Wednesday, December 10, 2008

La guerra de rapiña de 1879

Señal de Alerta
por Herbert Mujica Rojas
10-12-2008

La guerra de rapiña de 1879
Lo que nos sucedió y nunca más debe sucedernos
por Jesús Lazo Acosta; pp. 71-83
Lima, agosto 2008, Digital Press EIRL.

V

GUERRA CONTRA LA CONFEDERACIÓN PERÚ-BOLIVIANA
Introducción

«La posición de Chile frente a la Confederación Perú-boliviana, según
Diego Portales a Blanco Encalada en 1836, es insostenible. No puede
ser tolerada ni por el pueblo ni por el Gobierno porque ella
equivaldría a su suicidio».

«La Confederación, expresó más adelante Portales, debe desaparecer
para siempre jamás del escenario de América».

Independientemente de la parte que, de modo legítimo, corresponde a
Portales en la guerra contra la Confederación, según él, por motivos
nacionalistas y por la búsqueda del equilibrio en la balanza del Poder
en el Pacífico Sudamericano, no debe ser omitido el influjo caraqueño
de Andrés Bello, consejero del Gobierno chileno en asuntos
diplomáticos. En sus Principios de Derecho Internacional escribe él
que la guerra era justificable cuando surgía para cualquier Estado un
vecino ambicioso y peligroso.

Por otro lado, mientras se preparaba a las tropas que debían invadir
al Perú, un motín estalló en el acantonamiento de Quillota. Fue
apresado el Ministro Portales, de visita en ese lugar el 3 de junio de
1837, antes de incorporarse a la expedición. Quedó firmada entonces un
Acta adversa a la guerra inminente, obra forzada más bien por la
intriga que por el noble deseo de reparar agravios a Chile, pues (...)
se debería procurar primeramente vincularlos con los medios incruentos
de transacción de paz a que aparece dispuesto el mandatario del Perú.
El motín fracasó aunque los sublevados asesinaron a Portales.

Interesante y de justicia resulta recordar que, el 10 de marzo de
1840, la Cancillería chilena rechazó la oferta del Presidente del
Ecuador, General Juan José Flores, de dividir y de mutilar el Perú.
Claro está que, al mismo tiempo, se opuso vigorosamente al
desmembramiento de Bolivia por acción peruana o unificación del Alto y
del Bajo Perú emanada de éste.

Justificando una no difundida versión de la forma en que ya estaba
manifestada la animadversión de Diego Portales contra el Perú,
Benjamín Vicuña Mackena encuentra, en el copioso archivo de O'Higgins
y Portales, la forma que éste planeaba la guerra al Perú antes de la
Confederación Perú-boliviana. En carta de 2 de setiembre de 1832
fijaba, el inspirador omnipotente de la política chilena, el plazo de
un año y medio «para irse sobre el Perú con un ejército», como es de
verse en Introducción a la Historia de los 10 años de la
Administración Montt.

Aún en 1833, recuerda Basadre en La Iniciación de la República,
Casimiro Olañeta, diplomático boliviano, conversaba con Portales, que
era ya Ministro, sobre la posibilidad de formar una Alianza ofensiva
entre Bolivia y Chile contra el Perú. Esta obsesión de Portales,
señala nuestro ilustre historiador, tiene una importancia decisiva
para conocer los antecedentes de la guerra entre Chile y la
Confederación Perú-boliviana.

No obstante la actitud chilena contra la Confederación y los esfuerzos
de la Diplomacia chilena para dirigir la política internacional
peruana cuando el Perú enfrentó y rechazó la agresión española en 1866
por la ocupación de las islas de Chincha y su mantenimiento
indefinido, venciendo el 2 de mayo en el ataque al Callao, cuyo
resultado determinó la partida de la escuadra española de los mares
del Pacífico Sur; en grave error internacional de nuestra historia, el
Perú mantuvo, sin justificación, la imprudente alianza suscrita con
Bolivia sin que ésta fuera simultáneamente concertada con la Argentina
como estaba prevista.

Aunque el Perú acreditó en la guerra una línea de abnegación y honor,
no puede perdonársele la imprevisión: no haberse preocupado de armar
al país, de mantener la superioridad naval sobre Chile; e, insistimos,
haber pactado la alianza con Bolivia que sirvió de pretexto al
adversario para una guerra de la que nuestro país resultó desmembrado.

Como un medio capaz -de los terrenos diplomático, político y militar-
de detener la presunta y temida acción agresiva y beligerante chilena,
el Perú concibió buscar, como posibilidad disuasiva, la adhesión de la
República Argentina a la Alianza Perú-boliviana.

Para Ulloa, el inolvidable ex-Canciller de la República, tal adhesión,
por su finalidad y su evidente eficacia, resultaba pues una condición
sine qua non para el mantenimiento de la alianza y, desde luego, para
su validez efectiva.

A pesar de la importancia del presente aserto, cuando hoy el Perú
estigmatiza a sus Fuerzas Armadas, y sus gobiernos, neciamente,
propugnan el desarme total con inadvertencia de que un país desarmado
no es una garantía de paz sino una presa apetecible, tanto o más
importante resulta recordar a don José de la Riva Agüero que, en 1913,
expresó: «No nos perdimos por audaces ni por cavilosos; nos perdimos
por confiados e ingenuos; por creer que los convenios diplomáticos, el
aparato de las alianzas o los meros sustitutos de intervenciones y
mediaciones, podían suplir la efectiva e insustituible garantía de las
armas».

Internacionalista Alfonso Benavides Correa


1. Origen de la Confederación Perú-boliviana

Los territorios que forman las actuales repúblicas del Perú y Bolivia,
durante centurias integraron los imperios del Tiahuanaco primero y del
Tahuantinsuyo posteriormente. De igual manera, Bolivia con el nombre
de Charcas o Alto-Perú estuvo durante más de dos siglos dentro del
Virreynato del Perú. Estos antecedentes hacen suponer que su
hermandad, tal vez, data de milenios. Y esto se explica fácilmente,
por la vecindad geográfica que tienen, su entroncamiento con la
Cordillera de los Andes, el gran lago que comparten y los ríos que
bañan sus planicies.

Estos accidentes naturales hicieron inevitable la fusión de razas, los
lazos de sangre, hablar el mismo lenguaje, el intermedio de productos
naturales y artesanales. Por tanto, poderosas razones de orden
económico les hicieron compartir costumbres y cargar con los defectos
y virtudes que caracterizan a sus pobladores. Todo lo cual haría que
se amaran u odiaran, que se separaran cuando sus hombres lo decidieran
o que quisieran reunirse cuando se necesitaran otra vez; es decir,
pueblos hermanos, para pelear o marchar juntos.

En 1835 hacía apenas 10 años que se había realizado la independencia
de Bolivia, por decisión de una minoría de doctores en Chuquisaca y la
protección de un caudillo excepcional, pero extranjero, y en cierto
modo interesado en limitar el poder del Perú. Nada sorprendente fue
que otro caudillo, mitad peruano mitad boliviano, deseara reunir a las
dos naciones para formar una sola, grande como lo fuera en el pasado.

Había razones de peso actualizadas por vecino ambicioso que eran una
amenaza para ellas. Brasil y Argentina despegaban cuan fuertes son en
su desarrollo, y Chile trataba de conseguir la hegemonía en el
Pacífico. Unirse era lo indicado para defenderse de contingencias.

El proyecto de Confederación tenía partidarios y adversarios en el
Perú y en Bolivia. Las figuras principales eran los presidentes de
ambas naciones y algunas figuras políticas importantes; como por
ejemplo el Presidente del Congreso del Perú, Arzobispo Javier
Francisco Luna Pizarra, y muchos de los parlamentarios que lo
acompañaban. En Bolivia, los más entusiastas eran los partidarios de
Santa Cruz, complacidos por la buena administración de su largo
gobierno. Sin embargo, debían realizarse asambleas regionales, una en
el Estado Nor-Peruano, constituido por los departamentos de Amazonas,
Huaylas, Junín, La Libertad y Lima. Otra en el Estado Sur-Peruano, que
comprendía Arequipa, Ayacucho, Cusco y Puno. La tercera en Bolivia
misma. Así en los primeros días de agosto de 1836 quedó,
prácticamente, constituida la Confederación Perú-boliviana, con sus
tres Estados asociados, bajo un Gobierno Central que presidía el
Mariscal Andrés de Santa Cruz y con bandera común a todos ellos.

2. Primera invasión: agosto 1836

Ya en 1832 el furibundo gobernador de Valparaíso, Diego Portales,
había dicho que era necesario «irse sobre el Perú con un ejército»; de
modo que, cuando Santa Cruz delineó una nueva política comercial
declarando puertos libres a Cobija, Arica, Callao y Paita, y puso
derechos adicionales a los productos que hubieran pasado por otros
puertos del Océano Pacífico, no tuvo límites la ira del Ministro
Portales. Fue entonces cuando Portales decidió imponer «por la fuerza»
lo que no podía lograr por derecho, para lo cual tomó como pretexto un
incidente secundario para escudar sus verdaderas intenciones.

Las relaciones entre el Perú y Chile no se habían roto, se mantenían
cordiales. Pese a esto, la escuadra chilena se movilizó
subrepticiamente hacia el Perú. El bergantín «Aquiles» y la goleta
«Colocolo» llegaron al Callao la mañana del 21 de agosto de 1836,
presentándose en plan amistoso, por lo que las autoridades peruanas
los recibieron con inocente cordialidad. Pero en la noche del mismo
día, sigilosa y traicioneramente, se apoderaron de tres buques de la
escuadra peruana. Estos buques eran la «Santa Cruz», la «Arequipeña» y
la goleta «Peruviana», a los que de inmediato pusieron tripulación
chilena. A la mañana siguiente se iniciaron las negociaciones con la
intervención del Cónsul inglés en Lima, llegándose a un acuerdo
mediante el cual los chilenos no harían nuevas presas, llevándose las
tres capturadas a Chile hasta que se hiciera un arreglo definitivo.

El acuerdo mencionado se realizó entre el Jefe de la escuadra chilena,
el marino Victorino Garrido, y Santa Cruz, quien en todo momento
trataba de no entrar en guerra. Este acuerdo no fue aprobado por Diego
Portales, pues su objetivo era otro. Chile envió nuevamente su
escuadra al Callao el 30 de octubre, trayendo como su embajador a
Mariano Egaña. La misión de éste era terminante y no aceptaba
alternativa: exigir la destrucción de la Confederación Perú-boliviana.
Siempre con su posición conciliadora, Santa Cruz intercambió diversos
oficios, pero no hubo arreglo. Presionado por Portales, el Congreso de
Chile le declaró la guerra al Perú el 26 de diciembre de 1836.

Antes de esta declaración oficial, ya la escuadra chilena había
realizado operaciones que en el lenguaje internacional se denominan
claramente de piratería. Había dado sus zarpazos con la ventaja de la
sorpresa, amparándose en una hipócrita amistad.

En estas circunstancias, el resto de la escuadra peruana compuesta por
las fragatas «Congreso», «Yanacocha», y «Libertad», así como las
goletas «Junín» y «Limeña» recibieron orden de reunirse en Paita; pero
la «Libertad» que había arribado a Guayaquil después de un largo
viaje, tuvo que completar su tripulación con franceses y ecuatorianos,
sin saber que a éstos los había sobornado Chile. Ya en alta mar una
sublevación premeditada hizo arriar la bandera del Perú para
reemplazarla por la de Chile, y poner rumbo a Valparaíso donde llegó
el 9 de diciembre de 1836.

El almirante chileno Manuel Blanco Encalada perseguía a la «Congreso»
que se había refugiado en la ría de Guayaquil. Los chilenos sin
respetar la neutralidad ecuatoriana desembarcaron en la isla de Puná
para poder capturarla, pero la nave peruana logró escapar. De regreso
de Guayaquil, Blanco Encalada cometió todo género de abusos en Tumbes
y Paita, comportándose como un verdadero delincuente, y, finalmente,
capturó en Cerro Azul al mercante peruano «Martín» con sus bodegas
repletas de azúcar. Después de haber realizado estos escandalosos
excesos, antes de la declaratoria de guerra de Chile al Perú, el
Almirante chileno Manuel Blanco Encalada retornó a su país dejando el
recuerdo de su prepotencia, abuso y espíritu de rapiña.

Conviene copiar a continuación la narración que hizo el escritor
chileno Benjamín Vicuña Mackenna de este inicuo procedimiento:

«El mismo día 13 de agosto de 1836, en que la 'Monteagudo' ponía su
proa al sur de la rada de Valparaíso, para ir a capturar el bergantín
'Orbegoso' y sus tripulantes en las aguas de Chiloé, el bergantín
"Aquiles" y la goleta "Colocolo" se dirigían con rumbo opuesto hacia
el Callao. ¿A qué iban?

A consumar uno de los actos más odiosos que se registran en los anales
de nuestras repúblicas (...) El jefe de aquel crucero había recibido
la comisión secreta de apoderarse de golpe de mano de todos los buques
pertenecientes al Perú que encontrase en las aguas de aquella
república y los condujera en rehenes a los puertos chilenos. Victorino
Garrido había llegado al Callao el 21 de agosto a las 9 a.m. de 1836 y
mandó pliegos a su Cónsul Lavalle, quien no tardó en ir a bordo de la
"Aquiles".

El comisionado Garrido ofreció saludar su plaza y después de visitar
al comandante de marina, pasó a cerciorarse del estado indefenso de la
escuadra peruana, para dar un ataque nocturno, sobre seguro, que
meditaba. La escuadra peruana se componía de la barca 'Santa Cruz', el
bergantín 'Arequipeña' y la goleta 'Peruviana'. Los otros buques
'Libertad', ' Yanacocha' y 'Limeña', estaban en el mar, de servicio».

Vickuña Mackenna termina su relato: «A las dos de la mañana aquel
deshonroso atentado, que entonces se celebró como una proeza heroica,
estaba cometido, y el emisario de Chile se hallaba en el caso de
volver ufano con su presa a presentarla como prenda de seguridad a las
inquietudes de sus comitentes» (44).

3. Segunda invasión: setiembre 1837

Portales comenzó a preparar una expedición militar contra el Perú,
contando con la colaboración de los peruanos que se encontraban
emigrados en Chile, a quienes engañó. El grupo más importante era el
formado por Gamarra y La Fuente, después de haberse reconciliado; otro
grupo lo conformaban el aristócrata Felipe Pardo y Aliaga y el coronel
Manuel Ignacio de Vivanco. Portales se había hecho «amigo» de todos
ellos, a fin de utilizarlos a favor de Chile, y ellos cayeron en su
juego, ingenua e inconscientemente.

Gamarra tenía en Chile un agente de apellido Bujanda, quien realizó
grandes esfuerzos por acumular material de guerra para la expedición
contra Santa Cruz. Un día hastiado por lo que veía en contra del Perú
exclamó: «Nada con ellos, ni la gloria». Y acto continuo se embarcó al
Perú y reveló a Santa Cruz el plan acordado con Portales sobre la
expedición que se preparaba para la invasión del territorio peruano.

Por otra parte, Chile trataba de envolver a la Argentina y al Ecuador
contra el Perú, de paso también contra Bolivia, aun cuando no se
desarrollarían operaciones bélicas dentro del territorio de ese país.
En Argentina gobernaba el tirano Juan Manuel Rosas, quien tomando como
pretexto un diferendo de límites con Bolivia, declaró la guerra a la
Confederación Perú-boliviana el 7 de mayo de 1837. Chile trató de
seducir al Ecuador, pero allí el presidente Vicente Rocafuerte con una
ponderada actitud evadió el compromiso.

En junio de 1837 estalló un motín en el campamento de Quillota (Chile)
que visitaba el ministro Portales, a consecuencia del cual éste
resultó apresado. En un enfrentamiento con tropas leales al gobierno,
el oficial rebelde que conducía preso a Portales, lo fusiló sin más
trámite.

Santa Cruz creyó oportuno reanudar las gestiones de paz, pero fue
rechazado otra vez, pues ya la «doctrina Portales» había prendido en
la población y sobre todo en las fuerzas armadas de Chile. Por tanto,
los preparativos de la expedición continuaron pese a la muerte de
Portales. Una división de tres mil hombres debidamente equipada, al
mando del almirante Blanco Encalada, desembarcó en Islay, llegando a
ocupar Arequipa el 12 de octubre de 1837 con el irónico nombre de
«expedición restauradora».

Antes de su muerte, el ministro Diego Portales había dado
instrucciones precisas a Blanco Encalada, algunos de cuyos párrafos
son los siguientes: «Va usted, en realidad, a conseguir con el triunfo
de sus armas la segunda independencia de Chile (...) La posición de
Chile frente a la Confederación Perú-boliviana es insostenible. No
puede ser tolerada ni por el pueblo ni por el gobierno porque ella
equivaldría a su suicidio. No podemos mirar sin inquietud y la mayor
alarma la existencia de dos pueblos confederados y que, a la larga,
por la comunidad de origen, lengua, hábitos, religión, ideas,
costumbres, formarán, como es natural, un solo núcleo. Unidos estos
dos Estados aun cuando no sea más que momentáneamente, serán siempre
más que Chile en todo orden de cuestiones y circunstancias. En el
supuesto de que prevaleciera la Confederación a su actual organizador
y ella fuera dirigida por un hombre menos capaz que Santa Cruz, la
existencia de Chile se vería comprometida (...). La Confederación debe
desaparecer para siempre jamás del escenario de América (...). Por su
extensión geográfica; por su mayor población blanca; por las riquezas
conjuntas del Perú y Bolivia apenas explotadas ahora; por el dominio
que la nueva organización trataría de ejercer en el Pacífico,
arrebatándonoslo; por el mayor número también de gente ilustrada de
raza blanca muy vinculada a las familias de España que se encuentran
en Lima; por la mayor inteligencia de sus hombres públicos, si bien de
menos carácter que los chilenos; por todas estas razones, la
Confederación ahogaría a Chile antes de muy poco (...). Debemos
dominar para siempre en el Pacífico; esta debe ser su máxima ahora y
ojalá fuera la de Chile para siempre» (45).

Bajo las bayonetas chilenas del almirante Blanco Encalada se convocó
al pueblo arequipeño, que acudió en pequeño número, para realizar la
comedia de proclamar al general peruano La Fuente como Jefe Supremo
Provisorio de la República, el que había venido desde Chile con el mal
llamado «Ejército Restaurador del Perú».

La situación de los invasores se hacía cada vez más difícil por la
hostilidad de la población arequipeña y el sabotaje en el suministro
de alimentos, mulas, arrieros y todo cuanto necesitaban; agravado por
la presencia en los alrededores de un disciplinado ejército
confederado de más de 5.000 hombres al mando del mismo Santa Cruz.

Como para rematar la crítica situación de los chilenos, Santa Cruz
hizo bajar desde Lima otra división al mando del general Vigil, con el
objeto de cortar la retirada de Blanco y las comunicaciones con su
escuadra que estaba distribuida en Islay, Quilca y otras caletas.
Blanco Encalada había caído, pues, en su propia trampa.

El ejército confederado avanzó hacia Arequipa y se ubicó en el
distrito de Paucarpata, muy cercano a la ciudad misma. En ese momento
ya los invasores estaban vencidos y Santa Cruz en vez de liquidarlos
por el agravio que habían cometido contra el Perú violando su
territorio, les abrió los brazos en un gesto fraterno y, al mismo
tiempo, suicida para firmar el Tratado de Paucarpata el 17 de
noviembre de 1837, bajo la garantía de un representante del gobierno
de Inglaterra.

4. Tercera invasión: agosto 1838

Los chilenos, con su reconocida astucia y acostumbrado engaño, habían
entablado negociaciones con Orbegoso haciéndole creer que su nueva
expedición no era contra el Perú sino contra Santa Cruz. Así, Orbegoso
para impedir el desembarco chileno expidió un decreto segregando el
Estado Nor-Peruano de la Confederación y confió que los invasores no
se hicieran presentes en Lima ¡Cuan poco conocía a los chilenos!.
Entre el 7 y 8 de agosto de 1838 la expedición chilena al mando del
general Manuel Bulnes desembarcó en Ancón para eludir los cañones de
los castillos del Callao. Orbegoso protestó puesto que Lima que
formaba parte del Estado Nor-Peruano ya no pertenecía a la
Confederación, pero Bulnes no hizo caso. El Perú como tantas veces en
su historia -dice Emilio Luna Vegas-, estuvo desarmado tanto naval
como militarmente después del tratado de Paucarpata. Otro grave error
de Santa Cruz, que habría de lamentar mucho.

El gobierno de Chile confirmando su rechazo por el Tratado de
Paucarpata, en los primeros días de enero de 1838, envió cinco barcos
de su escuadra que se presentaron en Islay para apoderarse de los tres
buques de guerra peruanos que se encontraban allí. Felizmente, ya los
peruanos tenían experiencia sobre la felonía de los chilenos, por lo
cual el «Junín», el «Fundador" y la «Socabaya» pudieron defenderse
virilmente rechazando a los atacantes chilenos, quienes desistieron de
su empeño.

Otra proeza marítima chilena. Como se recordará, la «Peruviana» había
sido capturada por los chilenos en la primera invasión de 1836; pero,
de acuerdo con el Tratado de Paucarpata, se la devolvió al Perú en el
puerto de Pisco en diciembre de 1837. Luego se la llevó al Callao,
pero con el generoso estilo peruano, se le dejó su tripulación chilena
hasta que el tratado fuera ratificado. Mas el 3 de enero de 1838,
cuando la goleta se encontraba aprovisionada abundantemente por la
hospitalidad peruana, levó anclas y se fugó en dirección Sur. La
oportuna intervención de la corbeta peruana «Confederación» pudo
reducirla en alta mar y obligarla a renunciar a un nuevo acto de
traidora piratería chilena.

Cuando Orbegoso comprendió, por fin, que era imposible entenderse con
el chileno Bulnes, organizó sus fuerzas militares con los generales
Moran y Nieto para enfrentar a los «segundos restauradores». El choque
de ambas fuerzas se produjo el 21 de agosto de 1838 y se conoce como
la batalla de Guía. Gracias a otra maña chilena, los «restauradores»
entraron en Lima el mismo día.

Como era su costumbre, los chilenos comenzaron a tomar de la ciudad
cuanto les apetecía, no solamente las provisiones. Un movimiento
popular proclamó al mariscal Gamarra como Presidente de la República,
a fin de contener el vandalismo chileno. La intención del pueblo fue
buena, pero en nada cambió las cosas, porque la ambición y la ceguera
de Gamarra lo permitía todo.

A pesar de tantas ventajas, la situación de los «restauradores» era
crítica en Lima, ya que existía un repudio general contra las pésimas
actitudes de los chilenos. Además, los fíeles guerrilleros de la
campaña de la independencia habían vuelto a ponerse en acción.

Santa Cruz venía del Alto-Perú, y una de sus avanzadas intentó
sorprender a los chilenos en Matucana, pero el aviso de un traidor lo
impidió. Bulnes y sus aliados desocuparon Lima el 8 de noviembre ante
la mirada impasible de Santa Cruz quien no quiso perseguir a los que
se retiraban. El tiempo ha probado que éste fue otro de los errores
que condujeron a Santa Cruz al fracaso.

5. Yungay: fin de la Confederación

Bulnes, Gamarra y Castilla permanecían en Caraz, mientras que Santa
Cruz llegó a Yungay y esperó el ataque del ejército «restaurador»
compuesto de peruanos y chilenos, mientras él los enfrentaría con el
ejército confederado formado por peruanos y bolivianos.

Era el 20 de enero de 1839 y se decidiría la suerte de la
Confederación Perú-boliviana fundada dos años antes. Bulnes ordenó un
ataque general contra las posiciones de Santa Cruz, mas se estrellaron
contra la resistencia de éstas, insistieron pero el ataque fracasó. En
tales circunstancias Bulnes ordenó la retirada de sus tropas, pero el
coronel Ramón Castilla se opuso a dicha disposición inculpando a
Bulnes con esta frase: «No hemos venido a correr». Castilla tomó el
mando de las fuerzas «restauradoras» que dio comienzo a la cuarta fase
de la lucha. Ante este nuevo ataque, Santa Cruz llamó a los batallones
bolivianos 1° y 2° que se encontraban en la reserva, pero éstos se
negaron a combatir e iniciaron la retirada. El desbande de los
confederados se hizo total. Las tropas chilenas de Bulnes dieron
muerte en el campo de batalla a 2 generales y 1.400 oficiales y
soldados, la persecución a los vencidos se hizo con ferocidad
increíble, los chilenos mataban a los heridos y prisioneros, sin
piedad. Después se dedicaron al saqueo de Yungay y pueblos vecinos. En
el manifiesto que posteriormente redactó Santa Cruz en Guayaquil,
dijo: «la mitad de los muertos fueron sacrificados lejos del campo de
batalla». Los métodos araucano-chilenos, que años después con
intensidad se repetirían, se pusieron entonces en evidencia en el
Perú.

Los vencedores de Yungay entraron a Lima entre aplausos. Los chilenos
permanecieron en el país, hasta que se les pagó el último centavo de
lo que cobraron, embarcándose de regreso a Chile, una parte en abril y
la otra en octubre de 1839. Dos años después Bulnes fue elegido
Presidente de su país, desde cuyo sitial seguiría su propósito de
conquistar territorio boliviano.

6. La intervención chilena en la Confederación Perú-boliviana

Con razón Emilio Luna Vegas escribe lo siguiente: «Los chilenos no
podían permitir un Perú grande o una Bolivia fuerte, mucho menos un
país tan extenso y potente como el que formaba la Confederación
Perú-Boliviana. De allí su empeño militar en destruirla antes que se
consolidara, lo que explica sus tres campañas entre 1836 y 1839; por
eso su afán posterior en debilitar, separadamente, a los países que la
integraron. Chile ha fundado su porvenir en el desmedro de sus
vecinos. Nunca se conformó con las propias fuerzas que la naturaleza y
la historia le señalaron. También ha tenido conflictos con Argentina,
y si no ha creado otros problemas es por falta de más vecinos. Lo
lamentable de aquel período es que peruanos y bolivianos cayeron en el
juego, dejándose frustrar su porvenir. La única victoria decisiva que
tuvo Chile en su cruzada contra la Confederación fue la batalla de
Yungay, que la ganó debido a la iniciativa oportuna de un coronel
peruano, con el apoyo de soldados y civiles peruanos. De no haber sido
así, le habría sido imposible seguir manipulando como lo hizo después
de aquel triunfo, que le sirvió de base para sus posteriores logros.
La destrucción de la Confederación reportó a Chile varias ventajas. La
primera fue la confirmación de su capacidad para lograr la hegemonía
en el Pacífico Sur. La segunda, el conocimiento profundo de hombres y
territorios peruanos lo que le daría superioridad en su próxima
agresión al Perú. La tercera puede considerarse el ínfimo costo en sus
campañas de invasión, pues Gamarra pagó la expedición de Bulnes y como
reclamaron el pago de 725.000 pesos por la fracasada expedición de
Blanco Encalada, también les fueron cancelados. Además, de su
irrupción pirata contra nuestros buques se recompensó con presas
obtenidas fácilmente. La cuarta ventaja es que consiguió un tratado
comercial con el Perú, que lo colocó en posición de nación más
favorecida, tan fue así que el trigo chileno entró a nuestro mercado
en mejores condiciones que las que tenía anteriormente. Finalmente,
desde aquel infausto momento comenzó a intervenir en forma '
imperativa' cuando la guerra del Perú y Bolivia en 1841, contra los
intentos de Santa Cruz para una reconquista, contra el propósito de
simple anexión del departamento de La Paz al Perú y en los conflictos
limítrofes del Perú con Ecuador y Colombia, colocado siempre entre
bambalinas. La derrota de Yungay marca un punto de partida que sirvió
para subordinarnos a la política expansionista chilena, sin que los
gobernantes peruanos posteriores pudieran ver el peligro (...) a
excepción del Gran Mariscal Ramón Castilla, que los conoció muy de
cerca» (46).

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