Informe
Señal de Alerta-Herbert Mujica Rojas
11-3-2026
Gasoducto sur peruano y ausencia de liderazgos
https://senaldealerta.pe/gasoducto-sur-peruano-y-ausencia-de-liderazgos/
Transcurridos
largos y pesados días luego del incidente en Camisea que generó escasez de
combustibles y gas, provocando colas inmensas de clientes y extrema
preocupación en millones de hogares, una genuina hornada de políticos con
horizonte e inteligencia, ya debería haber planteado, como primera prioridad
del nuevo gobierno, a partir del 12 de abril o la segunda vuelta, la
finalización del gasoducto del sur.
Hay
momentos estelares que permiten que los líderes asuman el timón que la historia
les dispensa para marcar diferencias geopolíticas y de respuesta a los reclamos
de los peruanos que requieren orientación, guía, dirección. ¡Y este es la
ocasión!
¡No
importa la agrupación política, la continuación del gasoduto del sur es una
gran empresa nacional que aspira a unir su destino energético incorporando toda
la región sur para el consumo de combustible limpio, más barato, para
democratizar e igualar a la sociedad peruana tan absurdamente fragmentada por
la miopía de aventureros que mal usaron las sillas presidenciales o las curules
en diversos congresos.
Aspirar a que nuestros
“líderes políticos” de cualquier tendencia o simpatía, nos gratifiquen con un
plan geopolítico, coherente, claro, realista, es un sueño de opio. La simple
razón que la magra altura intelectual o inteligente de estos especímenes, es
razón suficiente para aniquilar ese anhelo. ¡Difícil pero no imposible!
Que la inmensa mayoría de
políticos sean borricos no equivale a que no estemos urgidos de voces de
liderazgo y guía frente a los sucesos que plantea la situación actual. ¡Es un
reto a vencer y pulverizar!
Los adalides no solo se
desempeñan en el campo laboral-empresarial sino también y, sobre todo en los
tiempos actuales, en las bases de la sociedad civil. Clubes de madres,
asociaciones de diversa índole, organizaciones de provincias, padres de
familia, todos tienen rol importante. Y estamos viendo cómo la falla en Camisea
gatilló una hecatombe real de consecuencias aún no medidas.
Recordaba ese capitán de
multitudes que se llamó Haya de la Torre, que: “no hay buenas o malas masas,
sólo hay buenos y malos dirigentes”.
Y, precisamente, he allí
la gran dificultad contemporánea del Perú: no hay adalides. A lo más, veletas
acomodaticias según como sople el viento y, a veces, resbalan por terrenos
fangosos, inseguros y no pocas veces tropiezan y se rompen las muelas.
De tanto improvisar, el
perfil príncipe de tal o cual partido, es hoy una aplanadora lista para servir
a los apetitos electoreros de quienes tienen el timón. Y como era de esperarse,
las taifas birlaron el resultado millonario del referéndum de años atrás que
abrumadoramente prohibía la reelección y abominaba del Senado.
Granjerías disfrazadas,
sinecuras y el silencio de compromiso, dispendio en frente de millones que a
veces ni almuerzan, son parte del menú corruptor que incluye a tirios y
troyanos. ¡No nos vengan a decir esos empleados que merecían semejantes
gratificaciones!
¿Y las ideas, la doctrina
o la ética? ¡Bah! dicen los palurdos, “seamos pragmáticos, a nadie le importa
nada de eso”.
Y la historia es dura: en
Perú desaparecieron los partidos, sólo tenemos patotas electorales que cobran en
miles de dólares, los puestos en las listas de candidatos.
Perú requiere, con
oportunidad a la vista e inmejorable, aprovechar la coyuntura, completar el
gasoducto del sur, responder con solvencia patriótica a una ciudadanía que
desprecia a los políticos y acoger el reto del siglo, y dar la respuesta
revolucionaria de la energía para ¡de una vez! todo el resto del Perú.
Ciertamente que los
tiempos de las grandes figuras singulares que al sólo conjuro de su voz moral y
fuerte, convocaban a las multitudes, ha pasado a un recuerdo lejanísimo.
Si se lee con atención la
biografía de políticos peruanos de los últimos 30 ó 40 años, todos o una
mayoría aplastante exhibe un impresionante ramillete de claudicaciones. Ni
honra a la palabra y, mucho menos, lealtad a las ideas.
Las excepciones siempre
son pocas.
En cambio, sin vergüenza,
sí abunda la vigorosa y lamentable predilección hacia los puestos y al mutismo
que cubre cualquier maroma o conciliábulo. ¡Eso sí, sólo entran los del
cogollo, los amigotes y los que hacen los negocios!
Por tanto, ¿qué se puede
esperar de un país guiado por taifas o pandillas? ¡Poco, muy poco! No obstante
esta realidad, en acrobacia de vencedores, hay que unir al Perú en los hechos e
infraestructura. ¿Quién se opondría? ¡Sólo los traidores!
El cenáculo, reunión
oligárquica de amiguísimos, piensa por el resto y sólo provee soluciones llave
en mano, donde manda el dólar y la mano negra es la de quienes siempre se
embolsican los dineros que vienen de los monstruos imperialistas Estados Unidos,
China o cualquier otra potencia.
Una revolución punitiva
que castigue severamente a todos los que han hecho de la política vil negociado
culpable; un encuentro con el genuino Perú que reivindique a sus provincias y a
su gente líder al mando inobjetable de sus pueblos, son giros de una sinfonía
social que aguarda a sus portaestandartes con indiscutible vocación libertaria.
¿Qué nación puede edificar
nada si tiene en sí misma los virus de su mal incurable? ¡Ninguna! ¡Por eso es
hora de terminar el gasoducto del sur!
¡Ataquemos al poder, el
gobierno lo tiene cualquiera; atentos a la historia, las tribunas aplauden lo
que suena bien; rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!
