Thursday, April 02, 2009

Los funerales de Aquiles

Los libros, mis amigos
por Herbert Mujica Rojas
2-4-2009

Los funerales de Aquiles

"Mirabeau se agota, se envenena y, en definitiva, se está matando. El
no lo ignora, pero en cuanto le aconsejan un poco de reposo, sus
turbios ojos se inyectan de sangre. Su orgullo no quiere ceder ni en
su sed de acción ni en sus vicios. Una vida vulgar no es para él:
prefiere morir. Efectivamente, va a morir.

El 26 de marzo de 1791, muy cansado y con la vista casi extinguida,
sube a la tribuna para hablar de la cuestión de la regencia. Se
muestra elocuente, pero con extrañas debilidades y, sin duda, en plena
crisis nefrítica, vuelve a aparecer en la Asamblea. Le obliga a ello
un interés muy poderoso. Se trata de la cuestión de las minas, y ha de
defender el sistema de concesiones, del que depende la fortuna de su
querido La Marck. Habiendo bebido Tokay para poder sostenerse, toma la
palabra cinco veces; luego se encamina a casa de La Marck y se deja
caer en un sofá:

-Vuestra causa está ganada –le dice-, pero yo me muero.

No obstante, consigue reanimarse, y el día 28 acude al teatro. Le
acometen intensos dolores. Su amigo, el célebre médico Cabanis, para
calmarle le da opio. Bien pronto corre por París la noticia de que
está perdido. El rumor causa unos efectos prodigiosos. Odios y
controversias desaparecen bajo un auténtico y unánime sentimiento de
pesar. La puerta de su casa ve congregarse una multitud que lee
ávidamente los boletines. El rey, la reina, el conde de Provenza y el
presidente de la Asamblea están pendientes de las noticias. Varios de
sus adversarios más agresivos, como Barnave, acuden a visitarle al
frente de una delegación de jacobinos. Conmovido, hasta el mismo
Camilo Desmoulins se lamenta. La calle ha sido cubierta de paja frente
a su hotel, y por los aledaños, como obedeciendo a una consigna, los
paseantes hablan en voz baja.

Mirabeau sabe cuál es su estado. Al oír un cañonazo pregunta:

"¿Son ya los funerales de Aquiles?" Y en un momento de delirio,
murmura a Cabanis: "….eres un gran médico, pero él es un médico más
grande que tú…el autor del viento que todo lo derriba, del agua que
penetra por doquier, del fuego que vivifica y consume…." . Frases que
evidencian su índole de poeta. Viento, agua y fuego, fuerzas que
devastan y no construyen, son como los símbolos de su genio.

Tiene ya los pies fríos, pero su mente permanece lúcida y conserva la
facilidad de la palabra. Está rodeado de amigos a los que habla con
calma. Ha rehusado los servicios del cura de su parroquia con el
pretexto que está Talleyrand cerca de él. ¡Talleyrand! Entre el obispo
de Autun y este epicúreo sin arrepentimiento, es difícil imaginar un
diálogo religioso. Mirabeau se limita a pedirle que lea en la tribuna
de la Asamblea el discurso que ha preparado sobre los testamentos.

En el alba del 2 de abril de 1791 da orden de abrir las ventanas y le
dice a Cabanis: "-Amigo mío: voy a morir en este día. Cuando llega el
momento sólo puede hacerse una cosa: rociarse de perfumes, coronarse
de flores y estar rodeado de música para entrar agradablemente en el
sueño eterno".

Como en algunos instantes sufre profundos dolores que le impiden
hablar, escribe en un papel: dormir… Quiere opio. Cabanis finge
complacerle. Un momento después, su cabeza enorme, que parecía ya
descompuesta, cae sobre la almohada. El otro médico que estaba a la
cabecera, Petit, se acerca, le contempla, y murmura: "Ya no sufrirá
más".

El magistral relato se encuentra en la brillante obra del historiador
francés Octave Aubry, La Revolución Francesa, tomo I Destrucción de la
realeza, pp. 202, 203, 204, España, octubre 1961, y coincide con la
fecha en que bien vale la pena recordar a un polémico tribuno de quien
se encontraron lacerantes verdades a posteriori su deceso y fue
castigado por ello.

Sigamos con el apasionante relato.

"La muerte de Mirabeau ha dejado aturdido a París. Oradores
desconocidos hablan de él con lágrimas en los ojos en el Palais-Royal
y en los barrios populares. Barnave, en los Jacobinos, y Danton, en
los Cordeliers, hacen su elogio póstumo. La Asamblea suspende sus
sesiones y ordena que se guarde luto nacional y se realicen solemnes
honras fúnebres.

Honorato-Gabriel-Víctor Riquetti, diputado de los municipios de la
senescalía de Aix, es conducido a su tumba con honores no recibidos
jamás por un soberano. Toda la ciudad se vuelca en las calles
silenciosas. Abre el cortejo la guardia nacional con su Estado mayor,
La Fayette, al frente, con la espada desenvainada. El clero precede al
ataúd, cubierto por una bandera tricolor y llevado por doce sargentos
de granaderos. Detrás viene la Asamblea en pleno sin distinción de
partidos, el club de los jacobinos en apretadas filas, el
ayuntamiento, los ministros y corporaciones oficiales. Se celebra un
servicio en San Eustaquio, y Cerutti pronuncia el elogio fúnebre. Los
guardias nacionales descargan simultáneamente sus fusiles, de modo que
se rompen todos los cristales de las cercanías."

La revolución francesa es un acontecimiento epocal de innegables y
soliviantadoras consecuencias. En Perú hasta un partido adoptó la
música del himno de 1792 como el suyo y emblema de sus ardores
justicieros. La historia, madre y maestra, es fuente inagotable de
sabiduría. Inabdicable.

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