16-1-2015

En un comentario extraño y poco afortunado, el gerente de la Junta Nacional de Café, Lorenzo Castillo, citando a la red social rusa RT, que avisaba sobre la inminente creación de un mercado de cambio directo entre Rusia y la RPC, alerta al público, sobre el colapso del dólar como medio de cambio, diciendo nada menos que los mercados tiemblan.

En medio de lo confuso de este anuncio, y para mayor panorama de su visión de dirigente cafetalero, ese mismo día, se desplomaban los mercados europeos tras los problemas de Grecia, con elecciones en que la izquierda podía ganar y lo que eso significaba, por supuesto trascendente.

Pero lo que es en apariencia un total desconocimiento de que es lo que un dirigente de sector debe seguir como información relevante e importante, nos muestra un peligroso desconocimiento de lo que los mercados de monedas significan para los commodities o materias primas. En efecto en su comentario al poner el post de RT, nos comenta, "tiemblan los mercados", como si esta unión de dos monedas irrelevantes, pudieran hacer temblar los mercados, y lo peor: deja dudas sobre si le parece positivo que el dólar se desbarranque en algún escenario que solo él entiende.

Lo más extraño y más peligroso, por lo menos para los cafetaleros, es que, el dirigente parece olvidar que el café se cotiza en las bolsas de Nueva York y Londres, en dólares americanos, y se vende en todo el mundo en dólares, desde que entra en la planta o almacén ya no cuesta en soles, es una cierta suma de dólares en forma de sacos de café.

Los procesos, sacos, fletes, maquinas, servicios, hasta el Estado cobra en dólares.

Olvidar esto o creer que hay nuevos y mejores escenarios, y sobre todo que están entre el rublo y el yuan, lleva a pensar cuáles son las motivaciones de los dirigentes cafetaleros.
Hace un mes nos dejaba un comentario, también en el sentido que el incremento en el consumo interno era una tarea pendiente.

Nos preguntamos ¿hasta cuándo, Lorenzo Castillo? quien al mas puro estilo de los dirigentes colombianos y brasileños o los dictadores caribeños, tiene casi 20 años en la Junta de Café.
Tiempo suficiente para decir tarea cumplida y no tarea pendiente.

En la reunión Expocafé en la que nos encontramos con otras personas y al exponer nuestras actividades en Africa, comentó que Africa necesitaba como 20 años para alcanzarnos, obviando, olvidando o simplemente no sabiendo que Africa tiene los cafes mas finos del mundo, y además es la cuna genética del café de la que hoy en día se están extrayendo nuevas variedades. Etiopía es el café mas fino del mundo, seguido de Kenya, Tanzania, Ruanda que son comprados a varias veces el precio del café peruano.

Pero esto lo dice el férreo opositor a que se realice en el Perú el campeonato de taza de excelencia COE por sus siglas en inglés, que ya cumplió diez años en todos los países cafetaleros importante de AL.

Pero, si esto logra engañar a cualquiera y hacer ver una persona falta de brújula, nada más lejano. En los cuerpos dirigenciales y en sus declaraciones, se lee un total respaldo a las políticas anti-inversión, seudo protectoras de los ríos, selvas y cuanta causa haya que abrazar siempre que esté en estrecha coordinación con los rezagos de la izquierda marxista.

Las dirigencias cafetaleras son mixtas, variadas como variado es el panorama de la selva, pero los camaradas, con la ayuda de sus portavoces, como en este caso, han logrado encumbrar en cargos directivos a muchos cuadros políticos.

Es así que después de dos décadas vemos que el mercado interno es tarea pendiente, pero notorios dirigentes políticos ya pasaron por la JNC, dando su mensaje por todo el territorio cafetalero.

Esto nos dice de una agenda, los famosos procesos, que no es otra que apoyar en el sector cafetalero la agenda política de izquierda, o la que fuese.

En los últimos veinte años se han creado multitud de empresas que bajo la fachada de ONGs, venden servicios a los cafetaleros. Estos tienen que pagar certificación orgánica, fair trade, rain forest, o lo que fuese. Lo cierto es que hace veinte años no se pagaba.

Pero se podría decir que esto ayuda. Solo relativamente, las cooperativas y en general los cafetaleros no reciben precios por su café por encima de lo que recibe un cafetalero en Colombia, Panamá o Costa Rica, no hay un trabajo de prestigiar al café peruano mediante una política de calidades, más bien hay un trabajo político.

Entonces vemos que los dirigentes, más que liderar, también confunden, ¿qué puede pensar un productor si se le dice que le pueden pagar sus cosechas en rublos o yuanes, y que además esto es asi porque como consecuencia lógica de tan feliz evento, los mercados tradicionales han colapsado o van a colapsar muy pronto?

¡Es increíble leer al gerente de la Junta de Café que 2014 fueron los precios mas altos de los dos últimos años, todos lo sabemos y a la vez escucharle que la actividad cafetalera está en la ruina y no tiene el menor apoyo del Estado, para la roya, para los plantones, o para lo que sea, la cosa es usar la actividad cafetalera como un pendiente, como un casi desastre que va llevar a la pobreza a 300 mil familias, y decir al dia siguiente que Colombia sigue el ejemplo peruano!

Es decir la situación está tan mala, de correr, pero a la vez está llena de éxitos.

Hay una manera de dirigir entre otras, y es confundir y asustar, acusar y a la vez plantear nuevas tareas, para los que seguimos de cerca estos escritos no hay duda que sirven a propósitos no solo cafetaleros, sino políticos.

Es pertinente decir que el "post" con las referencias citadas al principio, fue borrado de la pagina del posteador.

Seria bueno que los dirigentes de la JNC analicen o revisen las informaciones que se vierten en la medida que tienen impacto directo en la actividad.



¡Superando otoños tristes de malos recuerdos!

¡Superando otoños tristes de malos recuerdos!
por Zully Pinchi Ramírez; alertasenhal@gmail.com

16-1-2015

¿Te imaginas tener 9, tan sólo 9 años y despertar una mañana de frío y ver a tu madre, a tu costado,  decapitada? La sangre chorreando a tu alrededor y ver su cuerpo separado de su cabeza, porque así suene irreal, fue un desalmado que entró en el silencio de la noche a asesinarla.

Eso le ocurrió a Adela, una mujer ayacuchana que fue víctima del terrorismo por los ochentas en el mega apogeo del pensamiento obtuso y radical más sanguinario de todos los tiempos de la era republicana del Perú.

Ella era muy humilde y su pequeña casa de una sola habitación, donde dormía juntos a sus padres y hermanos que, por cierto, fueron también asesinados. Su hermano Agustín logró escapar, pero cada uno, tuvo una historia completamente diferente.

A casi 35 años de tal masacre, Adela me cuenta algunos pasajes tristes de su vida, de escombros y cenizas, y cómo anhela el momento en que ella pueda volver a ver a su hermano quien como alondra de la sierra, voló y aún no puede encontrar sus huellas.

Dice que una maestra de su escuela primaria la ayudó a escapar y todo conllevó a que Adela pasara de pueblo en pueblo hasta Huacho y de allí a Lima, y en esta ciudad, a diferentes distritos donde sólo aprendió: "el dolor de los golpes de la vida".

Tuvo que trabajar  muy duro todos los días desde la mañana hasta altas horas de la madrugada y a sus nueve años sin papá ni mamá a su lado, no sabía hacer nada. Y a puro zapatazo, cachetadas, jalones de cabello, planchas calientes en su rostro e insultos tuvo que aprender y, aguantar para poder tener "un piso" donde dormir y un "pan duro" que comer.

Dime que hasta ahora no hay una sola lágrima en tus mejillas porque mis ojos se nublaron de dolor en este momento en que te cuento sobre ella, no puedo imaginarme tanto sufrimiento, ¡tan pequeña y tan sola!. Tanta injusticia, sin nadie que pudiera defenderla y ser su mano amiga.

No todo fue negro con gris para Adela, un día escapó y se refugió en Carhuaz, lugar donde por primera vez pudo admirar un arco iris, tener fe y un credo.

Pronto llego el verdadero amor a su vida y bajo el cielo bonito y azul de Carhuaz, con aire en el verano y abrigo en el invierno, finalmente formó un hogar.

Concibió niños que llegaron como lo hace la primavera, reemplazando sus otoños tristes de malos recuerdos, y le rogó con todas sus fuerzas a su Dios juntando sus manos en señal de pacto, que le permitiera ver crecer a sus hijos y que jamás nadie le robe la vida, como se la quitaron a su madre.

Nos volvimos a ver algunas veces y siempre era extraño ver sonreír en exceso a una mujer a quien la vida agarró tantas veces a patadas.

La última vez, estuvo en Lima me llamó por teléfono y fue a visitarme a mi casa de meditación, me llevo cuyes, panecillos, frutas y con mi oposición dejó brillando mi camioneta y limpió toda aquella casa con un amor y ternura que logró hurtar muchos suspiros en mi corazón.

Pero ¡Adela!, ¿por qué has hecho todo esto?, tú eres mi invitada, no hagas nada por favor te lo pido.

¡Y cómo no hacerlo Zully después de todo lo que me has apoyado, esto es solo una pequeña cosecha de las miles de semillas de esperanza que has sembrado en mí!

Le di un abrazo fuerte. Pero en mi mente no pude dejar de recordar que aún faltaba algo, lo más importante, ayudarla a encontrar a su hermano Agustín.



Extranjeros fusilados en Chorrillos, 1881

Extranjeros fusilados en Chorrillos, 1881
por Ernesto Linares Mascaro; elinaresm@yahoo.com

15-1-2014


Es conocido que después de la batalla de San Juan (13/I/1881) una parte de las tropas chilenas se dedicó a la destrucción de Chorrillos, el balneario más bello del Perú del siglo XIX. Existe la historia de que 13 bomberos italianos de la Compañía Garibaldi de Chorrillos fueron fusilados por el ejército chileno cuando intentaban apagar los fuegos del balneario (ver aquí). Estuve investigando qué tan cierta era esta versión y no hay nada similar escrito en los diarios o por los historiadores de la época (Barros Arana, Caivano, Markham, Paz Soldán, Vicuña Mackenna), sólo he encontrado relatos de este hecho en años posteriores a la guerra, no del mismo año de 1881, pero sí encontré un hecho parecido, el fusilamiento de extranjeros en Chorrillos, entre ellos tres italianos,ocurrido el 14 de enero de 1881.

La narración de este suceso la encontré en el archivo del Foreign Office (Relaciones Exteriores) británico, cuyas fotocopias de microfilm se encuentran en la biblioteca del Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú (IEHMP) hace cuatro décadas.

Spenser St John, ministro plenipotenciario británico en Perú, escribió un oficio al secretario de Asuntos Exteriores, conde de Granville, el 9 de agosto de 1881, en donde señala la responsabilidad que tiene el general Baquedano, jefe del ejército chileno, en la destrucción de Chorrillos, así como la muerte del doctor inglés Maclean en aquel acontecimiento. Entre los varios documentos que anexa, hay una relación de reclamos británicos al gobierno de Chile por daños en Huanillos, Pisagua, Miraflores, Chorrillos, Barranco, Ancón, Macas, Chimbote, Paita, Callao, Quilca, Supe, Arica y Cerro Azul por montos que ascendían a S/. 54,328.59 y £ 64,291 - s. 18 - d. 2,(1) y una declaración en francés de Charles Orengo al ministro plenipotenciario francés en Perú, Eugene Domet deVorges.

Testimonio de Orengo

Charles Orengo fue un francés que residió en Chorrillos y fue testigo de la destrucción del balneario.

Orengo cuenta que a las 5 am del jueves 13 de enero de 1881, se levantó por un cañoneo consecutivo. Salió de su casa, portando 2,000 soles y su reloj con cadena, después de haber colocado en su casa un letrero que decía Français como lo recomendó la Legación de su país.

Situado en una altura, Orengo fue testigo de la batalla hasta las 8 am, cuando vio que las rabonas corrían hacia la costa y las tropas peruanas se dispersaban. Orengo se escondió detrás de una gran roca en la orilla del mar con unos italianos. Fue testigo cómo los peruanos desde el Morro Solar, se arrojaban al mar, muriendo algunos al estrellarse en las rocas y otros retirándose a Chorrillos.

Como los chilenos empezaron a hacer fuego sobre la costa, Orengo cuenta que un italiano izó una bandera blanca con una falda que le arrancó a una mujer. Los chilenos capturaron a los hombres y un jefe les interrogó sobre la existencias de minas, a lo que Orengo respondió que el gobierno de Piérola ocupaba una habitación en el Club Regatas y que ahí residió un norteamericano que había colocado torpedos. (2) Orengo se separó del grupo y acompañó al subteniente Fuenzalida y a 30 soldados chilenos a buscar un salón donde alojarse.

Orengo cuenta que pasó la tarde del 13 tranquilo con Fuenzalida. Cuando cenaba con él, se acercó un soldado chileno para decirle que encontró a un soldado peruano escondido detrás de un bote y cuando le intimó rendirse le disparó; Fuenzalida ordenó que lo fusilen y lo arroje al mar.

El viernes 14 Fuenzalida le preguntó a Orengo si tenía licor y comida en su casa, a lo que respondió que solo aves de corral y pan.  Un sargento y dos soldados acompañaron al francés y a un italiano, Angelo Descalzi, quien debía llevar los alimentos. Orengo vio que las casas de la esquina de la calle Del Sol estaban en llamas y que el fuego comenzaba en el extremo de la calle La Mona, “pero que todas las casas ya habían sido saqueadas”.

La excursión fue inútil porque no había nada en la casa de Orengo. Al regreso pasaron por la calle del Tren y fueron testigos de los incendios y robos.

“En el trayecto, nosotros vimos el robo, el pillaje, el incendio, la muerte” narró Orengo, quien al arribar al hotel Terry a las 3 pm, se dio con la sorpresa que Fuenzalida había sido relevado por un subteniente del regimiento Santiago. Ese día 14, Orengo se la pasó sin beber y sin comer. A las 5:30 pm llegó el capitán Aguirre con 24 soldados y se llevaron al cementerio a Orengo y a los demás, un francés, un portugués, tres italianos y unos pescadores pobres, “cuyo único delito fue haber proporcionado pescado en la playa”.

Orengo cuenta que llegaron a las 6 pm y que tres peruanos heridos fueron fusilados en el camino. Como el capitán Aguirre le dijo a Orengo que lo iban a fusilar, para salvar su vida le entregó 2,000 soles y su reloj con cadena. Aguirre ordenó que Orengo se quedará atrás mientras él se bajó del caballo y marchó con el resto, que fueron fusilados. Ellos fueron el francés Pierre Gorrio, los italianos Paulino Marsano, Lucas Chiappe y Angelo Descalzi y el portugués Juan Pereira. Gorrio y los italianos eran conocidos de Orengo, quien dijo que ellos eran vendedores de limonada y propietarios de tiendas de comestibles, además que Gorrio dejó esposa e hijos. Pereira era un pescador desconocido para Orengo.

Luego de los fusilamientos, Orengo le dijo al capitán Aguirre que en su casa tenía un objeto de oro valorado en 50 soles, lo que era una mentira porque el mismo Orengo había visto su casa quemarse a las 2 pm. En efecto, cuando fueron a la casa, ésta seguía en llamas por lo que Orengo no podía cumplir con ningún obsequio. El capitán Aguirre intentó matar a Orengo, pero desistió después de las suplicas de éste y lo dejó en la calle del Tren a las 7 pm, frente al cable submarino que estaba ardiendo. Orengo cuenta que se escondió en un corralón mientras afuera los chilenos ebrios disparaban al aire y se disputaban el botín.

A las 6 am del día 15, Orengo salió del corralón y encontró al inglés Scott, plomero de Chorrillos, junto con Le León, teniente de navío francés observador de la campaña en el ejército chileno, quien le ofreció agua y galleta. Le Léon lo llevó al cuartel chileno, lo dejó en una ambulancia y le dejó su tarjeta.

“El mismo día a las 12, yo reconocí en el cuartel al capitán chileno que me salvó la vida y al saludarlo se perturbó un poco; le enseñé la tarjeta de Le Léon y al leer el nombre me dijo que lo espere al pie de una columna que allí había, para devolverme el dinero que le había dado para salvarme la vida. Efectivamente, él fue a los diez minutos con el dinero, del cual faltaba algo, e igualmente quería devolverme mi reloj, a lo que yo le pedí que lo guarde como recuerdo mío”.(3)

Charles Orengo no vivió mucho tiempo después de ese acontecimiento, falleció en Lima el martes 18 de enero de 1881. St John escribió que murió de sobreexcitación.

El tribunal franco-chileno y los casos de Orengo y Gorrio

Después de la guerra, Chile formó tribunales de arbitraje con Inglaterra, Italia, Francia y Alemania para solucionar los reclamos de los ciudadanos de esos países por los daños de propiedades y lesiones personales que recibieron durante la guerra. Entre los casos que se alistaron para presentar al tribunal franco-chileno están el de Charles Orengo y el de Pierre Gorrio. El punto débil del caso estaba en que Orengo fue el único testigo del fusilamiento de Gorrio, del portugués Pereira y de los italianos Descalzi, Chiappe y Marsano y falleció antes de que se instalara el tribunal.

Para la sustentación de las demandas, la Legación francesa en Lima contrató al abogado peruano Guillermo Seoane, uno de los más reconocidos juristas del siglo XIX.

Desde un inicio, Vorges intentó una compensación de Chile para Orengo, inclusive después de su muerte. “Ninguno de los oficiales citados por el señor Orengo existía en el ejército”, le respondieron a Vorges en 1881, pero cuatro años después, Seoane encontró que el capitán Manuel Aguirre estuvo el año 1881 en el regimiento Esmeralda que integró la expedición Letelier en el centro del Perú. (4)

En un contra-memorándum de respuesta al memorándum de Jose Eugenio Vergara, abogado que defendía a Chile de las demandas en el tribunal, Seoane defiende las reclamaciones francesas. Así narra que en Chorrillos perdieron su casa los franceses Dominique Ahanneau, Urbain Bon, Pierre Cluzeau, Félix Dibós, Bernard Gaillour, Gustave Heudebert, Gentil Layet, Félix Léonard, Jean Baptiste Malherbe y los hijos de Charles Orengo y Pierre Gorrio. (5)
Seoane transcribe varias partes de la declaración de Orengo y para sustentarla cita a otros testigos de los hechos de aquel día.

El italiano Domingo Massabó confirma que estuvo en la orilla del mar junto a los franceses Orengo, Gorrio y otros, bajo los peñascos del Salto del Fraile. Estuvieron una hora en el escondite hasta que se llenó de soldados dispersos, por lo que decidieron irse, “pero tan luego que salimos al descubierto, el gran número de balas que veíamos caer al agua, nos hizo retroceder a nuestro sitio; sólo el súbdito francés Pedro Gorrio continúo adelante”.

Massabó cuenta que los chilenos les hicieron fuego y una mujer que iba con ellos rompió un pedazo de fustán, lo amarró en el bastón de Massabó y se izó de bandera. Un oficial chileno les ordenó que suban al Morro y les inquirió si sabían de la existencia de minas, a lo que Orengo respondió que en el hotel Terry podrían haber porque unos norteamericanos estaban allí ocupados en el trabajo de torpedos. El mismo oficial se llevó a Orengo y a un portugués al hotel. Según Seoane, el hotel Terry estaba “situado al nivel de los baños, es decir, muy abajo del pueblo de Chorrillos”. (6)

Fidel Giovanini señala que el 14 de enero obtuvo un pase del general Baquedano para asilarse en una balandra de bandera alemana y bajó al hotel Terry, en donde encontró a los franceses Orengo y Gorrio y que el portugués Pereira lo condujo a bordo, agregando que Gorrio quiso acompañarlo pero no pudo porque no tenía permiso. Gorrio se había refugiado en el hotel Terry para alejarse de los peligros de la población, fue detenido por los chilenos y fusilado el día 14. (7) La casa de sus hijos en Chorrillos fue incendiada por los chilenos el 22 de enero de 1881, nueve días después de la batalla. (8)

José Cabañas también estuvo ese día 14 en el hotel Terry, pero salvó del fusilamiento porque estaba en la cocina cuando llegó la tropa a llevarse a los franceses Orengo y Gorrio y demás personas. (9)

El Tribunal franco-chileno no dio sentencia alguna, por lo que nos quedamos con la duda de qué tan ciertos eran los casos de Orengo y Gorrio. Chile y Francia firmaron un Protocolo el 26 de noviembre de 1887, mediante el cual Chile pagaba 300,000 pesos de 38 d. (£ 47,500) a Francia por todas las reclamaciones de ciudadanos de su país, entre ellos, los descendientes de Orengo y Gorrio. (10) Francia debía determinar cómo repartía ese monto entre los demandantes.

Conclusiones

Nunca hubo fusilamientos de bomberos italianos cuando ellos apagaban los fuegos del incendio de Chorrillos. Lo más probable es que los italianos muertos en Chorrillos por las tropas chilenas fueran miembros de la compañía de bomberos Garibaldi que hasta hoy existe y con el paso del tiempo, la versión sobre su muerte se fue deformando. Inclusive se menciona un bombero italiano fusilado llamado Giuseppe Orengo, pero tal nunca existió, sino es el nombre que reemplazó a Charles Orengo.

El testimonio de Charles Orengo permaneció inédito hasta que fue publicado en 1885 por Guillermo Seoane, pues personalmente he revisado libros y diarios entre 1881 y 1884 y nunca lo he visto publicado. Lamentablemente, su falta de publicación generó o aumentó el mito de los bomberos italianos.

Por Orengo sabemos que cinco extranjeros fueron fusilados al día siguiente de la batalla y revisando documentos de la época veo que los chilenos también asesinaron a dos ingleses y otros cinco italianos, demostrando que si bien no hubo bomberos, sí hubo extranjeros, en su mayoría italianos, asesinados en Chorrillos

NOTAS

(1)  En aquella época, una libra esterlina se dividía en 20 chelines y cada chelín, en 12 peniques.
(2)  Puede ser Paul Boyton, buzo norteamericano quien fue contratado por el gobierno de Piérola junto a George Kiefer para colocar torpedos marinos. Recomiendo leer la obra “George Kiefer and the Necropolis of Ancon” de Linda Jacobs para más datos al respecto.
(3)  Public Record Office. 1882. Correspondence respecting the conduct of war against Peru by Chile 1879-81, pp. 61-63.
(4)  Seoane, Guillermo. 1885. Contra-Memorándum sobre algunas reclamaciones francesas presentado al Tribunal franco-chileno, pp. 350-351.
(5)  Ibídem, pp. 96-97.
(6)  Ibídem, pp. 344-345.
(7)  Ibídem, p. 346
(8)  Ibídem, p. 98.
(9)  Ibídem, p. 346.
     (10) Soto Cardenas, Alejandro. 1950. Guerra del Pacífico, Los Tribunales Arbitrales (1882-1888), pp. 235-236.







Tuesday, January 13, 2015

Cancillería, Gringolandia y alturas de La Paz

Señal de Alerta
por Herbert Mujica Rojas
14-1-2015

Cancillería, Gringolandia y alturas de La Paz

En nuestro país de mamey, donde llueve para arriba y con psicosociales al por mayor, cuando creíamos que esa aciaga época había sido superada, pasó cuasi desapercibido el nombramiento del ex ministro de Economía, Luis Castilla, a la embajada más importante del Perú en el exterior: Washington D.C. No parece aventurado afirmar que el asunto cosechó no pocos aplausos, uno más de ellos está en pagos norteamericanos.

Si cuando el presidente Humala ascendió a la administración del gobierno debió aceptar el precio de entregar a Castilla la poderosa cartera de Economía para no inquietar a los inversionistas, entre ellos a los de Gringolandia, la ecuación cierra su ámbito ahora que el referido personaje se va como representante del Estado al distrito de Columbia. Insisto, el clamor y ovación deben haber sido ensordecedores.

A un flamante ascendido a embajador en el muy accidentado proceso de pocas semanas atrás, Luis Benjamín Chimoy Arteaga, le ha sido encomendada la responsabilidad diplomática en La Paz, Bolivia. El canciller Gonzalo Gutiérrez aludió a sus antecesores en esa misma localidad altiplánica: Silvia Alfaro y Fernando Rojas Samanez a quienes endilgó un supuesto trabajo "brillante". Si salirse de los pétreos confines del Tratado del 3 de junio de 1929 entre Perú y Chile, es "brillante" para el titular de Torre Tagle, entonces ¡todo está patas arriba!

Baste recordar las expresiones del ex canciller García Belaunde, de los antecitados embajadores Fernando Rojas y Silvia Alfaro, ambos acreditados ante Bolivia, como también la columna en Correo, del embajador Ponce Vivanco, que sostienen que Perú debe ser "consultado" y no celebrar un previo acuerdo -como manda el Tratado del 29- con Chile, cuando se trate de cesión a una tercera potencia ¡por Arica o Tacna!

El titular de RREE, Gutiérrez, engreído y propuesto por Wagner y García Belaunde, se inscribió en la misma línea cuando declaró sobre aspectos internos de la demanda boliviana a Chile, tema ajeno al Perú, motivando el reclamo de Chile

En Bolivia hay para Perú una papa caliente: Martín Belaunde Lossio. Es de exigir que el embajador Chimoy esté en capacidad de lidiar con el tema sin concesiones, trapisondas o acuerdos ajenos a la estricta posición que la Patria mantiene con respecto al diferendo que la nación altiplánica litiga con Chile. No parecieran tener mayor relación las circunstancias pero ¡precisamente! los dos ex embajadores Silvia Alfaro y Rojas Samanez dieron declaraciones proclives a involucrar a Perú en el diferendo bilateral aludido. ¡Por si acaso, por si acaso a alguien se le ocurran ideas peregrinas!

Ayer en La Paz se presentó ante la Comisión Nacional de Refugiados, Martín Belaunde Lossio y en Palacio Quemado, ante el presidente Evo Morales, el embajador Chimoy se acreditó como representante del Perú. La coincidencia es curiosa.

Si hacemos una suposición, negada en todos sus extremos, en que hay ciertas urgencias políticas para que se demore todo lo posible la resolución en torno al paradero en Bolivia de Belaunde Lossio y que, además, ya ha sido anunciado, nunca sería entregado al Perú que lo reclama, entonces, alguien quedaría debiendo un favor enorme. ¿A cambio de qué?

En 1879 Perú no declaró su neutralidad ante la agresión chilena a Bolivia. Fuimos arrastrados a una guerra de rapiña porque estábamos moralmente obligados por un pacto firmado en 1873 con Bolivia y hoy se recuerda la sangrienta batalla de San Juan y Chorrillos que precedió a la de Miraflores, en ambos casos dolorosas derrotas sin atenuantes. A eso nos condujo una dirección traidora y claudicante como fue la de Nicolás de Piérola que a fines de 1881 y ya como ciudadano sin mando, se entrevistó en su cuartel en Lima con el jefe de la ocupación chilena Patricio Lynch, sin que hasta ahora haya habido una explicación sobre ese vergonzoso encuentro.

No buscamos la guerra, fuimos envueltos en ella y salió Perú como país destrozado, en bancarrota, mutilado, herido moralmente hasta hoy con un recuerdo que sucesivos gobiernos evitan rememorar como hoy mismo. ¿Se repite la historia? ¿Cuál el costo de semejante desmán?

Mientras que en el caso de Castilla, él se siente como pez en el agua para defender los intereses de los inversionistas, tribunales y orientaciones empresariales norteamericanos, él encaja perfectamente en lo suyo; hay derecho a preguntarse si Chimoy, un embajador novel, puede hacerse cargo de una delegación delicada como es, hoy por hoy, Bolivia. Aparte de haber sido compañero de promoción de Gonzalo Gutiérrez y Claudio de la Puente, ministro y viceministro de Relaciones Exteriores, respectivamente, no parece exhibir otros méritos. A menos que se considere como tal su exitoso salto de un puesto más allá del 20 y de allí al 7mo., en el muy discutido proceso de ascensos que le otorgó el título de embajador.

El silencio nacional frente a sucesos que parecieran revivir hechos del pasado, constituye probanza de la nulidad de las generaciones que habitan en la cosa pública desde hace más de 40 años. Es hora del relevo, velis nolis.


Batalla de San Juan y Chorrillos

Batalla de San Juan y Chorrillos
por Ernesto Linares Mascaro; elinaresm@yahoo.com

13-1-2011


La batalla de San Juan y Chorrillos es la más grande en la historia del Perú por la cantidad de hombres enfrentándose, se realizó el jueves 13 de enero de 1881 y este jueves se recuerda los 130 años de aquel hecho.

Esta acción de armas es conocida en Chile como batalla de Chorrillos por ser el pueblo de ese nombre cercano a la batalla y sus alrededores fue donde se llevó la parte más larga y dura de la lucha. En Perú es conocida como batalla de San Juan o batalla de San Juan y Chorrillos, porque la línea de defensa era conocida como línea de San Juan y porque en el cerro Salto del Fraile en Chorrillos es donde fue el último punto de resistencia peruano.

No hay muchas versiones de sobrevivientes peruanos sobre esta batalla. La más conocida es la del general Pedro Silva en sus 2 partes oficiales publicados en los diarios El Comercio y La Tribuna y también está el parte oficial del coronel Arnaldo Panizo sobre la defensa del Morro Solar también publicado en el diario El Comercio. Varios años después de la batalla fueron publicados algunos relatos. Entre estos están los que relatan la lucha en el Morro Solar que son los del capitán Silverio Narvarte y el sargento mayor Pedro Alcócer, ambos del batallón Guardia Peruana N° 1; está el opúsculo “Como Fue Aquello” del coronel Víctor Miguel Valle Riestra, que relata la lucha en Chorrillos (en las campiñas y en Santa Teresa); la carta que el coronel Manuel Pereyra en donde narraba como fue la batalla en San Juan, en el sector de Cáceres, publicada en el libro “Artículos Militares” de Alejandro Montani; el memorándum y las respuesta al cuestionario del comité de damnificados italianos del coronel Belisario Suárez, publicados por su descendiente Rómulo Rubatto; cuestionario del comité de damnificados italianos del coronel Arnaldo Panizo, publicado por su descendiente Juan Carlos Flórez, y el más conocido, el testimonio del Mariscal Andrés A. Cáceres publicado inicialmente por su hija Zoila Aurora Cáceres en su libro “La Campaña de la Breña”.

Uno de los testimonios más interesantes y poco conocido es el de José Torres Lara, quien entre 1911 y 1912 publicó una serie de 5 opúsculos sobre sus vivencias durante la guerra con el título de: “Recuerdos de la Guerra con Chile (Memorias de un distinguido)”. El primero de estos tenía por título “La batalla de San Juan”, en donde él narra cómo vivió aquella batalla en el batallón Concepción en donde él estaba enrolado. El siguiente opúsculo trata sobre la batalla de Miraflores y los 3 últimos sobre el primer año de la guerra.

Algunos apuntes sobre la batalla de San Juan y Chorrillos y el testimonio de José Torres Lara

El testimonio de este peruano es bastante interesante porque narra los acontecimientos desde la lucha en San Juan, la posterior retirada de ahí, la resistencia en las afueras de Chorrillos y la retirada a Miraflores. También lo es porque es de un soldado y no de un oficial o miembro de la plana mayor. El mismo José Torres cuenta porque le llaman distinguido: “… ya soy soldado de veras; soldado distinguido se entiende. Los rasos nos llaman distinguidos de….. porque lo que  caracteriza la distinción es estar exceptuado del servicio de baja policía, y lo más característico de esto es el tener que botar diariamente los depósitos de aquello….. de ahí el mote. Otros nos dicen “distinguidos mataperros”, no por la acepción común del calificativo, sino por el motivo especial que ya veremos” (1).

En cuanto a la batalla, la línea peruana estaba defendida por los Ejércitos del Norte y del Centro, al mando del general Ramos Vargas Machuca y el coronel Juan Nepomuceno Vargas respectivamente. Cada ejército tenía 5 divisiones; las primeras 3 divisiones del Ejército del Norte formaban el 1° Cuerpo del ejército al mando del coronel Miguel Iglesias, quien también era Secretario de Guerra, las otras dos el 2° Cuerpo del ejército al mando del coronel Belisario Suárez, las divisiones 3ª y 5ª del Ejército del Centro con una división volante formaban el 3° Cuerpo al mando del coronel Justo Pastor Dávila y las divisiones 1ª, 2ª y 4ª formaban el 4° Cuerpo del coronel Andrés A. Cáceres. Los ejércitos estaban al mando del Jefe Supremo Nicolás de Piérola y tenía como Jefe del Estado Mayor General de los Ejércitos al general de brigada Pedro Silva. Los 4 Cuerpos del ejército también tenían bajo su mando la artillería, las fuerzas irregulares, los ingenieros, el personal administrativo o la caballería que estuviera en su zona. José Torres Lara era soldado del batallón Concepción N° 27, formado mayoritariamente por conscriptos de Junín, al mando del coronel temporal Juan E. Valladares y junto con el Ancash N° 25 y Zepita N° 29 formaba la 5ª división del Ejército del Norte. La mayoría de soldados peruanos tenía el uniforme color blanco, es algo que se debe saber para entender ciertas líneas del relato.

El ejército peruano en la batalla de San Juan y Chorrillos tenía 18,650 soldados. De esto se le debe descontar mil hombres porque las fuerzas irregulares estaban armadas en parte y el resto, con rifles Minié, así como la administración militar y a que el batallón 23 de diciembre estaba incompleto; se le descuenta otros 2,150 hombres del batallón de Guardia Civil, la columna de Honor que estaba en Monterrico, la columna de Pachacámac, una parte del Cuerpo de Dávila y otra de la de Suárez que no combatieron, de tal manera que el día del combate sólo habían 15,500 soldados disponibles en el ejército peruano (2).

El ejército chileno tenía 23,129 hombres disponibles el 12 de enero de 1881 (3).

En cuanto a las posiciones peruanas, éstas abarcaban unos 12 Km, iban desde las orillas del mar hasta cerca al cerro San Francisco. Los peruanos llaman derecha a sus posiciones en Chorrillos e izquierda las de San Juan. La línea de defensa era las alturas al sur de Chorrillos y San Juan, empezaban en las alturas de Marcavilca (entre las playas La Chira y Conchán), seguí por las cercanías a la hacienda Villa, Santa Teresa (donde se encuentra actualmente el AA.HH. Tupac), Zigzag occidental, Zigzag oriental (donde está la Escuela Nacional de la Policía), el Gramadal, Viva el Perú y los cerros de Pamplona (en particular, el que se encuentra a la espalda del supermercado Metro del puente Atocongo). El relato comienza en San Juan, pues las fuerzas del 2° Cuerpo constituían la reserva de los ejércitos, y va narrando como ve la lucha desde las cercanías de la hacienda San Juan y como se tuvieron que retirar desde este punto hasta la estación del ferrocarril en Chorrillos.

A continuación, la narración de la batalla.

Recuerdos de la guerra con Chile (Memorias de un distinguido). La batalla de San Juan (fragmento)

“… Eran más o menos las cuatro de la mañana, la luna ya se había puesto y el fulgor de las estrellas que enviaban su postrera luz, no alcanzaba a esclarecer las tinieblas. Un silencio solemne reinaba y era seguro que millares de hombre cubiertos por dos banderas enemigas se acechaba para exterminarse. Sólo de cuando en cuando se sentían los pasos rápidos de los jefes y oficiales del E.M., cuyas sombras cautelosas veíamos aparecer y desaparecer, llevando o trayendo órdenes. Nos mandaremos descansar en nuestro propio terreno y nos sentamos sobre las maleteras…

… Un poco á la derecha de las posiciones que habíamos ocupado al principio, se había alzado en un mástil que habíamos notado de día una luz roja, una luz blanca, otra luz azul: los colores simbólicos de Chile que anunciaban la presencia real de su ejército por la derecha, centro e izquierda. 

Una o más hora transcurría desde que nos despertaron, cuando unas detonaciones aisladas primero y descargas sucesivas después, se percibieron bastante apagadas por la distancia, en nuestra ala derecha. Como los desgarramientos de las nubes en las tormentas andinas, el bronco ruido de los cañones se dejó oír luego y el relampagueo de la explosión nos indicaba el sitio del ataque. Pero no nos entretuvo más el lejano espectáculo; porque así como un castillo cuyas guías de fuego han sido hábilmente dispuestas por el pirotécnico para un efecto instantáneo, un vivo resplandor como aureola, se extendió por todas las colinas de San Juan, y un fuego graneado de fusilería nos anunció que la batalla estaba empeñada en toda la línea. Si graneado se inició el fuego de la infantería, el de la artillería con sus resplandores más extensos y más intensos, se rompió también con su rabia, y su continua sucesión expresaba la impaciencia, el coraje y la serenidad de los que manejaban los cañones.

Un ¡viva el Perú! espontáneo y estentóreo, respondió a nuestras filas a los ruidos del combate: nuestro pabellón fue sacado de su caja, enarbolado en su asta, y el porta, el subteniente Ugarte, tomó la insignia del batallón para no soltarla mientras no lo obligara una bala enemiga…

… Ya era de día cuando se dio orden a todo el 2° Cuerpo del Ejército para que fuera a ocupar un lugar más próximo a las posiciones en que se batían los nuestros. Desfilamos sin demora, atravesando por la plazoleta de la hacienda San Juan, y fuimos a desplegar los seis batallones a retaguardia del centro de batalla… De entre el ruido atronador del combate percibíase claramente la música de “San Miguel de Piura”, que tocaba probablemente el pabellón de este nombre para unir en esos instantes supremos el pensamiento de nuestra Patria chica al de Patria grande. Otros cuerpos tocaban diana, y era patente que nuestros soldados, nuestros reclutas, puede decirse, hacían buena cara al enemigo.

Pero no era un espectáculo gratuito el que contemplábamos; una batalla no se ve de cerca impunemente. Las grandes parábolas que los proyectiles enemigos describían alejando sus efectos de nuestras filas, fueron acortándose a medida que rectificaban sus punterías; muchas bombas reventaron en un lugar pantanoso o anegado, salpicándonos con el lodo que sublevaban; una reventó entre la cola del batallón Ancash y la cabeza del nuestro, y fue una fortuna que no causara más que un herido, un soldado del Ancash, que recibió sobre la espalda un casco que le ocasionó una herida grande, pero no grave, pues aunque bañado en sangre lo vi alejarse rápidamente sin necesidad de ajeno auxilio. No paso mucho tiempo de esto cuando sentí un ligero chasquido cerca de mí a retaguardia; todas las miradas convergieron hacia ese punto, y si la situación y la causa no fueran tan graves, riéramos de la cara espantada y grotesca que ponía un ranchero de mi compañía, al mismo tiempo que exclamaba: - “Me han herido”. En efecto, un hilo de sangre le corría por la mejía derecha y por la izquierda le salía una masa verde-sanguinolenta. Sin duda la bala le penetró en trayección horizontal en momentos que introducía la coca y le había pasado por el vacío sin tocarle la lengua.

Seguido de un numeroso estado mayor, cuyo selecto personal no podía ser disimulado, el Jefe Supremo, tan impasible al silbido de las balas como á las aclamaciones de los soldados, pasó delante de nosotros, dirigiéndose a la derecha en donde la acción se hacía cada momento más severa.

El efecto eventual de los proyectiles perdidos del enemigo no había sido con todo hasta este momento de daño tan grave como para inspirar temor; pero la acción entraba ya en su período álgido y nuestra situación se modificaba con gran desastre. De pronto una onda agitó toda nuestra línea, y una voz siniestra cundió de boca en boca: ¡Los chilenos, los chilenos! ¡Miren como avanzan! Sí; envuelta en la bruma del humo y del polvo del combate, avanzaba una numerosa fuerza enemiga a apoderarse del abra por donde viene el camino de Lurín a Chorrillos; y avanzaba y avanzaba incontenible, era de verlo y no creerlo; pues ¿qué hacíamos nosotros…? Transcurrió espacio de tiempo inestimable y perdido para nosotros, cuando vi llegar a toda carrera al general Pedro Silva y hablar, accionando enérgicamente, con el coronel Suárez, partió luego a escape un ayudante, y poco después el batallón de la cabeza, el “Huánuco”, se desprendió de la línea y avanzó a reforzar la posición; peros e encontró con el reflujo de los que venían en derrota, y vaciló. Luego se desprendió el veterano “Paucarpata”, y abriéndose en guerrillas al mismo tiempo que avanzaba, marchó sobre el enemigo; pero fue inútil su resolución y su serenidad, porque interceptada la muchedumbre de nuestros dispersos, antes de poder hacer uso de sus armas fue también dominado por la corriente de la derrota, sufriendo la suerte de ser destrozado, sin poder causar daño al enemigo. Había sido herido el Comandante General Coronel Buenaventura Aguirre de la 4ª división; lo había sido mortalmente el Coronel Chariarse del “Paucarpata” y de gravedad el Coronel Pedro Mas del “Huánuco”.

¿Qué hacían entre tanto los otros batallones del cuerpo de Reserva? El “Jauja”, que se encontraba más inmediato al lugar de la catástrofe, se desconcertaba; el “Ancash”, “Concepción” y “Zepita” (“Zuavos”) continuaban inmóviles en su formación, recibiendo, no ya las balas perdidas, sino los tiros directos del enemigo que encontraba un blanco seguro. Todos los Jefes, el Coronel Suárez, el Coronel Pereira de la división y los jefes de los batallones, con una serenidad admirable, puesto que, estando montados, constituían los blancos predilectos de los enemigos, todos se esforzaban por igual en infundir su aliento a los que mandaban. Nuestro Jefe, el Coronel Valladares, decía a sus soldados que empezaban a dar indicios de vacilación: “Que no se diga que los hijos de Concepción han corrido”….

… Desde que ocupamos la retaguardia de la línea de batalla, una interminable procesión sangrienta pasaba por delante y por detrás de nuestras filas; unos heridos iban todavía con paso firme y prometían llegar a la ambulancia; otros, con pasos vacilantes no tardarían en caer; los abnegados ambulantes no se daban abasto para recoger su piadosa cosecha, y pasaban y repasaban incesantemente, penetrando hasta las mismas filas del combate. Varios de estos meritorios soldados cayeron cumpliendo con exceso con su deber de peruanos y de cristianos.

Nuestra posición, repito, nos permitía observar detalladamente este aspecto triste de la batalla: a nuestro frente, a menos de 200 metros, teníamos los cerros de San Juan, y a cada momento veía aparecer esos heridos que después miraba pasar a nuestro lado; otros eran sacados por los mismos soldados de las filas de combate y puestos en lugar seguro para ser socorridos por la ambulancia.

He dicho ya que las balas perdidas del enemigo no nos causaban en un principio gran daño ni temor: dos ó tres muertos y otros tantos heridos, cuyo claros se cerraron inmediatamente en las filas, fueron todos los que vi o de los que me enteré en el espacio de media hora, más o menos, que transcurrió desde que llegamos hasta que se inicio la derrota; pero desde este momento a las raras balas que rebalsando nuestra primera línea, nos causaban perdidas más raras aun, se agregó el fuego de enfilada que empezó a llover de la derecha y que bien pronto se convirtió en verdadero huracán de plomo.

Pero no era sólo allá donde los nuestros cedían el terreno al enemigo: de repente empecé a ver aparecer de detrás de las colinas de San Juan, por nuestro frente, individuos cuya ligereza indicaba no estar heridos; luego ya no fueron individuos aislados sino grupos, pelotones; de pronto, se oye un toque inexplicable en esos momentos: el de cesar el fuego, y un momento después era toda la línea de San Juan la que abandonaba sus posiciones.

Es este instante el de mayor desfallecimiento que vi en mi vida y fue ese el momento más difícil para conservar el orden y la formación en los tres batallones que aun los guardábamos: sacando la cabeza de las filas podía verse caer sus individuos como los granos de una mazorca de maíz, como las hojas de un árbol. Un sargento y un distinguido de los cuatro que escoltaran el estandarte están ya acostados sobre el suelo; un momento más y vemos que el mismo estandarte se inclina y cayera si otros no corrieran a sostenerlo: es que ha faltado el brazo que lo sostenía, es que esta herido el subteniente Ugarte. Los más atrevidos del enemigo que ha asaltado las posiciones de San Juan aparecen en las alturas y apuntan… no, no apuntan, disparan nomás, que todo es blanco. Fue este, repito, uno de los momentos más infelices de mi vida y el más crítico de la batalla; los soldados nerviosos, frenéticos, agitaban sus fusiles, y los oficiales apenas podían impedir que se les hiciera fuego y aumentaran inútilmente la confusión de la derrota, cuando oí que el mismo General Silva daba la orden para la retirada. Habiendo llegado a hora temprana para tomar parte en la batalla, nos retiraban tarde para evitar sus efectos desastrosos.

Sonó la corneta el toque vergonzoso, y desfilamos al trote por la izquierda; pero las balas enemigas nos seguían con su mortal tenacidad, pues aunque el boscaje del camino ocultara el bulto, el polvo les enseñaba el blanco. El teniente Arroyo, que hacía de capitán de mi compañía a falta de propietario del cargo, cayo gravemente herido; alzado y colocado sobre un caballo con un individuo que lo condujera, fue alejado rápidamente del campo. Antes de separarse vivó al Perú con el aliento que le quedaba y nos exhortó una vez más a que cumpliéramos como debíamos. Después de dejar un reguero de muertos y heridos en el camino, nos vimos al cubierto de las balas enemigas…

… Al abrigo de la Escuela de Clases, como he dicho, los maltrechos batallones de la 4ª División del Norte, y los diezmados de la 5ª, menos “Zepita”, que sobre la marcha recibió orden de ir a reforzar la derecha, rehicimos completamente nuestras filas. “Huánuco”, “Paucarpata” y “Jauja” estaban reducidos a la mitad o poco menos. Una gran parte de ellos con los primeros jefes de los dos primeros, otros jefes y oficiales, habían caído en los gramadales de San Juan o en retirada; otros estaban prisioneros y algunos se habían dispersado. Los batallones de la 5ª no habían dejado prisioneros ni habían tenido dispersos; sus bajas no se debían sino al plomo, y con todo no eran menos de cien los del “Ancash” y “Concepción” no respondían ya a la lista. Pero a pesar del estrago sufrido y del espectáculo desmoralizador que habíamos contemplado, el ánimo de la tropa estaba entero; y esta actitud resuelta era más digna de elogio en los restos de la 4ª División. Deberíase ello, en parte, a los tímidos y acobardados habrían huido lejos, sordos a las órdenes y súplicas de sus jefes y oficiales, y habían quedado en filas los que sostenían su resolución de disputar palmo a palmo el terreno al enemigo, y, ya que no arrancarle la victoria, vendérsela cara.

Mientras estábamos concertando nuevamente nuestras filas, llegó el Jefe Supremo; impartió al Coronel Suárez sus nuevas disposiciones y siguió a Chorrillos, en donde ardía la batalla.

Sin demorar, pues, más tiempo que el indispensable para rehacer o rectificar su formación, salieron, de su abrigo los batallones de la 4ª y la 5ª División a ocupar nuevos puestos de combate.

La línea se extendía ahora a todo lo largo de Chorrillos y desfilaron sucesivamente a ella el “Huánuco”, en el que marchaba imponiendo a sus soldados su energía y su entusiasmo mis antiguos capitanes en el “Callao” Mendoza y García, al primero de los cuales ya no volvería a ver, y en seguida “Paucarpata” y “Jauja”; luego siguió “Ancash” que se desplegó de la Escuela a la derecha, y “Concepción” a la izquierda.

Conforme íbamos abandonando nuestro abrigo, éramos descubiertos por el enemigo, que nos enviaba sus mensajes de muerte. Empezó otra vez la música celestial, oí decir cerca de mí con un metal de voz entero, y en tono de chiste; me volví y vi que era Porfías el que había hablado.

… el modelo que yo hubiera querido imitar, el ideal de ese valor verdadero estaba realizado en Porfías. Es signo característico de este valor, la convicción de que es una facultad natural que todos poseemos en el alma, y que su ejercicio solo depende de que haya necesidad de él; por eso esta clase de valientes son mansos en su vida normal, porque el peligro no es frecuente en ella; por eso no hablan de valentía, porque no es objeto de discusión, porque no dudan del valor de nadie; por eso entre las muchas disputas que había tenido con otros o conmigo, jamás habría traído a discusión este tema. Sólo una vez, pero no promovido por él, le oí hablar de esto. El distinguido T. hablaba un día de una manera despreciativa, que siempre usaba sin empacho, de la poca confianza que le merecían “los serranos”; yo me aparté un tanto porque en general me disgustaba atravesar palabra con una persona que si entonces me era desagradable y repulsiva, hoy me es odiosa (si no ha muerto) por el crimen de que me parece ser autor.

También Porfías parecía que sentía repulsión por este sujeto, pues, contra la costumbre que me ha hecho darle el nombre con que lo llamo, jamás sostuvo porfía con él; pero estaba tan procaz y tan torpe T, que no pudo menos Porfías que acercarse y tomar la defensa de los serranos.- Sí, le dijo, muchos correrán, porque no les importa nada la capital de los viracochas que los insultan cuando no pueden…. cuando tienen miedo de hacerles algo peor; pero los serranos que sabemos que estamos defendiendo la Patria…. yo quisiera ver si les da U. siquiera a la rodilla. U. que tan valiente es…. con la boca;- y le volvió la espalda sin hacer mas caso que el desprecio merecido de las palabras de T. que lo provocaba diciendo:- Vamos afuera del cuadro… para que veas a donde te doy.

He visto, en efecto, confirmadas las palabras de Porfías: muchos de estos indios, sin concepto alguno patriótico, sin necesidad de exponer su vida por lo que no existe para ellos, han huido de la muerte en cuanto les ha sido posible libertarse de la fuerza que los obligaba a arrostrarla; pero muchos, también, consientes de lo que hacían, muchos de esos indios de cara mansa y apacible, los he visto magníficos en el combate, y recibir heroicos un balazo en el pecho o en la frente, o caer atravesado por una bayoneta enemiga…

… La acción se había vuelto a empeñar con más escarnecimiento por nuestra derecha; “Ancash” y los restos de los otros batallones que he citado, recibían ahora el empuje decisivo de los chilenos y derramaban con un objeto más útil la sangre que no habían ahorrado en la triste participación que nos había cabido en San Juan. En cuanto a “Concepción”, que ni antes ni después debía dar motivo a las apreciaciones injustas que algunos hicieran, le tocó en este periodo de la lucha una participación, si importante por su objeto, mucho menos sangrienta. Colocados en la extrema izquierda, era nuestro papel impedir que el enemigo la cerrara y nos flanqueara, encerrando a todo el ejército  en Chorrillos, como logró hacerlo con una parte de él; pero los chilenos, que no podían ignorar que teníamos un ejército de reserva en Miraflores, que podía caerles por la espalda, llevaron su ataque a fondo por el centro y la derecha, limitándose a mantener por nuestro frente guerrillas con el objeto de no perder nuestro contacto y observarnos; guerrillas con las cuales nuestra acción se redujo a un tiroteo intermitente y poco mortífero.

Sosteniendo esta actitud estuvimos más o menos hasta las diez de la mañana, hora en que abandonamos el abrigo de las tapias tras de las que estábamos y tomamos camino de Chorrillos: se había recibido orden de intentar un postrer esfuerzo para auxiliar o liberar nuestras tropas de la derecha de la derecha que peleaban ardorosamente en el Morro Solar y en la población. Una vez más renacieron los bríos del batallón, y acallando nuestros gritos de entusiasmo el ruido de la batalla, penetramos a la población. Acosados por todas partes, sordos al silbido de las balas que caían como granizo, ciegos a la vista de la muerte que marcaba nuestra marcha con huellas de sangre, llegamos en tan resuelta actitud hasta la iglesia del Buen Pastor… Pero ¿por qué se retiraba nuestra gente que cubría el frente (que en nuestro desfile teníamos a la derecha)?.... También por las calles de la población pasaba el tropel de los nuestros en sentido contrario al del enemigo. A la altura del Buen Pastor flanqueamos a la derecha y penetramos por la boca-calle al corazón del pueblo; imaginé que esto tendría por objeto cubrir nuestra maniobra ofensiva; pero muy pronto supe que era para contramarchar algo a cubierto de los fuegos con que éramos ofendidos.

¿Había sido por falta de fuerzas que apoyaran y secundaran el ataque lo que impidió llevarlo a fondo? ¿o había sido una maniobra para atraer la atención y el fuego del enemigo sobre nosotros y pudieran retirarse nuestras tropas de la derecha? Sólo en este caso resultaría útil nuestra acción, porque, en efecto, una parte de las tropas que se batían allí, se abría paso a punta de bayoneta por la calle Lima; al mismo tiempo que soldados del “Concepción”, dando la mano a los del “Ancash”, rescataban un jefe y varios soldados capturados por chilenos del “Esmeralda”, que a su turno quedaban prisioneros. Fue en este momento que cayó con una estrella en la frente el subteniente Goret.

Frustrado el último esfuerzo o llenando su único objeto, y dejando en las veredas de Chorrillos nueva y más honda huella de sangre y cadáveres, emprendimos la retirada que se nos ordenaba de Miraflores; quedando por efecto de la maniobra indicada, cubriendo la retirada, con nuestras filas cerradas y listas pare rechazar la persecución del enemigo…

… No nos persiguió el enemigo inmediatamente sino con su artillería; pero, emplazados sus cañones de modo que no nos enfilaban, lo que hubiera sido fácil, o torpemente dirigidas sus punterías, no nos causaron daño apreciable; sus disparos cruzaban diagonalmente nuestra línea de retirada, y sus granadas rebotaban o reventaban por nuestros flancos.

Un sol de enero nos abrasaba y el polvo de la marcha nos asfixiaba cuando llegamos a la línea de Miraflores: era medio día.

Al desfilar por el 2° Reducto me dijo Porfías:

-        ¿Has oído?
-        Sí….

Había oído entre comentarios que se hacían un grupo de soldados de la Reserva, estas palabras que, en estos momentos más que en ningún otro, tenían un sabor por demás amargo:

-        Estos se han venido íntegros en masa….

Cuando un momento después se pasaba lista en el potrero inmediato al Reducto, no respondieron a ella cinco oficiales y más de un centenar de soldados….

Cierto que esta pérdida era insignificante comparada con la que experimentaron otros cuerpos: el “Piérola”, en la pampa de San Juan, en donde, negándose a rendirse su jefe Reinaldo Vivanco, caía al filo del sable de la caballería enemiga, no quedando ileso casi ninguno de sus oficiales y salvando solo unas cuantas decenas de sus soldados; el “Pichincha” a quien cupo suerte igual heroica a su jefe el Coronel Pastor Sevilla; los valerosos restos que con los coroneles Noriega y Rosa Gil se abrieron paso por la Calle de Lima; pero no había sido por voluntad nuestra el que la acción del batallón se desarrollara en zona en la que el combate no asumió las proporciones sangrientas que en otros; no fue elección nuestra las diversas situaciones en que asistimos a la jornada. No, no creíamos merecer el vituperio de la crítica que encerraba aquella: habíamos soportado imperturbables sin poder hacer un tiro y sin que se ordenara nuestras filas, viendo caer a muchos de nuestros oficiales y compañeros, el fuego de exterminio de San Juan, hasta que nos hicieron retirar; habíamos cumplido nuestra consigna impidiendo el flanqueo por nuestra izquierda en Chorrillos, que hubiera dado al desastre mayor magnitud; y, finalmente, habíamos emprendido nuestra última ofensiva contra el enemigo; acciones todas que habían tenido nuestro espíritu en larga y agudísima tensión; y sin embargo, sólo en obediencia a una orden superior, habíamos abandonado el campo, sin perder por un momento nuestra formación. Y era esta circunstancia, notada y elogiada por los militares entendidos, lo que impresionaba a los reservistas, y los hacía verter la frase que tan hondamente venia a herir nuestra susceptibilidad patriótica. Cierto que no estaban aquellos en aptitud moral de emitir juicio; doblemente moral, porque no sabían lo que hablaban, y porque con el mismo criterio y con la misma razón podíamos haber dicho nosotros: Estos no se han movido de su reducto.

Ah! Pero estos argumentos que ahora se me ocurren no se me ocurrían en esos momentos; y ¿cómo se me iban a ocurrir? Me encontraba en ese estado de ánimo confuso y despechado de la infeliz doncella a quien los arrebatos de la pasión arrastraran a la cita misteriosa, y de la que saliera incólume por la frialdad de su amador, pero perdida ante el concepto de las gentes. ¡Y qué argumento poner ante el espectáculo de la batalla del Morro Solar, cuyo fragor llega a nosotros como una condenación inapelable!

Solo conociendo la magnitud del desastre podía explicarse la actitud de los que debían acudir en auxilio de los combatientes: de los 18000 hombres formados esa mañana en la línea de San Juan sólo seis mil, una tercera parte, formaron en la de Miraflores; en otra tercera parte se apreciaban los muertos, heridos y prisioneros…. Una cantidad igual se había disipado, se había colado por entre las filas de la Reserva que se desplegó para cerrar el paso a los dispersos.

Eran las dos de la tarde cuando se arrió nuestra bandera en el Morro Solar sobre sus defensores muertos o rendidos por falta de municiones y de auxilio, y surgió la de la estrella de Chile; pero, como si sus soldados no la juzgaron dignas de lucir en el cielo puro y sereno de la gloria, bien pronto se ofuscó entre el humo del incendio…” (4)

Notas

(1)  José Torres Lara, “Recuerdos de la guerra con Chile (Memorias de un distinguido). El héroe del Pacífico”. 1912. Lima, pp. 38-39.
(2)  Periódico “La Tribuna”, 22 de enero de 1884. Parte anotado y documentado del Estado Mayor General al Dictador, sobre las batallas de 13 y 15 de enero de 1881.
(3)  “Relación completa de las batallas de Chorrillos y Miraflores escrita en el teatro de la guerra por el corresponsal de La Patria”. 1881. Valparaíso, p. 8.
(4)  José Torres Lara, “Recuerdos de la guerra con Chile (Memorias de un distinguido). La batalla de San Juan”. 1911. Lima, pp. 48-74.