Informe
Señal de
Alerta-Herbert Mujica Rojas
3-7-2026
Keiko no apareció de la nada
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Transcribo
interesantes párrafos analíticos del señor Ezio Macchione en redes sociales, en
torno a Keiko Fujimori.
“Keiko Fujimori es,
dramáticamente, la presidenta funcional al Perú.
No apareció de la
nada. Es el resultado de décadas de indolencia frente a la política, de miedo
convertido en criterio electoral, de una memoria colectiva fragmentada y de una
derecha que, en sus delirios, todavía habla de “veinte años de comunismo” en un
país profundamente conservador.
Porque esa es una de
las primeras impresiones de quien viene de fuera y empieza a vivir lentamente
el Perú: este es un país profundamente de derecha. Lo es en su estructura
social, en su relación con el poder, en su manera de concebir el orden, la
autoridad, la desigualdad e incluso el progresismo. Suena paradójico, pero
también muchas formas de la izquierda peruana parecen atrapadas dentro de una
mentalidad conservadora, jerárquica, cerrada, casi colonial.
El fujimorismo
entendió eso mejor que nadie. Entendió que podía presentarse como orden frente
al miedo, como eficacia frente al caos, como mano dura frente a la
incertidumbre. En una parte importante del imaginario colectivo todavía
sobrevive la idea de que “resolvió” el terrorismo y la inflación. ¿A qué
precio?
El precio fue un
país institucionalmente demolido, políticamente mediocre, moralmente resignado
y simbólicamente marcado por la corrupción. Un país que no brilla en casi nada,
que no logra convertir su enorme potencial en una verdadera ambición nacional,
que incluso en sectores como el turismo representa apenas una mínima parte de
lo que podría ser ante el mundo.
Pero el día a día lo
tapa todo. La enorme capacidad de trabajo de los ciudadanos, su voluntad
individual, su esfuerzo personal, hacen que el país siga funcionando a pesar
del Estado, a pesar de sus élites, a pesar de su clase política. Y esa
supervivencia cotidiana termina confundida con normalidad.
Por eso Keiko puede
cabalgar tan fácilmente sobre esa forma de ser y de aceptar el poder. Hoy el
Perú tiene ante sí a una persona sin méritos propios comparables a la dimensión
del cargo, hija de un dictador, heredera de un régimen criminal y de una maquinaria
que convirtió al país en símbolo internacional de corrupción.
¿Cómo se sale de
esto? Tal vez solo cuando el fujimorismo, después de haber maniobrado durante
años para mantener al país en el barro, tenga finalmente que hacerse cargo
directamente del poder y demostrar lo que es.
Y, sobre todo, lo
que no es.
No es progreso. No
es futuro. No es modernidad. No es ambición nacional. No es ninguna posibilidad
intelectual, cultural o moral de salir de la mediocridad.
Recordemos esta
palabra: mediocridad. Porque esa sigue siendo, dolorosamente, una de las claves
más profundas del Perú.
Ahora empieza la segunda vuelta
verdadera: no la electoral, sino la mediática. La misma prensa que durante años
sirvió de alfombra al régimen congresal, que normalizó el blindaje, la
impunidad y la demolición sistemática de cualquier posibilidad de cambio, tiene
ahora una tarea dificilísima: limpiar la imagen de Keiko Fujimori.
Ese será el primer gran trabajo de los
sobones del sistema: construir una Keiko más humana, más institucional, más
sufrida, más presentable. Una Keiko para consumo público, cuidadosamente
maquillada, desinfectada de historia y envuelta en relatos personales.
Y ya sabemos cómo funciona esa
operación. No empieza por la política, ni por la memoria, ni por la
responsabilidad histórica. Empieza por el melodrama: la infancia difícil, el
drama familiar, la madre, el hermano, el divorcio, la soledad, el sufrimiento privado.
Todo será revisado, suavizado y
ordenado para producir compasión. Lo que fue cálculo será presentado como
dolor. Lo que fue frialdad será presentado como fortaleza. Lo que fue ambición
será presentado como destino.
Pero el problema no es su vida privada.
El problema es su historia pública. Keiko Fujimori no es un personaje que
aparece de la nada. Es la heredera política del fujimontesinismo: el régimen
más sanguinario y corrupto que ha conocido el Perú. Un régimen del que nunca se
separó realmente, porque lo administró como herencia, lo defendió como
identidad y lo utilizó como maquinaria.
Ahí está la relación con su madre,
marcada por una de las historias familiares y políticas más oscuras del
fujimorismo. Ahí está la ruptura con su hermano, convertida durante años en
pelea de poder dentro de la propia dinastía. Ahí está también su divorcio,
transformado por la prensa y la farándula en material emocional, como si la
vida privada pudiera borrar la responsabilidad política.
El problema es el cinismo con el que
Keiko Fujimori se ha movido siempre alrededor del poder. El problema es esa
capacidad de dejar vacío a su alrededor y seguir avanzando. El problema es una
trayectoria donde el cálculo pesa más que cualquier principio y donde la
memoria del país aparece siempre como obstáculo, nunca como límite moral.
Por eso la campaña que viene no será
electoral: será estética. Harán de todo para suavizar el rostro, humanizar el
personaje, esconder la dureza, maquillar el pasado y vender reconciliación
donde solo hay continuidad.
La prensa cortesana ya empezó a
trabajar. Los lameculo del sistema también. Pero ningún reportaje sentimental
cambia lo esencial: detrás del maquillaje sigue estando el mismo proyecto de
poder, la misma cultura de impunidad y el mismo desprecio por un país al que
siempre miraron como propiedad privada”.
