Informe
Señal de Alerta-Herbert
Mujica Rojas
30-11-2025
Enanez moral de Los honorables
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Leamos a Manuel González
Prada, Los honorables, Bajo el oprobio, 1914
“Al atravesar la plazuela
de Bolívar (operación que rara vez efectuamos por miedo a los núcleos
infecciosos) nos asalta el deseo de coger una brocha, saturarla de alquitrán y
escribir en los muros de las dos Cámaras: AQUI SE NECESITA UN ARGUEDAS.
No logrando satisfacer el
buen deseo, nos decimos interiormente: ¡Bienaventurados los tiempos en que la
muchedumbre se arme de azotes y lance fuera de la ciudad a las dos hordas
acantonadas en la plazuela de Bolívar!
¿Qué es un Congreso
peruano? La cloaca máxima de Tarquino, el gran colector donde vienen a reunirse
los albañales de toda
Las gentes acabarán por
reconocer que la techumbre de un parlamento viene demasiado baja para la
estatura de un hombre honrado. Hasta el caballo de Calígula rabiaría de ser
enrolado en semejante corporación.
¿Ven ustedes al pobre
diablo de recién venido que se aboba con el sombrero de pelo, no cabe en la
levita, se asusta con el teléfono, pregunta por los caballos del automóvil y se
figura tomar champagne cuando bebe soda revuelta con jerez falsificado?
Pues a los pocos meses de
vida parlamentaria se afina tanto y adquiere tales agallas que divide un
cabello en cuatro, pasa por el ojo de una aguja y desuella caimanes con las
uñas. Ese pobre diablo (lo mismo que sus demás compañeros) realiza un imposible
zoológico, se metamorfosea en algo como una sanguijuela que succionara por los
dos extremos.
El congresante nacional no
es un hombre sino un racimo humano. Poco satisfecho de conseguir para sí
judicaturas, vocalías, plenipotencias, consulados, tesorerías fiscales,
prefecturas, etc; demanda lo mismo, y acaso más, para su interminable séquito
de parientes sanguíneos y consanguíneos, compadres, ahijados, amigos,
correligionarios, convecinos, acreedores, etc.
Verdadera calamidad de las
oficinas públicas, señaladamente los ministerios, el honorable asedia, fatiga y
encocora a todo el mundo, empezando con el ministro y acabando con el portero.
Vence a garrapatas, ladillas, pulgas penetrantes, romadizo crónico y fiebres
incurables. Si no pide la destitución de un subprefecto, exige el cambio de
alguna institutriz, y si no demanda los medios de asegurar su reelección,
mendiga el adelanto de dietas o el pago de una deuda imaginaria.
Donde entra, saca algo.
Hay que darle gusto: si de la mayoría, para conservarle; si de la minoría, para
ganarle. Dádivas quebrantan penas, y ¿cómo no ablandarán a senadores y
diputados?
El representante ingenuo
que se disculpaba por haber votado mal por insinuación u orden del Jefe
Supremo, dio la nota justa, reveladora de la sicología parlamentaria: diputados
y senadores se consideran ellos mismos como parte de la servidumbre palatina.
Habiendo, pues, un
Ejecutivo, no se necesita un Legislativo. Pudiendo entenderse con el señor, no
se trata con los lacayos. Entonces ¿para qué los congresos? ¿Para qué las
discusiones de pedantes y fraseólogos que al oírse hablar creen sentirse
pensar?
¿Para qué las luchas
encarnizadas entre minorías y mayorías? Lo que alguien dijo de los abogados
cuadra mejor a los parlamentarios. Gobiernista y oposicionista figuran las dos
hojas de una misma tijera: se embisten con furia, mas no se causan daño. Quien
sale cortada es
Y sin embargo, esas gentes
se gratifican el honorable con un tupé inverosímil y una prodigalidad
asombrosa. Honorabilidad de honorables, tan evidente como la blancura del
tordo, la ligereza de la tortuga, el buen olor del añás.
“Señor honorable, tiene
usted el uso de la palabra”, dice un trujimán de presidente congresil,
dirigiéndose al recomendable sujeto que hizo dar o dio un esquinazo, medró con
los deslices de una mujer o supo en una tesorería cargar con el santo y la
limosna. Uno se pregunta ¿esos individuos hablan seriamente o se burlan de
nosotros?
Al presenciar la
degradación de unas Cámaras donde los hombres mienten como gitanos y se venden
como chinos, el verlas saltar de oposicionistas a gobiernistas y caer de
rodillas ante un coronelillo de similor para conferirle el generalato en
recompensa de haberlas traicionado, pisoteado y abaleado ¿quién no lamenta la
caída prematura de Billinghurst?
Sus mismos derrocadores se
hallan arrepentidos y con gusto desharían su obra: palpan que al hacer la
revolución se pusieron contra el desinfectante y a favor de los microbios. El
hombre que hoy se levantara en armas, invadiera Lima y barriera con Legislativo,
Ejecutivo y Judicial, merecería una estatua de oro.
Porque en todas las
instituciones nacionales y en todos los ramos de la administración pública
sucede lo mismo que en el Parlamento: los reverendísimos, los excelentísimos,
los ilustrísimos y los useseñorías valen tanto como los honorables. Aquí
ninguno vive su vida verdadera, que todos hacen su papel en la gran farsa.
El sabio no es tal sabio;
el rico, tal rico; el héroe, tal héroe; el católico, tal católico; ni el
librepensador, tal librepensador. Quizá los hombres no son tales hombres ni las
mujeres son tales mujeres. Sin embargo, no faltan personas graves que toman a
lo serio las cosas. ¡Tomar a lo serio cosas del Perú!
Esto no es república sino
mojiganga.
