From: Pedro Godoy <profe@cedech.cl>
Date: 2013/1/19
Subject:
To: hmujica <hmujica@suisse.com>
Prevaricato y encubrimiento agravado de jueza Guillén Ledesma
por Guillermo Olivera Díaz; godgod_1@hotmail.com
http://www.voltairenet.org/article177184.html?var_mode=calcul
21-1-2013
La destinataria de esta nota, María Eugenia Guillén Ledesma, quien ejerce la judicatura en Villa María del Triunfo, fue mi alumna en la Universidad Villarreal; ergo, confío que no esté basando su accionar impersecuto, infringiendo el derecho, en un prejuicio que opone al profesor no aprista, ni apristón. Para mí, es el único caso de docencia-dicencia antinómica.
Se considera que un magistrado comete delito de prevaricato cuando, actuando como juzgador en un caso dado, dicta una resolución contraria al texto expreso y claro de la ley, cita pruebas inexistentes o hechos falsos, se apoya en leyes supuestas o derogadas, tal como lo prescribe el Artículo 418° del Código Penal. Basta uno solo de estos supuestos para la consumación y no interesa su larvada o elefantiásica motivación para fines típicos; tampoco es fácil que los motivos (coima, prejuicio, venganza, etc.) sean ubicados, vistos, definidos y escrutados, pues aún no existe telescopio para llegar y hurgar en ellos.
Igualmente, consuma el ilícito denominado encubrimiento personal, que se agrava por ser el autor el que se encarga de la investigación del delito, el juez que sustrae a una persona, quien fuere, de la persecución penal, de la ejecución de una pena o de cualquier medida ordenada por la justicia. También, un solo supuesto lo consuma y agota. El tipo penal lo prevé el Artículo 404° del Código Penal y castiga al que con dolo encubre, favoreciendo por algo atípico al autor de un ilícito, sustrayéndolo de la persecución estatal que corresponde.
Por el momento, voy a glosar el hecho falso prevaricador, señalándolo en forma previa. La jueza en cuestión señala en su Resolución N° Catorce de 21-11-2012 (Exp. N° 668-2012): “a fojas 733 corre una notificación dirigida al procesado, la cual ha sido recibida por éste y no ha sido objeto de cuestionamiento alguno, en la que se aprecia que el domicilio del recurrente está hecho de madera tanto al lado izquierdo como al derecho”. ¡La verdad monda y lironda: ninguna de las dos puertas, ni partecillas de ellas, menos la fachada del inmenso domicilio-negocio del procesado, son de madera, sino de fierro!
La falsedad reside en afirmar que la “notificación…ha sido recibida por éste” (el procesado Jesús Idomil Mejía Tapia), lo cual no es cierto, él no ha recibido tal cédula, ni persona alguna por él (como residencia-negocio siempre está abierto al público), tampoco existe cargo alguno firmado de su recepción; por ende, no ha podido cuestionar lo no recibido. Peor aún, basarse la jueza en tal hecho falso y resolver, en virtud de solo eso, que las notificaciones de Fojas 762 y 768 son válidas, cuando igualmente son falsas. Vean y comparen las fotografías a colores que adjunto.
El propio sello cuadrado que aparece en el reverso de fojas 733, marca “Nadie en casa” y es el que consigna los colores y características falsas que el inmueble carece, ni tuvo, diferentes de los datos que figuran en las de Fojas 762 y 768. En las tres notificaciones se anotan para la fachada colores diversos: “blanco”, “celeste”, “verde”, “mostaza”, “tarrajeo”, siendo lo real que toda ella, de tres pisos, es de mayólica color marfil, el 100%. ¿Es posible confundir el color marfil con el torpe mejunje de verde, celeste o mostaza? Sin embargo, esta jueza las toma, ¡a las tres!, sin constatación alguna, sin abrir un incidente a prueba, como verdaderas siendo asaz disímiles y enteramente falsas. ¡La burda falsedad fluye del propio texto de las tres, a simple vista sin miopía ni maldad y sin recurrir a peritaje alguno!
En las puertas de domicilio de mi cliente, donde a su vez funciona la botica METAFARMA, nada está “hecho de madera”, ni en el lado derecho como izquierdo, tampoco en el centro. Las dos únicas puertas que tiene el inmueble son completamente de fierro con más de 10 años de antigüedad, cuyo material enrollable, de una, no existe ahora en el mercado.
La jueza Guillén Ledesma en cuestión, dando muestras palmarias de dolo y parcialidad, afirma textualmente en su citada Resolución Catorce: “Habiendo sido válidamente notificado con la resolución que citaba a las diligencias antes mencionadas, no resultando justificada su inasistencia: IMPROCEDENTE su pedido”. ¡Es decir, citó un hecho falso para resolver esta barbaridad, que genera indefensión, al no estar presente e interrogando en dos preventivas cuya realización no fue notificada!
Sin parcialidad alguna, con sensata sindéresis jurídica y prudente circunspección, no se podría aseverar y perjudicar el derecho humano a la defensa que las notificaciones de Fojas 733, 762 y 768, son válidas. Cualquier mortal puede cotejar las fotografías que acompañamos y concluir su falsedad; menos la jueza de marras, por supuesto.
También le hemos pedido que denuncie penalmente al falsario notificador y se ha negado a ello, lo protege y encubre así. En las tres notificaciones burdamente falsas, de Fojas 733,762 y 768, aparece como que hubieran sido hechas por la misma torpe persona, José Asto Huamán P.; empero, las firmas del mismo supuesto notificador difieren también.
Contra la aludida María Eugenia Guillén Ledesma, formularemos denuncia penal por ambos delitos; queja de hecho ante OCMA, por inconducta funcional de naturaleza muy grave; y, de ser el caso, se plantearía formal recusación por existir fundados motivos evidentes para dudar de su imparcialidad.
Si la gozaran actuar en el trámite de una diligencia judicial colegirían conmigo: ¡calza como cabal anillo al dedo con la reprochable figura del clásico judex suspectus!
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-Jueza Guillén Ledesma encubre burda falsedad
http://www.voltairenet.org/article177100.html?var_mode=recalcul
El Tratado de Ancón de 1883
por Félix Calderón Urtecho
http://perusupropiarespuesta.com/el-tratado-de-ancon-de-1883/
27-5-2007
En esta oportunidad, no es intención de quien esto escribe recordar, por enésima vez, lo que todo peruano que se precie de tal debería tener por sabido; sino, de dar a conocer a la opinión pública nacional algunos episodios virtualmente inéditos de aquellos infaustos momentos que rodearon la conclusión del Tratado de Ancón, la noche del 20 de octubre de 1883. Para comenzar, es bueno puntualizar que la guerra que acometió Chile contra el Perú fue una guerra de conquista, y no hay por qué recurrir a subterfugios o eufemismos para soterrar este baldón que golpea a diario la relación vecinal. Aparte que no fue una simple coincidencia encargar a Inglaterra la construcción de dos modernos acorazados entre 1874 y 1875, durante la sesión secreta extraordinaria del Congreso chileno de 2 de abril de 1879, se dejó constancia en actas que los “preparativos para la guerra fueron organizados con mucha anticipación”de suerte tal que se tenía la certeza de la superioridad de su marina frente a la peruana “en un estado lastimoso de abandono.” Afirmación concordante con lo que señaló el Ministro de Estados Unidos en Santiago en un oficio fechado el 22 de julio de 1881: “(…) Durante años se han ocupado de acumular á costa de grandes desembolsos todos los elementos que juzgaban necesarios para aquella contingencia. Millares de dollars (sic), que debieron dedicarse al adelanto material del país, se han gastado en la adquisición de blindados y de poderosa artillería, todo en previsión de una guerra que parecía inevitable.” (Alejandro Garland: Los conflictos sudamericanos en relación con los Estados Unidos.- Bogotá.- Imprenta de la Luz, 1901).
En segundo lugar, es de suma importancia subrayar que si bien, en un primer momento, Estados Unidos sobre todo bajo el noble liderazgo del malogrado presidente James A. Garfield, intentó una mediación para imponer la paz, excluyendo la cuestión de cesión de territorio como condición previa, lo cierto es que al final, fracasado el tercer intento en 1883, el espíritu de la doctrina Monroe terminó, desgraciadamente, por perjudicar de manera directa al Perú, no solo por rechazar tempranamente la intervención de Francia que proponía una acción conjunta con las potencias europeas (oficio de 5 de setiembre de 1881); sino porque la exitosa mediación estadounidense en el litigio fronterizo argentino-chileno al iniciarse la guerra de conquista, le brindó a Chile el respiro indispensable que necesitaba para conjurar el peligro de una guerra con Argentina, pudiendo así destinar la totalidad de sus fuerzas a la invasión del territorio peruano. (Ibid.).
En tercer lugar, se ha refundido en el recuerdo o se calla que los elementos esenciales del Tratado de Ancón, en particular los contenidos en los artículos 2°, 3°, 4°, 5°, 6°, 9° y 10°, fueron literalmente impuestos por los chilenos al general Miguel Iglesias, en el virtual compromiso de sometimiento a la voluntad del invasor que suscribiera el 10 de mayo de 1883, meses antes de la renuncia del presidente interino contralmirante Montero, producida recién el 25 de octubre de ese año. Es verdad que en el Perú, por esos días, no predominaban los partidarios de la guerra ni tampoco los promotores de la paz; por cuanto, cundía más bien el “desaliento, incredulidad (y) casi indiferencia por la suerte del país.” Pero, allí está el testimonio devastador que dejó Iglesias para la posteridad: “Me comprometo formal y solemnemente á suscribir con la República de Chile un tratado de paz, tan luego como el Ministro Plenipotenciario de ese país me reconozca á nombre de su Gobierno como Presidente del Perú, bajo las siguientes condiciones (sic).” Y lo irónico reside en que, en lo sustancial, lo aceptado por Iglesias fue casi lo mismo que lo propuesto inicial y altivamente por el negociador chileno E. Altamirano, el 22 de octubre de 1880, a bordo del buque estadounidense “Lackawanna.”
Corresponde, por cierto, hoy a los peruanos juzgar objetivamente ese acto de sumisión con todas las consecuencias que ello acarreó, junto con el testimonio que dejó M. N. Valcárcel en representación de Montero, en la comunicación que le remitiera al Ministro del Perú en Bolivia Manuel María del Valle, el 26 de setiembre de 1883. “(…) Ese estado de cosas ha durado ya un año, i viendo el Gobierno de Chile que su obra corría el peligro de inmediata destrucción, porque no tenía apoyo en la voluntad nacional, ha hecho con el jefe peruano sublevado en el Norte el pacto más extraño que rejistrará (sic) la historia, acerca del cual declara el plenipotenciario chileno, en una carta a los señores Lavalle y Castro Zaldívar (representantes de Iglesias), que las bases acordadas servirán para el tratado ‘cuando el general Iglesias constituya un gobierno que sea reconocido por Chile.” Testimonio corroborado por el propio Castro Zaldívar en su Memoria al Supremo Gobierno (Imprenta de la Tribuna.- Lima, 1883), y consistente con lo revelado por el sanguinario general Linch en la exultante comunicación que le cursara al Ministro chileno en Washington, tras la derrota del ejército peruano en la batalla de Huamachuco, el 10 de julio de 1883: “Iglesias es dueño de la situación.” Igualmente, coherente con el comentario provocador que le hiciera el entonces canciller chileno Conrado Ríos Gallardo al Embajador peruano en Santiago César Elguera, el 10 de mayo de 1929, y que éste no tardó en informar al Presidente Leguía: “Agregó el ministro que no obstante que esta cláusula irroga a Chile el perjuicio de la respetable suma de treinta millones de pesos, lo consideraba un daño meramente nominal, porque el crédito a que se refiere la disposición adoptada, fue el del sostenimiento del Gobierno de Iglesias (sic) que representó una obligación moral (sic) para Chile, que en ningún caso habría cobrado esa cantidad…no existiendo en el archivo del Ministerio que está a su cargo ni vestigio de que se hubiera gestionado nada sobre el particular.” (El Tratado de 1929. La otra historia.- Fondo Editorial del Congreso del Perú.- Lima, 2000).
En cuarto lugar, tampoco debería soslayarse sin mayor análisis lo revelado por el primer canciller de Iglesias, E. Larrabure y Unánue en el oficio que remitiera a la Asamblea Nacional el 1 de marzo de 1884, solicitando la aprobación del Tratado de Ancón y del protocolo complementario: “La Asamblea, compuesta de ciudadanos de toda la República, conoce ya el Tratado: su necesidad responde á la situación actual, estando aun ocupado militarmente una parte del territorio nacional por fuerzas extrañas; su historia es la historia de la guerra, desde Pisagua hasta los actos de presión ejercidos ayer (sic) en varios departamentos y la ruina de numerosas poblaciones (…).” Dicho de otra manera, los términos del tratado fueron impuestos a un obsecuente Iglesias en circunstancias que el territorio peruano seguía militarmente ocupado, se ejerció presión sobre un pueblo vejado para apurar la ratificación por el Asamblea Constituyente peruana y, por sí esto no fuera suficiente, se buscó legalizar la presencia del ejército de ocupación chileno, mediante el protocolo complementario, “en aquella parte del territorio del Perú que el General en Jefe lo estime necesario (sic)”, corriendo su mantenimiento por cuenta del Perú. De esta manera se configuró una situación inusualmente arbitraria, abusiva y violatoria del derecho internacional de la época.
Por último, sin ser exhaustivos, no se descarta que el negociador chileno del Tratado de Ancón, Jovino Novoa haya sido honesto cuando manifestó a los negociadores peruanos Lavalle y Castro Zaldívar, que la razón de ser de la cláusula que le permitía a Chile retener durante diez años, las provincias de Tacna y Arica, obedecía a la necesidad de contar con una garantía de pleno respeto por parte del Perú a dicho tratado en vista de la inestabilidad política de sus gobiernos. Y decimos así, pues el mismo Larrabure y Unánue confirmó el 7 de marzo de 1900 esa percepción, por lo demás corroborada contrario sensu por el condenable proceso de chilenización de las provincias cautivas que sólo comenzó seis años después de haberse vencido el plazo en 1894. Es decir, las intenciones mutaron con el tiempo.
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¿Qué ocurre con la promoción del desarrollo de la ciencia y la tecnología en el país?
Por Modesto Montoya
Presidente de la Academia Nuclear del Perú

Para ordenar la caótica normativa laboral, disuasiva para los investigadores, la SOPECYT propuso la creación de la Ley de Carrera del Investigador Científico y Tecnológico. En enero del 2011, Ollanta Humala, candidato a la Presidencia de la República del Perú, ante los participantes del Encuentro Científico Internacional, ofreció llevar a cabo esas propuestas. ¿Qué ha pasado en sus 16 meses de Gobierno que empezó en julio del 2011?
El Gobierno del presidente Humala nombró una comisión consultiva para que realice un diagnóstico y proponga las políticas que impulsen la ciencia, la tecnología y la innovación en el país. El informe final, presentado por la ministra de Educación ante la Comisión de Ciencia, Innovación y Tecnología del Congreso de la República, concluye que el llamado Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología (SINACYT) es, en realidad, un conjunto desarticulado de universidades e instituciones que no tiene ni mandatos ni funciones claras, y que tampoco cuenta con mecanismos de coordinación vertical y horizontal. Por el con! trario, tiene una deficiente estructura de gobernanza, y una intrincada y confusa arquitectura institucional. Sin liderazgo, burocratizado, débil, disperso e inviable.
Entre otros aspectos, cada institución —de manera independiente— tiene su propio reglamento de evaluación de investigadores, el que, en la mayoría de los casos, desincentiva la investigación y conduce a la burocratización. Peor aún: cada año, por no haber ley de carrera del investigador, la Ley del Presupuesto prohíbe incorporar investigadores capaces, o incentivar con ascensos a los que producen más en los organismos de investigación. Como resultado de ello, los investigadores peruanos se van del país. Quedan solo 1.090, mientras que Colombia tiene 11.000, Chile cuenta con 17.000 y Brasil con 135.000.
Por otro lado, los recursos económicos están dispersos en pequeños fondos. Además, se tiene rec ursos provenientes del canon minero con más de mil millones de soles destinados a la investigación en las universidades estatales, los que están bloqueados por normas que impiden incorporar investigadores capaces de usarlos.
Para ordenar ese caos y elevar el nivel de las decisiones políticas sobre ciencia y tecnología, la comisión consultiva propone la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MCTI). Un ministerio tiene los poderes necesarios para establecer políticas y conseguir los recursos para ponerlas en práctica, con voz y voto en el Consejo de Ministros, en el seno del cual se deciden políticas y presupuestos para ejecutarlos; tiene capacidad de convocatoria ante los agentes activos del sector estatal, sector empresarial y sociedad civil, con los que pueden definir políticas consensuadas; tiene iniciativa de gasto como para proponer, al Congreso de la República, normas que conlleven modificaciones p! resupuestales.
Cada año, la Ley del Presupuesto prohíbe incorporar investigadores capaces, o incentivar con ascensos a los que producen más. Como resultado de ello, los investigadores peruanos se van del país. Quedan solo 1.090, mientras que Colombia tiene 11.000, Chile cuenta con 17.000 y Brasil con 135.000.
Beca 18 y desempleo 25
El mundo ofrece innumerables becas para estudiar en el extranjero. Basta con que un joven muestre capacidad y se lo llevan sin costo para el Perú. Así, por facilidad del idioma, Brasil se ha convertido en el mayor enganchador de talentos peruanos. Apenas graduados, bandadas de profesionales parten a Brasil, dan un examen relativamente fácil y ganan becas para estudiar en las mejores universidades brasileñas, que están entre las mejores del mundo. Con una buena educación primaria y secundaria, mayor será el número de becados por potencias ex tranjeras.
No hay escasez de becas ni de talentos, pero sí un rechazo a los que regresan. Cuando quieren volver, el Estado les cierra las puertas, las empresas privadas no los quieren. Entonces se van por donde vinieron y logran posicionarse en el ámbito internacional de la ciencia y la tecnología. Como la política peruana no ha cambiado, las becas 18 se convertirán en una subvención a los países desarrollados, que acogerán a los profesionales repelidos por el Perú que les facilitó la beca.
Concreto, casi nadaNo se hecho casi nada en política en ciencia, tecnología e innovación. Ésa es la opinión generalizada de empresarios, académicos y políticos que participaron en la CADE 2012 de Arequipa (ver www.cienciaperu.tv). Ni el Estado ni la empresa han iniciado algo serio y coherente. Las prioridades son básicas. Se trata de atacar la inequidad, la pobreza, la corrupción y la violencia delincuencial. Lo claro es que en Suecia y Finlandia no conocen esas lacras sociales porque con tiempo llevaron a cabo políticas para impulsar la educación, la ciencia y la tecnología.
No comprendemos la tesis elemental de que con conocimiento científico y tecnológico mejoraremos la vida de los peruanos, con buenos empleos, con creatividad, con salud y con capacidad para conseguir estudiar en cualquier parte del mundo, con beca o sin ella, pero sobre todo con ganas de regresas, sabiendo que las puertas para ellos estarán abiertas en el Perú.
Solo con plata no se impulsará la innovación
En la pasada década, México y España quintuplicaron su presupuesto dedicado a la ciencia y la tecnología, pero sin nuevas políticas. Los resultados fueron casi nulos. El número de patentes (el indicador más usado en el mundo para medir el estado de la innovación) no aumentó. Los analistas internacionales reconocen que la plata no sirvió de mucho para que esos países impulsen la innovación. Todos saben que antes de invertir en un sistema cualquiera (sea empresarial, educativo, cultural u otro) hay que organizarlo y prepararlo para que la inversión sea rentable.
En el Perú, el Gobierno, haciendo caso omiso a las recomendaciones de la comisión que formó, anuncia que el próximo año se tendrá más y siempre dispersos fondos para innovación. En realidad, en conferencia de prensa, al mencionar un nuevo fondo, el Ministro de Economía y Finanzas declaró que no había leído el informe de la mencionada comisión consultiva.
En el ámbito internacional, el Banco Mundial publicó el libro Políticas de innovación: Una guía para países en desarrollo, en el que, grosso modo, define como innovación el comprar equipos del exterior y darles buen uso. Entre las recomendaciones de los expertos que escribieron ese libro está la de no crear un ministerio. Basta con una oficina especializada en la Presidencia del Consejo de Ministros. La decisión del Gobierno del Perú coincide con la propuesta de los expertos que redactaron ese libro.
A pesar de que los fondos aumentan, cada año recibimos la noticia según la cual seguimos perdiendo puntos en las tablas internacionales de rendimiento en innovación, y que es menor el componente de alta tecnología en nuestros productos de exportación. Sobre ese sistema, tememos que los recursos que se anuncian para el próximo año servirán solo para mostrar, con mayor claridad, la inoperatividad del sistema. Será funesto que se frustre más a las generaciones de científicos e ingenieros que han demostrado su capacidad y que regresan al país y no encuentran sitio para investigar e innovar. Para ello serán necesarias políticas públicas más complejas que simplemente abrir la ! caja.
La batalla de Miraflores en las palabras de Manuel Layseca
por Ernesto Linares Mascaro; elinaresm@yahoo.com
http://www.voltairenet.org/article168178.html
15-1-2011
http://elinaresm.blogspot.com/
La batalla de Miraflores se llevó a cabo el sábado 15 de enero de 1881 y fue el último enfrentamiento armado antes del ingreso del ejército chileno a la capital. En esta batalla se recuerda el sacrificio de los ciudadanos de Lima por la defensa de su patria, pues fueron los batallones que integraban estos ciudadanos, los de Reserva, los que más destacaron en la batalla, así como también los batallones de infantería de marina.
A pesar que esta batalla fue más corta, con menor fuerza entre los contendientes y menor número de bajas que la batalla de San Juan y Chorrillos, es más recordada que ésa gracias a los testimonios que dejaron los combatientes peruanos sobre aquella acción, en mayor cantidad que los de la batalla de San Juan.
Los partes oficiales peruanos de las batallas de San Juan y de Miraflores recién fue publicada el 15 de enero de 1884 en el diario El Comercio, pero la primera versión peruana de la batalla de Miraflores fue publicada en 1881, en el periódico El Orden, cuando fue publicado, por partes, desde el 7 al 24 de marzo, el opúsculo “Lo que yo ví. Apuntes de un reservista sobre las jornadas de 13 y 15 de enero de 1881” de Alberto Ulloa Cisneros, periodista, quien estuvo presente en la batalla de Miraflores como ayudante del estado mayor del Ejército de Reserva. Antes, en el mismo periódico, el 3 de marzo, había sido publicado la carta de Nicolás de Piérola a Julio Tenaud, Jefe del Estado Mayor del Ejército de Reserva, que si bien habla de toda la campaña de Lima, específica que Piérola no ordenó la movilización de las pocas tropas del Ejército de Reserva en Vásquez durante la batalla de Miraflores.
Los partes oficiales publicados por El Comercio referente a Miraflores fueron: el del general Pedro Silva, Jefe del Estado Mayor General de los Ejércitos; el del coronel Ambrosio Jesús del Valle, Sub jefe del Estado Mayor General de los Ejércitos, y el del sargento mayor José E. Diez, Jefe de la batería Alfonso Ugarte. También en el diario La Tribuna fue publicado, por fragmentos, desde el 17 hasta el 24 de marzo de 1884, un parte oficial del general Pedro Silva pero con anotaciones y comentarios diversos, más extenso y detallado que el publicado en El Comercio. También un parte oficial de Pedro Silva, ubicado en el Archivo Velarde, fue publicado por Jorge Ortiz Sotelo en su obra “Apuntes sobre la Batalla de Miraflores”.
Después de la versión de Alberto Ulloa, no fue publicada otra versión peruana de la batalla de Miraflores hasta el 15 de enero de 1884, cuando los periódicos El Comercio, La Tribuna y El Callao publicaron artículos de la batalla con datos proporcionados por los sobrevivientes de la batalla. En el siglo XX todavía aparecieron otras versiones: la carta del coronel Pereyra publicada por Alejandro Montani en su libro “Artículos Militares”; la de Domingo Gamio, en el periódico El Tiempo del 15 de enero de 1915; la de Ramón Ribeyro, en el periódico Ultima Hora del 15 de enero de 1916, y la de Manuel Layseca, que a continuación reproducimos en este post, en el periódico La Crónica el 15 de enero de 1928; la de José Torres Lara en su folleto “Recuerdos de la Guerra con Chile (Memorias de un distinguido). La batalla de Miraflores” en 1911; la de Manuel González Prada en “Impresiones de un Reservista”; los artículos publicados en El Comercio en 1944 por Manuel Elguera; el Memorándum de Belisario Suárez publicado por su descendiente Rómulo Rubatto; las Memorias del Mariscal Andrés A. Cáceres y una biografía del general Juan Buendía, presuntamente escrita por él mismo, en donde se refiere a su actuación en Miraflores.
Algunos notas sobre la batalla de Miraflores
La línea peruana de Miraflores se extendía por la derecha desde la orilla del mar, en donde actualmente se encuentra Larcomar, hasta Ate Vitarte por la izquierda. En esta línea se ubicaban 8 reductos, el primero de los cuales estaba ubicado en los alrededores de lo que hoy es el hotel Marriot y el último en la hacienda Mendoza. La batalla se llevó a cabo sólo en el sector de Miraflores.
Después de la batalla de San Juan y Chorrillos, el Ejército de línea peruano se reorganizó la noche del 13 de enero de 1881, reforzado por los batallones Guarnición de Marina y Guardia Chalaca, quedó organizado en la línea de defensa de Miraflores en 3 Cuerpos del Ejército, cada uno con 2 divisiones. El 1° Cuerpo estaba al mando del coronel Andrés A. Cáceres, el 2° Cuerpo al mando del coronel Belisario Suárez y el 3°, al mando del coronel Justo Pastor Dávila. El 1° Cuerpo estaba ubicado desde la orilla del mar y se prolongaba hasta un poco más allá del reducto N° 2, el 2° Cuerpo entre los reductos N° 2 y 3, y el 3° Cuerpo entre los reductos N° 3 y 4.
Además estaba el Ejército de Reserva, al mando del coronel Juan Martín Echenique, dividido en dos cuerpos: el 1° al mando del coronel provisional Pedro Correa y Santiago y el 2° al mando del coronel temporal Serapio Orbegozo. El 1° Cuerpo tenía sus batallones N° 2, N° 4, N° 6, N° 8, N° 10, N° 12, N° 14 y N° 16 distribuidos en los reductos N° 1, N° 2, N° 3…. hasta el N° 8 respectivamente. El 2° Cuerpo estaba ubicado en Vásquez, actualmente Ate Vitarte, y aparentemente contaba sólo con 5 batallones y no los 11 que se mencionan en diversos estudios (1).
El efectivo del Ejército de línea Peruano era: coronel Cáceres, 3,602 hombres; coronel Suárez, 2,240 hombres; coronel Dávila, 2,761 hombres; caballería, 547 hombres, y batería Alfonso Ugarte, 180 hombres (2), pero el general Pedro Silva afirma que la fuerza que efectivamente se batió eran 7 mil del ejército activo y 1,500 del ejército de reserva, en total, 8,500 hombres (3). Las fuerzas chilenas eran casi 20 mil hombres pero tampoco no todos se vieron involucrados en la batalla.
El inicio de la batalla fue de lo más casual y ninguno de los bandos estaba preparado. Esto se dio porque estaban en tregua hasta la medianoche y el ejército chileno estaba ordenando sus fuerzas delante de la línea peruana. Aparentemente empezaron las fuerzas peruanas porque los chilenos estaban bien cerca, se dispararon uno o dos tiros contra el general Manuel Baquedano, Jefe del Ejército chileno, y se generalizó el fuego, a pesar de las órdenes peruanas de alto al fuego, mientras las fuerzas chilenas almorzaban. Al mismo tiempo, el Dictador Nicolás de Piérola estaba en un almuerzo con Petit Thouars, Stirling, Labrano, jefes navales de Francia, Inglaterra e Italia respectivamente, y con los Ministros de las Legaciones extranjeras (4).
Las bajas peruanas fueron, según el José F. Vergara, Ministro de Guerra y Marina en campaña de Chile, no menos de 1,500 muertos (5), mientras que según Spenser St. John, Ministro Plenipotenciario de Inglaterra y quien estuvo almorzando con Piérola al inicio de la batalla, las bajas chilenas fueron de 3 mil y las peruanas fueron de 4 mil en San Juan y relativamente menores en Miraflores (6). Ricardo Palma dice que las bajas chilenas sí son específicas en la batalla: 31 jefes y oficiales muertos, 118 jefes y oficiales heridos, 502 soldados muertos y 1622 heridos (7).
Testimonio del teniente coronel Manuel Layseca
“… La fidelidad de su memoria en auxilio y empezó el señor Layseca, recordando que con fecha 14 de febrero de 1880, un decreto supremo dictado entonces por el Dictador Nicolás de Piérola, creaba el batallón Guarnición de Marina, con un efectivo de 600 plazas, sobre la base del antiguo Cuerpo de Artillería de Plaza.
La Plana Mayor de este cuerpo de ejército estaba formada por el Capitán de Navío don Juan Fanning, como primer jefe; como segundo, el coronel Andrés Segura; tercero, el sargento mayor de artillería don José Antonio Sarrio; cuarto, sargento mayor don José Hernández.
Capitanes de compañía fueron: de la primera, sargento mayor graduado Ugarte; de la segunda, capitán Federico Canta; de la tercera, Manuel Asanza; de la cuarta, Hilario Mansilla; de la quinta, el sargento mayor don Mariano Bustamante, sobreviviente de la guarnición del “Huáscar”; de la sexta, Augusto Gómez Lira; era ayudante mayor del cuerpo, el capitán Manuel del Pino.
El doctor Felipe Rotalde, que fuera nombrado Cirujano del Ejército, fue en su condición de médico fundador del Batallón Guarnición de Marina, prestando importantes servicios a esta unidad, desde que los primeros buques de guerra del enemigo iniciaron el bombardeo de la plaza del Callao, estando con inmensa laboriosidad, hasta que terminó la campaña con la toma de Lima.
Yo – prosigue el señor Layseca – con la clase de subteniente de la cuarta compañía, fui también fundador de ese cuerpo del ejército, el cual, sin pretensión alguna, era el mejor de los organizados para la defensa de Lima en los días nefastos de la toma por los soldados de Chile. No solo por el efectivo de que disponía aquella unidad, sino también por la calidad de los jefes y oficiales que la mandaban y de los soldados; lo más florido de la juventud chalaca, llenos todos del espíritu de guerra, afanosos de dar su sangre por mantener siquiera por algún tiempo, incólume la ciudad que los vio nacer; a mas de los voluntarios, contaba la unidad mencionada, con 200 prisioneros peruanos que fueron canjeados después de las batallas de San Francisco, Pisagua y Alto del Alianza y algunos de la Guarnición del “Huáscar”; hombres que habían ya recibido el bautismo de fuego, cuando la lucha en sus principios se mostraba más enconada; contábanse, además de las fuerzas formadas por los “cabitos”, muchachos de la Escuela Militar de Chorrillos quienes, en las rudas campañas del sur, mostraron el empuje de sus corazones, cuando combatían fieramente, mandados por el coronel Víctor Fajardo, Llosa, Morales Bermúdez y otros, que conquistaron la corona del heroísmo, ante un ejército muchas veces superior, en efectivo, en preparación y en condiciones de confort.
Era el 13 de enero de aquel año. Muy distintamente percibíamos desde el Callao, el intenso cañoneo de la batalla de San Juan. Todos ardíamos en ansias de recibir lo más pronto posible, la orden de marcha hacia el campo de las operaciones. Tal vez era la vehemencia que nos llenaba el espíritu, que bien poco faltó para que nos insubordináramos, porque nos parecía que habíamos dejado olvidados (sic).
Momentos más tarde, a las 11 y 30 de la mañana de ese mismo día, con el júbilo más grande, escuchamos la orden de ponernos en marcha hacia el campo de batalla. Llegamos a Lima en un tren del F.C.C. y desde la Estación de Desamparados, iniciamos la marcha hacia el sur. Momentos después, marchaba al lado nuestro el bizarro batallón Guardia Chalaca, formado por la más brillante juventud del Callao.
La marcha desde Lima la hicimos hacia la hacienda Vásquez, llegando a ese sitio en las primeras horas de la noche, debiendo, momentos después, seguir marcha sobre Miraflores, a donde llegamos a punto de media noche.
El batallón nuestro estaba materialmente rendido, de cansancio y de hambre, pues desde nuestra salida del Callao, no habíamos probado alimento alguno; a mas de esto, en el campamento, no habían tenido la preocupación, pero logramos descubrir un carro de galletas, con lo cual pudimos reconciliarnos medianamente.
Se nos señaló para acampar, un potrero, desde el cual, con la angustia y el rencor en el corazón, podíamos percibir el resplandor siniestro del incendio de Chorrillos originado por las tropas chilenas; el pueblo ardía por tres partes. Mientras estábamos sumidos en la macabra contemplación de aquel espectáculo bárbaro, se nos presentó un industrial italiano, que había logrado fugar de la ciudadela incendiada. Este señor, nos refirió cómo, después de la entrada del invasor a Chorrillos, la soldadesca habíase entregado al saqueo más vergonzoso, arrasando cuanto a su paso encontraba, sin respeto alguno por las fuerzas de la civilización. Terminado el saqueo, siguió contando el italiano, los soldados se dieron a la bebida en forma desenfrenada, a punto tal, que los mismos jefes amedrentados, por temor de que sus secuaces se sublevaran y les hicieran daño, tuvieron que encerrarse en el rancho del general Pezet.
La relación que hiciera este súbdito italiano, inspiró al entonces coronel Andrés A. Cáceres, lo mismo que al coronel César Canevaro, la idea de marchar al asalto y reconquista de Chorrillos, esa misma noche, penetrando a la ciudad, precisamente por los puntos en los cuales el incendio hacía estragos.
Efectivamente, momentos después se comunicaba a la Guarnición de Marina, a tres cuerpos de reserva, a una fracción del batallón Jauja y a la Guardia Chalaca, para que se movilizaran, en plan determinado, sobre Chorrillos.
Cuando recién las tropas habíanse puesto en marcha, la orden llegó a conocimiento de la superioridad, la que, quien sabe porque razón, mandó suspender la marcha y que las unidades volvieran a sus posiciones.
Es indudable que, dado el estado de desmoralización en que se encontraba aquellas tropas invasoras durante la noche, nuestras fuerzas que conservaban su ecuanimidad, hubieran dado buena cuenta de aquellas, sin que en auxilio de las mismas, hubieran podido venir siquiera los buques de la escuadra, por efecto de la noche, que se presentaba oscura.
Al amanecer del día 15 de enero, pactado el armisticio que debía expirar a las doce de la noche de ese mismo día, notamos que los buques de guerra, que habían fondeado muy cerca de la playa misma, abríanse a todo lo largo de la costa, por lo que presumíamos que la batalla habría de generalizarse sobre nuestra ala derecha.
Justamente al mismo tiempo, observamos que las tropas chilenas, en columna cerrada, avanzaban sobre Barranco, introduciéndose en las chácaras Pacayar y Larrión, habiendo entre los que marchaban y nosotros, una distancia de ochocientos metros más o menos teniendo de por medio, la Quebrada Honda.
Como el armisticio de que se ha hablado más arriba, debía terminar en la media noche de aquel día, nos mantuvimos tranquilos, ocupando el batallón Guarnición de Marina la chácara Armendáriz, posición estratégica pues desde ahí dominábamos perfectamente todo el camino a Barranco.
Siendo esa situación, a las doce y media del día, los buques de la escuadra rompían los fuegos, el batallón de marina se abría en guerrilla y se iniciaba el combate en todo nuestro frente.
Bien recuerdo al sargento Meneses y al cabo Lucero, dos famosos tiradores que teníamos en nuestra compañía, quienes donde ponían el ojo ponían la bala, siendo cada disparo un seguro mensajero de la muerte para quien era tocado; bala disparada por cada uno de estos muchachos, era hombre que caía fulminado.
Diezmado el regimiento naval, fue reforzado por el segundo de línea y un resto del Atacama. Tal era el valor de estos hombres que formaban estas unidades que en pocos momentos, los soldados chilenos que avanzaban parapetándose tras las tapias y utilizan de todos los recursos de la naturaleza del terreno, bien pronto tuvieron que sembrar el campo con sus cadáveres. Sin embargo, el mayor número de enemigos restó fuerzas a nuestros valientes.
Por dos veces, logramos rechazar, casi definitivamente, a los chilenos, a punto tal, que las embarcaciones que llegaron hasta muy cerca de la playa, hacían señales muy incesantes para que los chilenos volvieran a bordo, como único medio de librarse del estrago que hacían nuestras tropas en las filas de ellos.
Desgraciadamente, estos ligeros éxitos, que hubieran llegado a una feliz terminación, viéronse bien pronto frustrados, pues, la falta de munición hizo que nuestros brazos sintiéranse indefensos.
Al mandarse traer más munición, un equívoco o un error, hizo que nos trajeran munición Peabody, cuando lo que necesitábamos era Remington calibre 43. Escrito estaba que la planta chilena entraría en las calles de Lima, no ya por consecuencia de su valor, sino por las circunstancias que se acaba de enunciar.
Entre tanto, el coronel Fanning había fallecido. El comandante Isaac Chamorro, enrolado en las filas al no tener puesto a su regreso de las campañas del sur, acababa de ser herido; herido también el coronel Suárez. Entonces, asumió el puesto de jefe del Guarnición de Marina el sargento mayor Sarrio, quien, sin perder un solo momento la serenidad, alentaba a las tropas que lo rodeaban y, en un instante de feliz inspiración, comisionó al subteniente Domingo Gamio, para que, por todos los medios disponibles, recogiera la munición que en sus cartucheras tenían los soldados muertos y los heridos, para así, poder dar munición a los que aún se mantenían en pié, quienes por recomendación especial debían quemar tiro por tiro, teniendo solo la certeza del impacto mortal en el enemigo. El subteniente Gamio cumplió valerosamente la macabra comisión.
Entre tanto, la suerte nos había dado las espaldas una vez más. La retirada había comenzado por efecto de la falta de munición, pues al notar el enemigo de que ya no disponíamos de una sola bala, reaccionó violentamente, renovando el ataque, ya sobre un conjunto de hombres que no tenían sino el valor para contrarrestar el ataque.
El comandante Arias Araguez, que en las últimas maniobras de la defensa había recibido una mortífera bala, exhala el último suspiro.
Entonces el mayor Sarrio, sereno siempre y comprendiendo la dureza de la situación, para que no se enterara el enemigo, ordeno de viva voz la retirada, diciendo: “No tengo derecho de sacrificar a estos valientes que quedan, sin contar con munición y sin posibilidad de rechazar este flanqueo; un rato más y sería tarde, quedaríamos envueltos raíz de ellos”.
Reunidos que fueron los últimos sobrevivientes, inicióse la marcha de retirada a Lima; por el camino, entre surcos y grietas, encontrábamos soldados heridos, algunos de los cuales nos insultaba creyéndonos huidos y los mas, nos pedían que les vengáramos, ya que aun nos quedaba vida.
Estos momentos de depresión espiritual, nos había aniquilado completamente; todos llevábamos como una constante visión, entre otros, el episodio del capitán Asanza, quien, herido en un brazo, apenas fue vendado, con la izquierda empuñó su espada, alentando a sus soldados a seguir en la lucha. El del teniente Valega, quien, herido desde los primeros momentos de la refriega, se negó a abandonar el campo de lucha, hasta el momento en que perdió el conocimiento, como consecuencia de la fuerte hemorragia que le sobrevino.
Nos parecía que los fallecidos Patrón, Hurtado y Aza, Barrios, Higginson, Genaro V. Cobián, mi hermano materno, Suárez, Becker, Eslava y otros, seguían con nosotros, la marcha en retirada; les sentíamos cerca de nosotros.
Ya en Lima, el 16 de enero, con los restos del Guarnición de Marina, recibimos orden de marchar en refuerzo de la “Ciudadela Piérola”, a órdenes del Dr. Fernando Palacios, que la mandaba. Habíamos casi recién iniciado el desfile hacia nuestra nueva posición, cuando una contra orden nos hacía regresar al cuartel, en el convento de La Merced, con el mandato expreso de que se nos desarmara y licenciara.
No me es posible señor redactor, nos dijo el señor Layseca, el describir la situación del momento aquel. Los mismos momentos del rudo combate durante los cuales vi caer a mis más queridos compañeros y entre ellos, mi hermano, sí me produjeron una sensación de pesar infinito, no fue tanto como el que experimenté cuando, uno a uno, nos quitaban nuestras espadas, nuestros fusiles, las mismas armas con las que habíamos defendido, siquiera por horas, la dignidad nacional, nuestro terruño bien querido. Con las lágrimas en los ojos, veíamos como nuestro armamento era amontonado en un rincón del cuartel. Cada prenda de combate que nos arrebataban, era como un trozo del corazón que nos lo robaran en un momento de injusticia, que era duro para nosotros el soportarlo. No podría ser yo, en palabras, reconstruir aquel momento. Estas son cosas que se siente muy dentro del corazón y que es imposible traducirlas.
Recuerdo que entre los que salimos vivos del campo de batalla se contaban al mayor Sarrio, el mayor Hernández, el mayor graduado Mariano Bustamante, el teniente López Hurtado, el subteniente Nicanor Leguía, hermano del actual Presidente de la República y único oficial que sobrevivió del grupo de su compañía; el subteniente Pedro E. Muñiz y Guillermo Freundt, de todos los cuales, sólo sobrevivimos hasta la fecha (y que sea por muchos años señor Layseca), el teniente Federico Valega, hoy teniente coronel, don Domingo Gamio, que no siguió la carrera militar, y el que habla, actualmente teniente coronel.
El mayor de los oficiales subalternos tendría escasamente 20 años; así y todo, por espacio de cinco meses, soportamos en el Callao, el intermitente cañoneo de los buques chilenos, que tenían dominado el indefenso puerto del Callao.
Del comportamiento del batallón Guarnición de Marina, durante la acción de armas que he relatado someramente, puede dar fe el que fuera sargento Augusto B. Leguía, hoy Presidente de la República, que desde el reducto que peleara, que estaba colindante con nuestra posición, observaría en detalle, el comportamiento valeroso de todos los que, desde la trinchera improvisada en Armendáriz, luchábamos con toda decisión” (8).
Notas
(1) Enrique Flórez, “Ciudadanos en Armas. El Ejército de Reserva de Lima en la Guerra del Pacífico”, Tesis para optar el título de Licenciado, pp. 140; 158
(2) Periódico “La Tribuna”, 23 de enero de 1884. Parte anotado y documentado del Estado Mayor General al Dictador, sobre las batallas del 13 y 15 de enero de 1881.
(3) Jorge Ortiz Sotelo, “Apuntes sobre la batalla de Miraflores”, p. 103. Parte oficial del general Pedro Silva.
(4) Rudolph de Lisle, “The Royal Navy & the Peruvian-Chilean War 1879-1881”, pp. 151-152.
(5) Periódico “La Actualidad”, 4 de febrero de 1881.
(6) Instituto de Estudios Histórico-Marítimos del Perú. P.R.O. “Further Correspondence respecting the conduct of war against Peru by Chile. 1879-81”, pp. 35-38, oficio de St. John al conde Granville del 22 de enero de 1881.
(7) Pascual Ahumada Moreno, “Guerra del Pacífico, recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencias y demás publicaciones referente a la guerra que han dado a la luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia, conteniendo documentos inéditos de importancia”, tomo IV, p. 479.
(8) Periódico “La Crónica”, 15 de enero de 1928.
¡Hoy 14 un año más!
por Guillermo Olivera Díaz; godgod_1@hotmail.com
http://www.voltairenet.org/article177136.html?var_mode=recalcul
14-1-2013
Francisco Espinoza Orrego, a quien no conozco, pero sabemos que sus ascendientes son cruceños, como yo, catachino en particular (en Catache vi la luz un 14 como hoy), dice de mi fecha: “Mi estimado colega y mejor amigo, coterráneo de mis ancestros, deseo que la recordación de tu natalicio sea motivo de gran satisfacción para ti, tu familia y nosotros tus amigos, por la brillante labor de docencia y ética política que realizas en cada uno de tus valientes crónicas, vaya para ti nuestro afecto y mejores deseos de felicidad permanente”.
Presuroso le contesté: “Sí, pues, hoy 14, añado uno más a mi vida de lucha por el derecho. Mis padres no imaginaron, ni intuyeron, que traían a un luchador para defender la causa pública. Gracias Francisco por el saludo antelado”.
Nací el 14 de enero de 1945, por suerte sin anomalías cariotípicas o cromosomáticas. Tampoco creo que en mi genotipo hayan atisbos de orientación jurídica, pues el derecho, tal como el sacerdocio de sotana o la política con torcidas revocaciones, no reside en el DNA, genes dicen otros, del núcleo de la célula germinal. El hombre no nace sino que deviene persona; el Ello innato no existe (Shorojova). Nacemos como un conjunto de tejidos y órganos con posibilidades de desarrollo, sin dirección u orientación alguna a roles sociales que el hombre en su devenir creó o instituyó, mucho tiempo después de la existencia del código genético de nuestros 46 cromosomas.
Me hice abogado en San Marcos, de 1965 a 1969; titulándome el 2-3-1970. Los 5 años de estudios, 2 de letras los hice en la universidad de Trujillo, me los autofinancié, siendo un pertinaz taxista. Primero, tuve un chiquirritico Fiat 600 (comprado con mi respetable indemnización por despedida intempestiva), luego un 1,100D y al final un longilíneo Chevrolet Belair. Con ellos hice taxi y servicio público de colectivo, los esperados domingos de 6 am a 6 pm y diariamente después de asistir a mis clases de derecho. En profano, trabajaba y literalmente la sudaba, a la vez que estudiaba la profesión abogadil. Mi promedio de notas, esos 5 años, fue de 17.25, por cuyo guarismo obtuve la beca Mariano Ignacio Prado y proseguí estudios de post grado en Roma, Italia. Al regresar comencé a ser docente universitario.
Son 42 años que lucho sin cuartel como abogado contra los tiranos fiscales y jueces, muchos venales y prevaricadores. Por ejemplo, contra la inefable jueza María Eugenia Guillén Ledesma, de Villa María del Triunfo. Mucho antes contra un vocal Virgilio Landázuri Carrillo, entre otros. No me arrepiento de mis logros, aunque fueren pocos.
Me habría gustado servir en la Corte Suprema, como vocal, pero la ignominia me cerró el paso. Si al Congreso actual, cuyo desprestigio y descomunal angurria alcanzó el clímax, se le ocurriera proponerme para integrar el Tribunal Constitucional con mucho gusto lo aceptaría. Los pondría en vereda en este malquisto ente, como pude hacerlo cuando fui juez penal titular de Lima. Léase mi libro “El proceso penal peruano. Mi experiencia judicial” . En él rendí cuenta al país de la labor cumplida.
¡Fueron los ensueños tenidos en mi fecha aniversario, los 14 de enero de cada año, y que éste me encuentra aquejado con misteriosas cefalalgias, que me constriñen a dieta!