Informe
Señal de Alerta-Herbert
Mujica Rojas
10-5-2026
¡Líderes NO cejan, solo triunfan!
https://senaldealerta.pe/lideres-no-cejan-solo-triunfan/
Un líder es una persona que guía, influye o inspira a un
grupo hacia el logro de metas comunes, actuando como referencia y ejerciendo
una autoridad reconocida. Más allá de la jerarquía, implica responsabilidad,
ética y la capacidad de potenciar el crecimiento de su equipo. Lidera con
acciones, no solo con palabras.
El líder conduce a grupos de adalides, con tropiezos, fallas
y percances naturales, pero triunfa por la bondad de sus aspiraciones y el
enorme significado que el beneficio común favorece a las mayorías.
El delincuente obra con zafiedad, es egoísta por naturaleza
y miope inepto de pensar en el colectivo. A excepción de su egolatría palurda,
no hay nada más en su óptica.
Cuando él o los líderes, “guían” a sus dirigidos al
naufragio irremediable, prueban en la acción que son inútiles y falsarios
porque no lo pudieron hacer peor. Por ejemplo reciente, los dirigentitos de
cierto partido muy antiguo, otrora imponente acción de masas por la justicia y
la libertad, el 12 de abril probaron su mediocridad y no llegaron ¡ni al 1% de
votos!
El buen líder entiende el mensaje de repudio, se retira
rindiendo cuentas y se va a descansar a cualquier sitio reconociendo su
orfandad de pegada en el manubrio partidario.
Los que se quedan, con ambiciones desvergonzadas y de
participar en las municipales y regionales, ¡son una banda de sinverguenzas y
desclasados!
¿Qué diferencia al líder del adláter o seguidor común y corriente?
Tengo la viva impresión que el adalid siempre sonríe, piensa y mira al
horizonte. Hacer y organizar son columnas de su pensamiento y, sobre todo, es
un ser ético que NO roba dinero o
bienes ajenos y que tampoco estafa la fe del pueblo. Los grandes capitanes del
pueblo, en el ámbito en que se desempeñen como dirigentes o gerentes carecen
del "derecho" al pesimismo.
Delincuentes en la cosa pública, por generaciones, han
forjado un Estado servil para con el mandato de los poderosos y obsecuente con
quienes pagan sus impuestos para mantenerlo. La gran contradicción es mostrada
como "normal" por los miedos de comunicación que embrutecen al
lector, televidente u oyente vía los ríos de sangre que propagan durante las 24
horas del día y así en el decurso de meses y años.
Para hacer política no es necesario robar, transitar por los
derroteros culposos de la coima ni el conchabo que edifica asociaciones
ilícitas para esquilmar al Estado. Debe recordarse que aquél es una convención
ciudadana, una herramienta para cualquier gobierno y que su definición torna
fundamental para saber qué clase de Estado o Estado de qué clase queremos.
¿Es posible ser honrado en la cosa pública en Perú? Una
simple revisión de las principales entidades estatales nos daría un dictamen
abominable. Encontrar funcionarios honestos es casi una aventura porque o roban
o dejan robar o se hacen de la vista gorda ante saqueos que malgastan el dinero
del pueblo. Más fácil -dicen- es dejar las cosas como están porque ganan
"alguito" y "nadie" dice o protesta nada. En buena cuenta,
ser ratero o ladrón sí es rentable, en cambio ser ético, es contraproducente.
El liderazgo auténtico requiere el mantenimiento perenne de
conductas éticas tanto en la cosa pública, como partidaria o empresarial. La
sonrisa, el optimismo constructor, el entusiasmo edificante que amalgame
voluntades que griten al unísono por la conquista de sus ideales, una tarea
imprescindible y a la que no pueden renunciar quienes deben estar a la cabeza y
en la primera fila de la responsabilidad en la marcha por las calles, en el
micrófono de la tribuna parlamentaria o en el Ejecutivo en Palacio.
Se tiende con
simplismo aventurero, a asegurar que el ladrón solo es aquél que extrae el
dinero del bolsillo, roba algún artefacto o engaña para provecho propio o el de
su banda.
Robar el dinero público o estafar la fe del elector, no es
hacer política, es DELINQUIR a secas.
La supuesta criollada o viveza con testaferros es un crimen
abominable. En cada ministerio o dependencia oficial debiera haber un letrero
gigante que proclame: ¡AQUÍ NO SE ROBA!
¿Qué es lo único que el adalid, líder, guía, conductor debe
poseer como distintivo fundamental de su influencia en los demás? ¡Su
optimismo, fe invencible y determinación de triunfar!
A más dificultades o escollos, más entusiasmo contagioso a
su alrededor.
Sí. Hay desconciertos en las sociedades que saben que sus
líderes tienen limitaciones y debilidades. Estos vacíos ocurren en todas
partes. El que grita más no es el que está en lo correcto. Suelen equivocarse y
hacen errar al ciudadano, su capacidad de discernimiento para escoger
correctamente.
Quienes suelen hacer un apostolado de estos “vacíos”
de poder, no tienen mayor respaldo comprobable en las urnas. Es más, casi
siempre pertenecen a grupúsculos que suelen hablar en nombre de otros y se
atribuyen a sí mismos la representación de la “sociedad civil”.
¿Cómo se mide aquella? Hasta hoy no se inventado otro
método que el que se hace a través de elecciones limpias. Es decir no basta el
puro enunciado ¡hay que demostrar sufragio cívico y masas populares auténticas
para tomar el nombre del pueblo en sus sentencias! De otro modo la grita torna
en turbamulta sin construcción ni educación.
Las urnas hablaron el 12 de abril y el festival de
“denuncias” de un mal candidato que no acepta su derrota, han promovido
secuelas de violencia callejera y verbal. ¿Dónde está la capacidad orientadora
de los líderes?
Luce diamantino el líder cuando en medio de
oscuridades profundas alumbra con tino y resplandece por la fuerza y motivación
de sus consejos. La grita amengua y la razón se impone, ciertamente los
adalides tienen la obligación de persuadir a la ciudadanía que juntos todo lo
podemos y que desunidos nada somos.
¡Líderes NO cejan,
solo triunfan!
