Tuesday, June 19, 2007

Los honorables

Señal de Alerta
por Herbert Mujica Rojas
24-11-2005

Los honorables
por Manuel González Prada, Bajo el oprobio, 1914

Al atravesar la plazuela de Bolívar (operación que rara vez efectuamos
por miedo a los núcleos infecciosos) nos asalta el deseo de coger una
brocha, saturarla de alquitrán y escribir en los muros de las dos
Cámaras: AQUI SE NECESITA UN ARGUEDAS.

No logrando satisfacer el buen deseo, nos decimos interiormente:
¡Bienaventurados los tiempos en que la muchedumbre se arme de azotes y
lance fuera de la ciudad a las dos hordas acantonadas en la plazuela
de Bolívar!

¿Qué es un Congreso peruano? La cloaca máxima de Tarquino, el gran
colector donde vienen a reunirse los albañales de toda la República.
Hombre entrado ahí, hombre perdido. Antes de mucho, adquiere los
estigmas profesionales: de hombre social degenera en gorila
politicante. Raros, rarísimos, permanecen sanos e incólumes; seres
anacrónicos o inadaptables al medio, actúan en el vacío, y lejos de
infundir estima y consideración, sirven de mofa a los histriones de la
mayoría palaciega. Las gentes acabarán por reconocer que la techumbre
de un parlamento viene demasiado baja para la estatura de un hombre
honrado. Hasta el caballo de Calígula rabiaría de ser enrolado en
semejante corporación.

¿Ven ustedes al pobre diablo de recién venido que se aboba con el
sombrero de pelo, no cabe en la levita, se asusta con el teléfono,
pregunta por los caballos del automóvil y se figura tomar champagne
cuando bebe soda revuelta con jerez falsificado? Pues a los pocos
meses de vida parlamentaria se afina tanto y adquiere tales agallas
que divide un cabello en cuatro, pasa por el ojo de una aguja y
desuella caimanes con las uñas. Ese pobre diablo (lo mismo que sus
demás compañeros) realiza un imposible zoológico, se metamorfosea en
algo como una sanguijuela que succionara por los dos extremos.

El congresante nacional no es un hombre sino un racimo humano. Poco
satisfecho de conseguir para sí judicaturas, vocalías, plenipotencias,
consulados, tesorerías fiscales, prefecturas, etc; demanda lo mismo, y
acaso más, para su interminable séquito de parientes sanguíneos y
consanguíneos, compadres, ahijados, amigos, correligionarios,
convecinos, acreedores, etc. Verdadera calamidad de las oficinas
públicas, señaladamente los ministerios, el honorable asedia, fatiga y
encocora a todo el mundo, empezando con el ministro y acabando con el
portero. Vence a garrapatas, ladillas, pulgas penetrantes, romadizo
crónico y fiebres incurables. Si no pide la destitución de un
subprefecto, exige el cambio de alguna institutriz, y si no demanda
los medios de asegurar su reelección, mendiga el adelanto de dietas o
el pago de una deuda imaginaria. Donde entra, saca algo. Hay que darle
gusto: si de la mayoría, para conservarle; si de la minoría, para
ganarle. Dádivas quebrantan penas, y ¿cómo no ablandarán a senadores y
diputados?

El representante ingenuo que se disculpaba por haber votado mal por
insinuación u orden del Jefe Supremo, dio la nota justa, reveladora de
la sicología parlamentaria: diputados y senadores se consideran ellos
mismos como parte de la servidumbre palatina. Habiendo, pues, un
Ejecutivo, no se necesita un Legislativo. Pudiendo entenderse con el
señor, no se trata con los lacayos. Entonces ¿para qué los congresos?
¿Para qué las discusiones de pedantes y fraseólogos que al oírse
hablar creen sentirse pensar? ¿Para qué las luchas encarnizadas entre
minorías y mayorías? Lo que alguien dijo de los abogados cuadra mejor
a los parlamentarios. Gobiernista y oposicionista figuran las dos
hojas de una misma tijera: se embisten con furia, mas no se causan
daño. Quien sale cortada es la Nación.

Y sin embargo, esas gentes se gratifican el honorable con un tupé
inverosímil y una prodigalidad asombrosa. Honorabilidad de honorables,
tan evidente como la blancura del tordo, la ligereza de la tortuga, el
buen olor del añás.

"Señor honorable, tiene usted el uso de la palabra", dice un trujimán
de presidente congresil, dirigiéndose al recomendable sujeto que hizo
dar o dio un esquinazo, medró con los deslices de una mujer o supo en
una tesorería cargar con el santo y la limosna. Uno se pregunta ¿esos
individuos hablan seriamente o se burlan de nosotros?

Billinghurst fue derrocado ignominiosamente por haber concebido el
propósito de celebrar un plebiscito para decidir si convenía la
renovación total del Congreso. Sin duda le infundieron náuseas los
mismos hombres que trasgrediendo las leyes y cediendo cobardemente a
la imposición de las turbas, le habían nombrado Jefe Supremo. ¿Se le
tachará de ingrato? Hay servicios que no engendran agradecimiento ni
crean amistad: a ciertos servidores se les tira la moneda, no se les
tiende la mano. Al presenciar la degradación de unas Cámaras donde los
hombres mienten como gitanos y se venden como chinos, el verlas saltar
de oposicionistas a gobiernistas y caer de rodillas ante un
coronelillo de similor para conferirle el generalato en recompensa de
haberlas traicionado, pisoteado y abaleado ¿quién no lamenta la caída
prematura de Billinghurst? Sus mismos derrocadores se hallan
arrepentidos y con gusto desharían su obra: palpan que al hacer la
revolución se pusieron contra el desinfectante y a favor de los
microbios. El hombre que hoy se levantara en armas, invadiera Lima y
barriera con Legislativo, Ejecutivo y Judicial, merecería una estatua
de oro.

Porque en todas las instituciones nacionales y en todos los ramos de
la administración pública sucede lo mismo que en el Parlamento: los
reverendísimos, los excelentísimos, los ilustrísimos y los useseñorías
valen tanto como los honorables. Aquí ninguno vive su vida verdadera,
que todos hacen su papel en la gran farsa. El sabio no es tal sabio;
el rico, tal rico; el héroe, tal héroe; el católico, tal católico; ni
el librepensador, tal librepensador. Quizá los hombres no son tales
hombres ni las mujeres son tales mujeres. Sin embargo, no faltan
personas graves que toman a lo serio las cosas. ¡Tomar a lo serio
cosas del Perú!

Esto no es república sino mojiganga.
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