Informe
Señal de Alerta-Herbert
Mujica Rojas
11-6-2026
¡Hora de los capitanes del pueblo!
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Las mafias, ese es
su leit motiv, espíritu y afán destructor, pondrán siempre vallas al desarrollo
limpio de los pueblos. Dirán toda clase de rodeos, disimulos, mentiras o medias
verdades, que es lo mismo.
Responsabilidad
enorme en este momento estelar del Perú el insurgir desde las bases organizando
los cimientos de una sociedad que quiere ser libre, justa y culta, para avanzar
sobre los heraldos negros de todas las mafias.
Mientras que
lóbregos, despoblados, anémicos de cualquier calor popular, envejecidos en la
putrefacción de sus inmoralidades, los clubes electorales pierden las
descoloridas plumas sin ingenio ni creación, para ser parte del pasado oscuro y
de sentina.
El desmadre gigantesco que padece Perú hace agua por todos
los sectores, industrias, poderes, dinámicas. Por dónde se mire, el
atolondramiento es notorio y a nadie pareciera conmover este zafarrancho
informe y descastado.
¡Es la hora de los capitanes del pueblo, hombres y mujeres,
en sus respectivos nichos sociales para impulsar una conducta decente, un orden
elemental y la comprensión más simple que el país requiere de todos! Pero con
acentuado entendimiento que los beneficios tienen que ser para las mayorías
ciudadanas, desde siempre postergadas.
¡Precisamente, el añejo cartabón peruano, ha privilegiado eternamente
a las minorías, a los grupos egoístas y racistas y no ha entendido que una
nación obedece con disciplina a un colectivo unido y con un plan del cual no
puede desviarse en por lo menos ¡50 años!
¿Qué diferencia al líder del adláter o seguidor común y corriente?
Tengo la viva impresión que el adalid siempre sonríe, piensa y mira al
horizonte.
Hacer y organizar son columnas de su pensamiento y, sobre
todo, es un ser ético que NO roba dinero
o bienes ajenos y que tampoco estafa la fe del pueblo.
Los grandes capitanes del pueblo, en el ámbito en que se
desempeñen como dirigentes o gerentes, carecen del "derecho" al
pesimismo.
Delincuentes en la cosa pública, por generaciones, han forjado
un Estado servil para con el mandato de los poderosos y obsecuente con quienes
pagan sus impuestos para mantenerlo.
La gran contradicción es mostrada como "normal"
por los miedos de comunicación que embrutecen al lector, televidente u oyente
vía los ríos de sangre que propagan durante las 24 horas del día y así en el
decurso de meses y años.
Para hacer política
no es necesario robar, transitar por los derroteros culposos de la coima ni
el conchabo que edifica asociaciones ilícitas para esquilmar al pueblo.
Debe recordarse que el Estado es una convención ciudadana,
una herramienta para cualquier gobierno y que su definición torna fundamental
para saber qué clase de Estado o Estado de qué clase queremos.
¿Es posible ser honrado en la cosa pública en Perú? Una
simple revisión de las principales entidades estatales nos daría un dictamen
abominable.
Encontrar funcionarios honestos es casi una aventura porque
o roban o dejan robar o se hacen de la vista gorda ante saqueos que malgastan
el dinero del pueblo.
Más fácil -dicen- es dejar las cosas como están porque ganan
"alguito" y "nadie" dice o protesta nada. En buena cuenta,
ser ratero o ladrón sí es rentable, en cambio ser ético, es contraproducente.
El liderazgo auténtico requiere el mantenimiento perenne de
conductas éticas tanto en la cosa pública, como partidaria o empresarial.
La sonrisa, el optimismo constructor, el entusiasmo
edificante que amalgame voluntades que griten al unísono por la conquista de
sus ideales, una tarea imprescindible y a la que no pueden renunciar quienes
deben estar a la cabeza y en la primera fila de la responsabilidad en la marcha
por las calles, en el micrófono de la tribuna parlamentaria o en el Ejecutivo
en Palacio.
¡Vivir del Estado con sus sueldos en fecha fija, protocolos
adulones, comidas y almuerzos, viajes al por mayor disfrazados de tareas del
cargo, son moneda común en los últimos 204 años!
¡Hay que dar vida al Estado y que cumpla con sus tareas
básicas de salud, educación y trabajo! En los ministerios, todos, una banderola
debiera anunciar a todo aquel que llegue ante sus puertas: ¡Aquí NO se roba al
ciudadano!
El hombre y la mujer que llega a la función pública debe
poner a disposición, los años del cargo, sus cuentas bancarias en Perú y en el
extranjero. Si ganan X y gastan como x3, algo raro pasa y no auditar o
reinventar los juicios de residencia, una complicidad inaceptable con quienes
sólo deben servir al país.
Cada uno de nosotros, en el nicho que nos toque actuar,
somos parte de la gran solución que exige el país. Mirar al costado y exhibir
indiferencia, una cobardía inaceptable.
¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera;
atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien; rompamos el
pacto infame y tácito de hablar a media voz!
