Friday, October 12, 2007

Corrupción, esa dama perversa

Señal de Alerta
por Herbert Mujica Rojas
12-10-2007

Corrupción, esa dama perversa

Stewart, el autor de Henry Meiggs, un Pizarro yanqui; norteamericano
como aquél, no escatima detalles de cómo la corrupción, esa dama
perversa, engatusó funcionarios, hizo la vida muelle de autoridades
venales, presidentes miserables, plutócratas envilecidos hasta el
tuétano y, por consiguiente, pudrió hasta la más íntima fibra de
cuanto puro tuvo o alguna vez albergó, el alma colectiva peruana para
propósitos de un proyecto nacional rectilíneo y ambicioso como país
central de una Latinoamérica convulsionada entonces, en los siglos
XIX, XX y el actual XXI.

El lector podrá aprehender no pocas comprobaciones dramáticas: ¿es
posible hacer cosas honestas en Perú?, o ¿gozamos del dudoso
privilegio de portar el virus de la corrupción congénita? Son casi
contados con los dedos de la mano los políticos que murieron honestos
y sin sombra, el 95% esconde riquezas habidas a trompicones y vía
testaferros. Otros, más elaborados, inventaron fanfarrias
pseudo-sociales, con algo de doctrina y engatusaron gringos estúpidos
dispuestos a lavar su conciencia regalando dólares a grandes vivos y
farsantes que integran múltiples organizaciones de nuevos gángsteres.
Como el peruano también nace acrítico, es casi un Chicheñó (peruanismo
creado en sus Tradiciones por Ricardo Palma, que alude a la expresión:
sí señor) con piernas y boca disparadora de cualquier cosa, sólo ve lo
que se le indica que observe. Su miopía social, educada en clubes
electorales donde se adiestra en el arte de vivir del Estado robando
con decoro, le yugula cualquier posibilidad de poner el dedo en la
llaga y señalar por calles y plazas a los genuinos ladrones que
habitan en el país y en sus instituciones. Los antecedentes, como
podremos comprobar de la lectura, son múltiples, y siempre asociados
al aparato del Estado, sus zánganos perennes y sus alabarderos
contantes y sonantes. ¿Debería ser ésta abyecta conclusión, la de
saber que esto no tiene cura? O, de repente ¿pergeñar los pasos de las
nuevas victorias que nos debe el porvenir? (Herbert Mujica Rojas)

IV

El escenario peruano*

El día de Año Nuevo de de 1870, por la mañana, reinaba gran
nerviosidad entre la población de Lima, la secular capital del Perú.
Su amor a la teatralidad iba a ser satisfecho. Con certero sentido del
dramatismo, Henry Meiggs, el insigne contratista norteamericano, había
escogido esa fecha para dar comienzo a su segundo ferrocarril en el
Perú, difícil y afamado proyecto, que había sido y era un sueño
largamente acariciado por los peruanos.

El Presidente de la República, con apropiadas ceremonias, iba a poner
la primera piedra del Ferrocarril Central Transandino; la mágica vía
que según se anunciara, convertiría de una vez en hermanos a los
indígenas de los Andes y a sus vecinos blancos; proporcionaría al país
un incesante torrente de colonos europeos y norteamericanos; causaría
la inmediata multiplicación de ganados y sembradíos; actuaría como
fuerza magnética para extraer de las inaccesibles entrañas de la
Cordillera de los Andes incontables toneladas de preciosos y
semipreciosos minerales; convertiría a cada ciudadano del país en
ejemplo de esclarecidas virtudes, y transformaría a Lima en la
Metrópoli de Sudamérica, si no de una región más extensa. Antes de que
se terminase la vía de Arequipa, la obra del ferrocarril a la luna, la
que debía ser la obra maestra del Mesías de los ferrocarriles, iba a
iniciarse.

Perú, en aquella fecha, estaba en el punto más alto de esa trágica
enfermedad que es la fiebre ferrocarrilera, aunque entonces no se la
considerase una enfermedad, ni se habían previsto sus mortíferos
efectos, salvo por un aislado caso. De ahí el entusiasmo. La
inauguración fue un gran suceso, y don Enrique, como se solía llamar a
Meiggs a lo largo de la costa del Pacífico, no escatimó nada a fin de
que fuese memorable.

El lugar escogido para poner la primera piedra fue exactamente las
afueras de la puerta de Monserrate de las antiguas murallas de Lima,
todavía existente, aunque en ruinas. Estuvo bien escogido.

Siete millas hacia el Sudoeste, los domadores del Pacífico avanzaban
arrolladora e incesantemente hacia la costa del Callao, uno de los
terminales del proyectado ferrocarril. Al Este y al Noroeste se
erguían los poderosos contrafuertes de los aún no conquistados Andes,
pelados y grises casi al alcance de la mano, pero más allá, cada vez
más altos, azules y más azules, en procura de las nevadas cumbres,
sobre las cuales debía establecerse el otro terminal, en el mismo
centro de las fabulosas riquezas mineras del Perú. Y allí, entre el
lugar de la inauguración y las montañas, se extendía la Ciudad de los
Reyes, cuya población sería en gran escala la beneficiada por tan
tremenda empresa. El escenario era, como se lo mirase, absolutamente
subyugador.

A una milla y media, en el corazón de Lima, se alza la Plaza de Armas,
cuyo original diseño fue trazado por Francisco Pizarro en 1535, y a
uno de cuyos costados aquel poderoso varón de carne y hueso había
erigido su Palacio de Gobierno. A dicha plaza, entre las doce m. y las
2 p. m., aquel Día de Año Nuevo, convergían varias formaciones
militares. En la medida que llegaban, formaban a lo largo de las
calles que conducían a la Puerta de Monserrate [hoy Estación de
Monserrate. Trad.], alineados a ambos lados en todo el trayecto.
Dichas fuerzas consistían en tres brigadas de artillería, tres
escuadrones de caballería y seis batallones de infantería, con sus
resplandecientes uniformes de parada.

A la una p.m., las numerosas asociaciones civiles, patrióticas,
políticas y militares de la ciudad, que habían sido invitadas a la
ceremonia y la parada, se reunieron en el gran salón del Palacio —un
palacio más nuevo y grande que el de Pizarro—, en donde el Presidente
tenía sus oficinas y su residencia oficial. A las dos salieron de
Palacio, formando columna, e iniciaron su lento desfile hacia el lugar
de la inauguración. Los participantes, enumerados en el orden que
guardaban en la columna del desfile, fueron los siguientes: Sociedad
de Artesanos; Miembros de la Municipalidad de Lima; Jefe de Policía;
Prefecto del Departamento de Lima; Jueces de Primera Instancia;
Ilustre Corte Superior de Justicia; Supremo Tribunal de Cuentas;
Cuerpo Diplomático y Consular residente en Lima; Oficial Mayor de
Relaciones Exteriores; Excelentísima Corte Suprema de Justicia; Su
Excelencia el Presidente de la República, Coronel José Balta,
acompañado por sus Ministros de Estado, que constituían su Gabinete;
Generales Buendía, Iturregui, Segura, Beingolea y Morote; Sociedad de
Vencedores de la Independencia; un numeroso séquito de jefes y
oficiales de la gendarmería y oficiales en disponibilidad, residentes
entonces en Lima; la guardia de honor, y el Ejército, comandado por el
Jefe de Línea, General don José Allende.

En Monserrate se hallaban presentes los voluntarios de las brigadas de
Bomberos francesa, italiana y peruana, todos, desde luego, en traje de
parada. Cuerpo de caballería y artillería rodeaban el lugar de la
primera piedra; soldados de infantería vigilaban en las alturas de las
antiguas murallas, y unas treinta mil personas del populacho ocupaban
el resto del lugar. El bicolor peruano lucía profusamente desplegado.

Cerca de las tres de la tarde, llegaron el Presidente Balta y su
cortejo, y se dio comienzo a la ceremonia. Don Enrique, empuñando los
instrumentos que el Presidente usaría para colocar la piedra,
pronunció un discurso del cual entresacamos las siguientes notas:

Excelentísimo Señor:

El primero de enero de 1870 marcará en la historia la fecha de un
glorioso renacimiento; hoy día, vais a tener la inmarcesible y
envidiable gloria de colocar la primera piedra del Ferrocarril Central
Transandino, y yo, el más humilde obrero de esta obra, me siento lleno
de orgullo y satisfacción al tener el honor de poner en vuestras manos
estos instrumentos que tendrán la felicidad de iniciar la realmente
titánica obra destinada a escalar las cumbres de los Andes y unir con
lazos de hierro a la gente del Pacifico y del Atlántico ... La
necesidad e importancia de este trabajo deberá quedar grabada en la
imaginación de cada peruano, y su inmensa trascendencia se sentirá en
breve plazo en todas las esferas de la actividad humana.

Tan feliz suceso proclama en el futuro una gran revolución cuyos
beneficios y victorias se deben a la locomotora, ese ariete mecánico
de la civilización moderna. A su empuje caerán aquellas moles de
granito que la naturaleza física ha opuesto hasta hoy al
engrandecimiento agrícola, industrial y mercantil de la Nación
peruana. Sus silbatos despertarán a la raza nativa del letargo en que
sus dominadores, apoyados en la abyección y el aislamiento, la han
mantenido durante siglos, bajo el sudario del error y la ignorancia
....

El vapor, que abrevia el tiempo y acorta distancias, es el más rápido
y seguro medio de introducir vida y desarrollo material a las
atrasadas comarcas amazónicas...

El Ferrocarril Central Trasandino, por las razones expuestas y por sus
demás aspectos, debe ser considerado como un gran paso en la senda del
progreso material y moral de la República, y su inauguración debe ser
saludada con jubilo y entusiasmo por todos los sinceros amigos de
América...

Perú, siempre noble y generoso, inscribirá más tarde, en el libro de
su gloriosa historia, a la cabeza de sus más grandes benefactores, los
nombres de todos los ilustres ciudadanos, a cuyos infatigables
esfuerzos y patriotismo se debe la fundación de esta línea férrea.

Y nadie tendrá el derecho de brillar en esa legión de descollantes
seres con más justicia y razón que los miembros que componen el actual
régimen, a cuya elevada ilustración y profunda fe en el porvenir de la
República deberáse la realización de tan colosal empresa...

He dicho.

En seguida, el Ilustre Arzobispo de Lima, Dr. José Sebastián de
Goyeneche y Barreda [de Arequipa, Trad.], bendijo la primera piedra y,
en ella, el futuro del Perú.

Luego, el Ministro de Obras Públicas, Dr. don Mariano Dorado, se
dirigió a la multitud. También él habló acerca de los efectos que la
locomotora ejercería sobre la nación y el pueblo peruanos:

Cuando la locomotora en su veloz carrera transmonte las nevadas
crestas de los Andes, cuando esas inmensas moles se sientan oprimidas
por el peso de la máquina, celebrarán con alegría resonar en el fondo
de sus cavernas los prolongados ecos con que se anunciarán a los más
distantes pueblos de la tierra el gran día de la civilización
sudamericana... Y la poderosa e imponente voz del vapor hará vibrar de
nuevo los cimientos de estas colosales montañas, y las venerables
sombras de Manco y Atahualpa 1 saldrán de sus antiquísimas tumbas,
llenas de admiración y entusiasmo, bendecirán la mano protectora que
trae a sus hijos, junto con la felicidad y la abundancia, las
maravillosas ventajas del siglo diecinueve.

Al concluir su peroración el señor Dorado, el Presidente Balta, al
parecer sin pronunciar ningún discurso, y ayudado por artesanos
expertos en tal trabajo, colocó la primera piedra que había sido tema
de la bendición y la oratoria 2.

Terminado el importante asunto del día, el Presidente y unos
ochocientos funcionarios y los particulares de mayor o menor
importancia, a invitación de don Enrique, se trasladaron al edificio
que antes fuera local de la Escuela Militar. Allí se realizó un
almuerzo en celebración del suceso.

Según las palabras de un periodista, una sola idea, un solo propósito
dominaba a todos: celebrar la iniciación de la empresa y expresar el
fervoroso deseo para que el trabajo de la ferrovía llegase a feliz
término. Se pronunciaron muchos brindis y se tomaron muchas copas
—según la expresión peruana—, siendo el primero el del Ministro de
Bolivia en el Perú, señor Juan de la Cruz Benavente, decano del Cuerpo
diplomático y entusiasta amigo personal de don Enrique:

Por la paz del Perú, que permite al gobierno emprender obras como la
que se acaba de inaugurar. El futuro de los gobiernos y los pueblos
descansa en el trabajo. Hoy día estamos entrando en este camino, a
través de la poderosa influencia de un gigantesco hijo de
Norteamérica, quien ha venido a eliminar de nuestro diccionario la
palabra imposible.

Los brindis fueron saludados con grandes aplausos, después de lo cual
se bebió. Mr. Meiggs respondió con otro discurso, insistiendo en el
colosal desarrollo que traería al país el ferrocarril, una vez que
estuviese terminado. Concluyó con el brindis: Bebamos por la paz y el
progreso del Perú.

El brindis del Presidente Balta no debe olvidarse: Caballeros: La
gloria de los gobiernos se confunde con la de los que se consagran a
ella.

Don Enrique Meiggs la comparte, en el sentido en que es el primer
contratista del Perú. Bebo, pues, por don Enrique Meiggs.

La musa de la poesía fue convidada a participar en la celebración. Se
mandó imprimir en hojas sueltas un largo y laudatorísimo poema
titulado A Enrique Meiggs, por Manuel Castillo [poeta romántico de la
generación de don Enrique Palma. Trad.]. Se repartió entre los
concurrentes cuando el Presidente Balta ingresó en el patio, a los
acordes del Espíritu Santo. Pedro Paz Soldán y Unánue (Juan de Arona),
poeta y escritor de considerable habilidad [1839-1895; fue traductor
eximio de Virgilio y gran diplomático y panfletario. Trad.], recitó
dos sonetos. Uno se titulaba A Junín y celebraba la victoria ganada
por las fuerzas emancipadoras de Bolívar en la altiplanicie de tal
nombre, lugar que sería cruzado por el ferrocarril. La otra lleva el
título de El primero de Enero. Dice así: Nunca el año se abrió con
mayor pompa / hoy el Perú como Nación se estrena, / y en la actitud de
una Nación ordena / que de los Andes el peñón se rompa. / Apresta, oh,
Fama, tu famosa trompa / y anuncia al mundo la inédita faena / en que
un pueblo se engolfa y enajena, / libre ya de que el ocio lo corrompa.
/ Por la misma recóndita garganta, / por do tantos inútiles guerreros
/ llevaron ay, su destructora planta. / Hoy haciendo herramientas los
aceros / Balta, de Meiggs seguido, se adelanta, / acaudillando una
legión de obreros! 3.

Por fin se terminaron los brindis, los discursos y las viandas, y el
Presidente se retiró. Entonces se dispersó la comitiva; muchos de sus
miembros, irradiando entusiasmo por el gran acontecimiento a cuyo
inicio, felizmente, habían asistido, se detenían para decir una
palabra de reconocimiento o de congratulación a Mr. Meiggs.

Dando fin a esta celebración, don Enrique publicó en los periódicos
una tarjeta expresando su reconocimiento a todos cuantos le habían
acompañado, honrándole, en el almuerzo. Rogaba que excusaran cualquier
falta que hubiesen advertido, y que se debería a insuperables
circunstancias provenientes de la estrechez de tiempo. Además, con el
objeto de apaciguar a los que se sintiesen agraviados por no haber
sido invitados al almuerzo, pedía perdón por las omisiones que, quizás
por involuntaria culpa de los repartidores, se habían cometido en la
distribución de invitaciones 4.

El estudio de las actividades de ese primero de enero de 1870 deja dos
impresiones muy claras: primero, que los celebrantes, según la moda
sudamericana, fueron excesivamente entusiastas, y casi
semi-histéricos, a causa del comienzo de los trabajos del ferrocarril
y los grandes y fundamentales cambios que esperaban produjese aquella
vía; segundo, que Henry Meiggs, a través de cuyas oficinas se esperaba
fuesen cumplidos tales objetivos, ocupaba en la imaginación pública el
lugar de un semidiós.

Conviene detenerse un momento y lanzar una mirada retrospectiva sobre
algunos aspectos de la historia del Perú. Al hacerlo, uno se percata
de la sucesión de hechos, rumbos de pensamiento que provocaron las
actividades que se acaban de describir y la psicología nacional allí
al descubierto.

Para apreciar la necesidad que tenía el Perú de mejores comunicaciones
hace tres cuartos de siglo, no se necesita sino un conocimiento
superficial de su geografía física, económica y social. Como las
provincias productoras de nitratos no se habían perdido aún (en favor
de Chile), el área del país alcanzaba algo más de 500.000 millas
cuadradas (800.000 km'). De Norte a Sur se extiende un litoral árido,
de dos mil millas, sin lluvia, desierto, excepto en los valles
grandemente irrigados por los ríos, cuyos vivificantes torrentes se
alimentan de los deshielos y lluvias de las altas cordilleras. En
dichos valles hay muchos algodonales y arrozales trabajados según el
sistema de una sola cosecha al año.

Corriendo a lo largo del territorio se levantan los arrugados macizos
de los Andes; por el lado del mar se comunican con selváticas abras
que trepan desde las fronteras interiores de los valles. En la mayor
parte de los montes bajo los 7.000 pies de nivel, no eran, o no son
posibles actividades agrícolas o de ganadería. Más arriba, sin
embargo, a 12.500 pies, en las orillas del Lago Titicaca, y aún más
allá, se encuentran las mesetas y punas, o frígidos valles
cordilleranos, constantemente azotados por la lluvia, y donde, en
consecuencia, hay forraje para ganado y favorables condiciones para la
producción de cereales y otros sembrados. Es acaso innecesario agregar
que principalmente es en las altas montañas donde se hallan los más
valiosos yacimientos mineros.

Más allá, hacia el Este se encuentra la montaña —zona de gran humedad,
maderera, montañosa u ondulada que desciende hacia el Oriente, y que,
en la medida que pierde nivel, se torna tropical o semi-tropical.

En ausencia de medios de comunicación, salvo senderos en su mayor
parte muy malos, es difícil, si no realmente imposible, transportar a
las ciudades de la costa cualquier exceso de la producción de las
cordilleras o de la montaña. Se comprende que bajo semejantes
condiciones, los extranjeros titubeen en penetrar a la región llevando
capital, en un esfuerzo por desarrollar su riqueza.

En cuanto a su geografía social, el Perú se halla tan dividido, o
casi, como en lo físico. El censo oficial de 1876 daba como número
total de habitantes, el de 2.699.945 5. Esto significa que la densidad
de población era menos de 6 por milla cuadrada. Los valles de la
sección de la costa estaban en su mayoría profusamente poblados, así
como muchos de los valles de la cordillera. Pero, la mayor parte del
elemento blanco de la población vivía en la zona de la costa, mientras
que la población de los Andes y de la montaña estaba mayoritariamente
compuesta de indios puros. Había, claro está, algunos indios en las
ciudades de la costa y en las plantaciones del litoral, así como un
gran número de mezcla de indios y españoles, o mestizos. También había
blancos y mestizos en las ciudades andinas, pero en mucha más pequeña
proporción que en la costa.

En resumen, el rasgo más significativo de la vida peruana a mediados
del siglo XIX -y después- era su falta de unidad geográfica, económica
y social.

No se debe pensar que los peruanos inteligentes ignorasen tal
situación y sus consecuencias. Desde la época de la Independencia se
sabía y discutía al respecto. Pero, con anterioridad a la mitad del
siglo, parecía no haber ninguna fuente de recursos que pudiera
convertirse en buenos caminos o ferrovías, suponiendo que hubiese
habido demanda de ellos y oportunidad de construirlos. Empero, hacia
1840, el guano -el excremento de unos pájaros [guanay, T.) que por
milenios lo habían depositado en gran cantidad sobre los promontorios
de la árida costa y en los islotes de las cercanías- empezó a ser
recogido y mercantilizado. En el transcurso de una o dos décadas, los
peruanos principiaron a darse cuenta de sus posibilidades.
Simultáneamente se adelanta la construcción de ferrovías en Estados
Unidos, Europa y hasta en el vecino y rival país de Chile. Así, hacia
1850, los peruanos empezaron a asociar la riqueza guanera nacional con
la construcción de ferrocarriles.

El primer ferrocarril del Perú fue el que conectaba El Callao, puerto
principal, con Lima, y tenía ocho millas de largo. Pronto se hizo uno
de siete u ocho millas, a Chorrillos, entonces una especie de Newport
para Lima. Esta vía fue construida por una compañía inglesa que el 4
de diciembre de 1848, recibió la concesión para esa obra. El primer
tren rodó por la corta línea el 17 de mayo de 1851 6. Esta vía de poco
capital y muchos negocios, prosperó rápidamente y sirvió por tanto de
incentivo para pensar en ferrocarriles en mayor escala. A mediados de
la década de 1850, se hizo un ferrocarril de unas cuarenta millas, en
el sur del Perú, entre Tacna y Arica.

En el transcurso del decenio siguiente a 1855, aumentó el interés por
los ferrocarriles. En 1856, Ernesto Malinowski, ingeniero en jefe
fiscal, elevó un memorial al Congreso sobre el asunto, abogando por la
construcción de una red nacional. Poco después, el Congreso asignó
fondos para los estudios preliminares sobre cuatro rutas de la costa
al interior 7. Cuando Chile renovó su trabajo en la vía
Santiago-Valparaíso, se tuvo mayor incentivo para ulteriores proyectos
ferrocarrileros. Se publicaron folletos sobre diferentes aspectos de
la cuestión; los periódicos concedieron más espacio a los debates.

En 1862 apareció un trabajo debido a la pluma de Manuel Pardo sobre el
tema general de los ferrocarriles peruanos, pero concediendo especial
valor a la línea que conectara Lima con la Provincia de Jauja 8. Como
el señor Pardo gozaba en ese tiempo de cierta reputación de economista
(aumentada con el tiempo), y como los argumentos que adelantó en ese
trabajo fueron usados en una u otra forma por prácticamente todos los
que discutieron el tema antes de 1872, o aún después, vale la pena
presentar con ciertos detalles su forma de argumentar.

Tres o cuatro millones de soles 9, dedicados anualmente a la
construcción de grandes ferrovías, decía el señor Pardo, serían
suficientes para asegurar el futuro de la nación. La red que según él
debía construirse, debía comprender tres elementos: a) una línea en el
sur que uniría Chala u otros puntos de la costa con El Cuzco, lo que
daría a los departamentos del sur la vitalidad que les hacía falta, y
haría posible la explotación de las riquezas minerales y agrícolas
que, bajo las condiciones vigentes, estaban perdidas; b) una línea al
norte, que uniría Cajamarca con el Pacífico, atravesando los dos ricos
departamentos del norte (Cajamarca y La Libertad), lo que acercaría
más la montaña a la costa; c) una línea que pondría al Departamento de
Junín (en el centro del Perú), con sus cereales, ganado y artículos
alimenticios de todas clases, con su carbón, sus mármoles, sus
minerales y sus infinitas riquezas, a tres o cuatro horas de la
capital de la República. Estas tres líneas debían vincularse con, d)
una vía costanera que corriera de Chala al norte, para unirse con la
vía de Cajamarca en sus conexiones con la costa 10. El costo total no
sería de más de 100.000.000 de soles. Esta suma podría obtenerla el
gobierno hipotecando una parte del guano que entonces se extraía.
Debía permitirse que el gobierno garantizara a los contratistas un
ingreso del 7 por ciento de su inversión; no debía dudarse que eso
fuera suficiente, y quizás más que suficiente, y así pronto se
obtendrían capitales europeos. Pardo exhortaba a sus lectores:

No se debe hablar de los obstáculos que presenta el terreno, ni
tampoco de las imposibilidades que siempre se mencionan en esta clase
de disensiones. En el momento en que, a través de la barrera de los
Andes, los Océanos Atlántico y Pacífico se ven unidos por la mano del
genio, y cuando dos continentes, Asia y África, van a ser separados
por la mano del hombre, no debemos ser tildados de visionarios por
creer firmemente que un ferrocarril que subyugue los Andes no ofrece
dificultades insalvables al punto de obligar al ingeniero mecánico del
siglo XIX a inclinar la cabeza y confesar su impotencia 12.

El autor menciona los informes de Malinowski y los estudios hechos por
otros, a fin de robustecer su creencia en la factibilidad de los
ferrocarriles por los que abogaba. Reprochaba, además, a los
funcionarios por no prestar interés a las investigaciones científicas.
En las antesalas de los ministerios –decía- las obras del Canal de
Suez serán quizás discutidas con mejores datos que el más
insignificante ferrocarril en el Perú 13.

El Sr. Pardo enfocaba entonces su atención específicamente a las
ventajas que él creía se obtendrían para el país al construirse el
ferrocarril a Junín. Decía que, en la relativa poca extensión de dicho
Departamento, se encuentran todos los climas del mundo y los productos
de todas las zonas geográficas. (No debe ser considerado un informe
muy exagerado. Dicho departamento se extiende en el centro del Perú
desde las más altas crestas de los Andes al Este y más abajo, hasta la
montaña tropical en la parte superior del Amazonas). Unir esta región
con el litoral aportaría las más grandes ventajas al Estado, al
comercio y a la prosperidad general del país 14.

El escritor particularizaba entonces acerca de la riqueza de la
provincia de Jauja, la más meridional y cercana a Lima, de las tres
provincias que comprende el Departamento de Junín. (En realidad, el
Departamento cubría cuatro provincias: Huánuco, Cerro de Pasco, Tarma
y Jauja; pero consideradas las dos últimas como una). Se extendió
sobre su riqueza minera -no bien conocida, pero casi tan bien conocida
como la de la provincia de Cerro Pasco-, plata, cobre, mármol y
carbón. Pero el ferrocarril no debía limitarse a movilizar y fomentar
la riqueza ya existente. Debería realizar el milagro de crear valores
allí donde no existían aún. Debía poner en uso cosas hasta allí
inútiles. Considerando, por ejemplo, el carbón. Allí estaba, tirado,
sin valor, en las cimas de Morococha, a solo treinta leguas de Lima. Y
para el servicio de la región costera en tan esencial producto, el
Perú estaba importando anualmente 200.000 toneladas desde una
distancia de 2.000 leguas, a un costo de 3.000.000 de soles. Otro
ejemplo: La provincia de Jauja y otras del Departamento de
Huancavelica, en el sur, producían cereales de excelente calidad y
podían producirlo en cantidad bastante para proveer a todo el
Departamento de Lima. Pero, por falta de ferrocarriles, este exceso de
producción era una cantidad imaginaria, en lugar de ser un valor real
y tangible, y cada año el Perú importaba de Chile 300.000 fanegas de
trigo 15, por lo que tenía que pagar con gran trabajo 2.000.000 de
soles, Y lo que sucedía con el carbón y con el trigo, sucedía con
respecto a miles do otros objetos 16.

El ferrocarril al interior, según el Sr. Pardo, contribuiría a
resolver el problema de la inmigración. Hasta el tiempo en que
escribía el Sr. Pardo, los esfuerzos del Perú (habían sido
apreciables, aunque ineficientes) se concretaban a convencer a
ingleses, alemanes y norteamericanos a entrar en el país e instalarse
en la desierta (o sea, despoblada) montaña. Allí, en caso de que
realmente hubiesen acudido tales inmigrantes, habrían formado un
elemento demográfico diferente al resto de los peruanos. Y, a causa de
su aislamiento, debido a la falta de buenas comunicaciones, habrían
estado prácticamente fuera del alcance del gobierno. No era así como
había actuado tal inmigración en los Estados Unidos. Allí, los
inmigrantes se habían establecido en gran proporción en las ciudades a
lo largo de la costa atlántica. Entonces, como la presión de la
población aumentaba en el Este, la gente, no necesariamente
inmigrante, se había movilizado hacia el Oeste para ocupar el
interior, resultando una población homogénea con la otras zonas
orientales. Deberían actuar así en Perú. Si se hacía un esfuerzo para
vincular las regiones a colonizar con el resto del Perú, la población
acudiría hacia allá. Los ferrocarriles contribuirían a realizar tal
obra 17.

El guano, que en ese tiempo era el elemento primordial de la economía
peruana, requería más cuidadoso trato de los economistas. Este curioso
y fortuito producto había colocado al país bajo la influencia de un
doble fenómeno económico: El Perú, gracias al guano, está capacitado
para consumir y está consumiendo hoy de afuera tres veces más de lo
que naturalmente produce; y el Gobierno del Perú puede gastar y está
gastando cuatro veces más de lo que significan las rentas internas 18.

El Perú (decía Pardo), que en 1845 consumía y exportaba productos por
valor de más o menos 7.000.000 de soles, estaba en 1862 consumiendo
21.000.000 de mercancías extranjeras, por las que estaba pagando los
mismos 7.000.000 en productos domésticos más 14.000.000 en guano. Tal
situación era en extremo conveniente en aquel tiempo, pero no podía
durar siempre, y significaba una terrible perspectiva para todo el que
pensara acerca del futuro cercano.

De 1847 a 1853, cinco años de relativa paz y prosperidad (las más
recientes cifras disponibles correspondían a 1853), decía el Sr.
Pardo, la cuantía de las exportaciones peruanas no había aumentado en
ningún aspecto. En realidad, había artículos desaparecidos totalmente
de la lista de exportaciones. Por otra parte, las importaciones -es
decir, el consumo nacional- aumentaban de año en año. Pero no estaba
muy lejano el día en que se extrajese la última tonelada de guano de
las islas, y si la producción doméstica y el consumo del Perú se
mantuvieran al mismo nivel, los peruanos se hallarían con sólo siete u
odio millones de producción doméstica para pagar los 25 ó 30 millones
que estaban acostumbrados a consumir. Tal día significaría para el
Perú un espantoso cataclismo, a menos que se adoptasen vigorosas
medidas para impedirlo.

El único medio de evitar tal cataclismo era aumentar la producción
doméstica del Perú. Esto se podría hacer solo gradualmente; por tanto
se requería pronta acción. (Vale la pena mencionar que el Destino
tenía decidido que el mismo Manuel Pardo sería Presidente del Perú
cuando sobrevino el cataclismo, que tan claramente había previsto y
tan enfáticamente anunciado).

Pero, por medio del ferrocarril a Jauja, se obtendrían también
resultados distintos a los económicos. En sus trenes llevaría
repercusiones morales, higiénicas y políticas, tan importantes acaso
como las económicas. La primera de ellas, la moral, fue después
mencionada. Oradores públicos y escritores proclamaron una y otra vez
que el silbato de la locomotora despertaría al indio de su secular
letargo. Al respecto, el Sr. Pardo decía:

Si el ferrocarril está llamado a ejercer una misión redentora en los
selváticos desiertos de América, no ejercerá menor efecto promoviendo
una revolución moral e intelectual en la atrasada e ignorante masa que
constituye el núcleo de nuestra población. Los medios de comunicación
ejercerán su benéfica influencia de dos maneras. De una, dando
movilidad a individuos que hoy pasan su vida y mueren enclavados como
piedras o plantas donde la naturaleza los colocó, pues que movilidad
representa para ellos libertad material a corto plazo y también un
principio de libertad moral en la medida en que los lazos que los
tenían sujetos a estancamiento, se rompan. La movilidad trae
ilustración; no, claro está, la ilustración de los libros y las
teorías, sino ciencia práctica de la vida que la frecuente
comunicación proporciona a los hombres 19.

Además, el enriquecimiento material que el ferrocarril trae, produce
un verdadero aumento en civilización y en mejoría moral e intelectual
de las gentes cuyos territorios atraviesa el ferrocarril:

Sólo mejorando su condición moral podrán alcanzar ellos los principios
de dignidad personal e independencia, sin los cuales no podrían ser
nunca sino miserables ilotas, campesinos atados al suelo, ciegos
instrumentos de todo el que enarbola un garrote para darles órdenes.
Al mejorar las condiciones materiales de nuestro pueblo, opondremos la
mas efectiva barricada a los avances de la tiranía de una parte, y, de
la otra, a las fuerzas de la anarquía. Esté es el segundo medio por el
cual el ferrocarril debe ejercer su influencia moral sobre la
población 20.

Respecto a los efectos que el ferrocarril a Jauja tendría sobre la
salud nacional, el folletista aseguraba que era un hecho muy conocido
que el clima de Lima y otras partes de la costa era muy insalubre. La
tisis alcanzaba alarmantes proporciones; la disentería atacaba a
muchos. Se sabía igualmente que el clima de Jauja era un antídoto para
la tisis, y que su clima y su agua cooperaban para curar la
disentería. El ferrocarril a Jauja modificará muy favorablemente las
lamentables consecuencias de ambas enfermedades 21.

El valor estratégico de dicho ferrocarril sería considerable. El
Departamento de Junín se halla en el centro del Perú. Su unión por un
ferrocarril con la costa, haría de los Departamentos de Lima y Junín
hasta la montaña, una poderosa línea que interrumpiría completamente
las comunicaciones entre los dos extremos del Perú.

Su clima, su riqueza, la baratura de vida y su población, lo
convertirán en el cuartel general de la República; y un ejército
acampado en Junín sería capaz de acudir con igual celeridad a Ayacucho
(en el Sur), o Trujillo (en el Norte,) o a las orillas del Ucayali (un
río del Oriente), o ser embarcado en seis horas en nuestros vapores si
se requiriesen sus servicios en la costa. El orden interno y la
respetabilidad en el exterior, ganarán no poco con tales ventajas
militares 22.

El Sr. Pardo cerraba su trabajo presentando ciertas cifras
imaginarias, con las que trataba de probar que el ferrocarril a Jauja,
por medio de la carga y los ingresos por pasajes, podría fácilmente
pagar un interés razonable sobre la inversión y, quizás, retribuir el
capital empleado en su construcción 23. El ferrocarril a La Oroya,
inaugurado con las extravagantes ceremonias del primero de enero de
1870, era un intento de realizar los sueños de Pardo.

La historia ha probado que, en lo principal, el análisis de la
situación peruana hecho por Manuel Pardo, y sus nociones respecto a
los efectos que probablemente resultarían de buenos medios de
comunicación, eran precisos y correctos. Su gran error, y fue
ciertamente muy grande, se refería al factor tiempo. El Sr. Pardo
esperaba que el ferrocarril produciría rápidamente las previstas
mejoras. Fue demasiado vehemente. Y lo que hacía más grave su error es
el hecho de que, en la medida en que se robustecía el sentimiento
favorable a la construcción del ferrocarril, alrededor del final de la
década, las personas influyentes afirmaban -y el público les hacía
eco- que tales resultados aparecerían más pronto de lo que el Sr.
Pardo suponía.

Durante el lustro siguiente, en el grado en que las convulsiones
políticas lo permitieron, estos argumentos fueron repetidos y
perfeccionados. Los acontecimientos del exterior habían subrayado y
alentado la creencia de que el Perú debía tener ferrocarriles. En los
Estados Unidos, al concluir la Guerra Civil, se había dado rápida
terminación a la línea transcontinental. En el Perú se afirmaba que el
progreso y la civilización solamente podrían realizar el mejoramiento
del bienestar de las masas y que esto requería mejores medios de
comunicación. Una simple ojeada a los Estados Unidos daría una prueba
concluyente a semejante pretensión. Allí se veía a la industria
desarrollada en su más grande expresión, al comercio prosperando más y
más cada día, la riqueza y felicidad del pueblo incomparables con las
de cualquier otra nación. Pero, en el Perú, donde también había mucha
riqueza, no había una buena carretera, un puente de valor, un
ferrocarril, o un telégrafo de alguna importancia 24.

En Chile, según se ha visto, existía un decidido desarrollo en el
campo ferroviario. Se habían construido algunas líneas, incluso la de
Santiago-Valparaíso. Estas vías más adelante sirvieron de ejemplo a
los peruanos sobre el valor de los ferrocarriles, y despertaron en
ellos un vivo espíritu de emulación. Se decía que en Chile los
ferrocarriles habían triplicado el valor de la propiedad, habían
producido grandes fortunas en pocos años y habían dado a la República
gran peso en el equilibrio de los Estados americanos. Sobre lo último,
escribía un publicista: El Perú debe tener entre ellos (los Estados
Americanos) derecho de primacía, a causa de sus condiciones naturales;
pero, absorbido por revueltas de cuartel y engreído con poseer
riquezas que se extinguirían mañana, se ha dormido dentro de su
envoltura de granito, dejando en abandono riquezas que esperan la
acción del trabajo 23.

Se argumentó que la construcción de ferrocarriles alejaría la causa de
las revoluciones, pues daría trabajo a los hombres y aumentaría su
prosperidad. Se dijo que las revoluciones no son más que convulsiones
de pueblos que esperan, con los cambios de gobierno, ventajas que no
son capaces de obtener mediante el trabajo.

Una masa de gente que subsiste en media de penurias y que sólo tienen
sombrías perspectivas para sí mismas y sus descendientes, no puede
formar una sociedad pacífica .. .

La pobreza, que busca una vida decente, la degeneración del poder, que
se hace paternal y absoluta, la represión y la confusión en la
evolución natural del país: tal es el origen de nuestras revoluciones
26.

Parece probable que si el país hubiera permanecido en paz en la década
de 1860, el programa ferrocarrilero habríase iniciado antes de 1868.
Pero no fue el caso. En 1864 comenzaron nuevas perturbaciones con
España. La guerra de la Independencia no había concluido por un
tratado, sino por una mera tregua, y España había estado en acecho de
la oportunidad de volverse a establecer en el Pacífico. Esta ocasión
pareció propicia, cuando los Estados Unidos se vieron sumergidos en su
Guerra Civil al mismo tiempo que la situación interna del Perú no era
buena. Aunque España se vio obligada a evacuar a los dos años, en el
entretanto ocurrió una revolución que llevó al poder, como dictador,
al General (Mariano) Ignacio Prado (1865). Luego, a fines de 1867
estalló otra revolución, presumiblemente con el objeto de derrocar a
la dictadura y restablecer la constitucionalidad. El General Prado
comandó un ejército contra Arequipa, ocupada por las fuerzas del
General Pedro Diez Canseco. Otra campaña se inició en el Norte de
Lima, donde las fuerzas revolucionarias tenían por jefe al Coronel
José Balta. Acerca de esa contienda, Un peruano (en quien Dávalos y
Lissón cree ver a Químper, prominente político) escribía estas
enérgicas palabras:

En este país, donde nada es más ilógico que la política, vemos hoy el
fenómeno de dos ejércitos muy próximos a destruirse el uno al otro por
una constitución que nadie ama y la cual mientras el uno no la acepta,
el otro la viola en el mismo instante. Esta es la parte dorada de la
cuestión, pero si se quita el oropel, lo que se descubre son personas
que pelean entre sí por el poder y que se hallan sostenidas, las unas
por que disfrutan en la actualidad del presupuesto nacional, y las
otras por los que cuando los primeros ocuparon el gobierno, perdieron
aquel privilegio 27.

El historiador peruano Dávalos y Lissón dice que el guano corrompió al
Perú. Despertó la codicia de malos ciudadanos y provocó la debilidad
de los gobiernos 28. O sea, que alentó a la oposición a acudir a
movimientos revolucionarios para ganar el poder y disfrutar de los
beneficios del mando, beneficios íntimamente vinculados con el ingente
producto del guano. El descubrimiento de nuevas fuentes de riqueza en
el Perú -primero guano, luego nitrato- junto con la práctica de
otorgar monopolios fiscales, condujo al súbito ascenso de la
plutocracia. Muy pronto, gracias a su riqueza y poder, se halló capaz
de derrocar a las viejas familias peruanas, antes dominantes 29. Tal
era precisamente la evolución que se operaba en los Estados Unidos, en
ese mismo período 30. El resultado fue, sin embargo, más serio en el
Perú, donde, no obstante lo que se sabe de nuestro desdichado Crédit
Mobilier y asuntos afines -debemos declarar que la riqueza cayó más
directamente bajo el control del gobierno. En Perú, los recursos
nacionales se acumularon en manos de funcionarios y de un
relativamente pequeño número de ciudadanos, la mayoría de los cuales
se hallaba vinculada al gobierno de alguna manera. Todas las
ambiciones se veían atraídos hacia el Estado por ejercer éste un
monopolio casi total de la riqueza. Como dice un folletista peruano:
El objetivo de, todas las aspiraciones es el centro del sistema de
exclusivismo absoluto que gira en derredor del gobierno. De allí las
revoluciones casi siempre, así como de allí el origen de la avidez por
los cargos públicos 31.

La revolución de 1867-1868 concluyó por la victoria de los
oposicionistas; y el General Diez Canseco, oriundo de Arequipa,
resultó presidente por corto tiempo. Entregado a defender los
intereses de su región, se apresuró a firmar con Meiggs el contrato
para un ferrocarril de Mejía a Arequipa -y se hizo. Intereses
regionales querían que se construyeran ferrocarriles en otras partes
del territorio, y el gobierno siguiente, encabezado por un hombre de
la zona nor-central, no tardó en contratar tal obra.

Esta era, a comienzos de 1868, la situación del Perú hasta donde se
relaciona con la ejecución de obras públicas, expresión que llegó a
significar casi sólo ferrocarriles. Se sabía que la agricultura y la
industria estaban atrasadas, y se tenía el convencimiento de que la
construcción de ferrocarriles produciría un inmediato florecimiento de
ellas y, mediante esto, portaría innumerables ventajas a la nación. Se
disponía de la riqueza material bajo la forma de guano y nitratos, ya
largamente comprometida en lo que se refiere al guano, para el pago de
antiguas deudas, pero riqueza muy amplia en los rosados sueños de los
políticos, para responder por la construcción de sus profundamente
anheladas obras públicas.

Era un gobierno que, aunque teóricamente constitucional y republicano,
en realidad era simplemente una dictadura. Controlaba ese gobierno una
plutocracia cuyo primer objetivo era adquirir más riqueza, con pocos
escrúpulos en cuanto a la manera de adquirirla y que veía en los
suculentos contratos de obras públicas su oportunidad. Además, muchos
de los elementos pensantes y de buena moral creían seriamente que la
construcción de obras públicas significaría bienestar para las masas y
contribuiría a disminuir el número de las revoluciones.
Henry Adams decía, en los Estados Unidos, que la generación de los
años de 1865 a 1895 estaba hipotecada a los ferrocarriles 32. Con
igual justificación avanzando las fechas en dos o tres años, podía
decirse lo mismo del Perú.

En 1878, un congresal peruano, un Sr. Zapatel, con la ventaja de
hacerlo diez años después (estando su país entonces en medio de
dolorosas experiencias traídas por los contratos ferrocarrileros)
describía vívidamente las circunstancias y la psicología que había
sido causa de que se hicieran contratos tan onerosos y exagerados:

Hubo un periodo en nuestra historia política en que la ilimitada
ambición de riquezas, apoyada en el temperamento natural de nuestra
raza, ofuscó el espíritu público de tal manera que con vertiginosa
rapidez entramos en el modo de vivir de los más avanzados países. Las
más peligrosas combinaciones de crédito; las más riesgosas empresas y
la más apetecible inmoralidad, exaltada a tal grado el crédito
nacional se creía que la edad de oro y de progreso habla llegado para
el Perú. Y el origen de semejante dicha era atribuido a una mágica
frase: obras públicas. El ruido de la locomotora debía mezclarse con
el trueno en las cumbres de los Andes; el dorado sueño de encontrar al
perforarse las montañas, capas de plata natural; veinte mil brazos
ocupados en el trabajo y abundantemente recompensados; ésta y otras
fantasmagorías produjeron tal entusiasmo y simpatía por las fibras
públicas, que quienquiera los combatiese fue acusado de insania 33.

Hablando con imparcialidad, debe decirse que no todos los peruanos
participaron de esa especie de demencia. En un debate en el Senado, el
29 de diciembre de 1868, cuando una serie de contratos ferrocarrileros
fue puesto en discusión, el Sr. Ruzo se atrevió a enfrentarse al
entusiasmo general con una pregunta pertinente. Preguntó si sería
necesario que la locomotora fuese a despertar con su silbato al
perezoso indio que dormía el sueño de estupefacción. Y agregó:
Enhorabuena; pero seamos cautos y que el silbato civilizador no sea al
mismo tiempo el gemido del hambriento que anuncie la penuria del
Tesoro ni cual, exhausto como ya se encuentra, se le pide el
sacrificio de prodigiosas sumas para la construcción de tales obras
34.

Pero, en 1868, actitudes como esa eran sumamente raras, y más raro aún
el valor para expresarlo. La plutocracia gobernante en el Perú, el
público en general y hasta quizás se pudiera añadir, los financistas
extranjeros, que probablemente se requerían para fletar los
correspondientes empréstitos, estaban convencidos de que el Perú
debería tener ferrocarriles, muchos ferrocarriles, y al momento.
Considerando la forma de razonar de los peruanos a este respecto, un
inglés escribía:

Es increíble, pero no por eso menos cierto, que los peruanos que
creían en el "progreso" mercantil de los Estados Unidos como fruto de
los ferrocarriles, pensaban que, para llevar al país al pináculo de su
magnificencia comercial, no se necesitaba sino construir unos pocos de
esos caminos de hierro, y tener mágicos caballos alimentados con fuego
para maniobrarlos; especialmente si podían conseguir un norteamericano
-un auténtico norteamericano emprendedor- para construirlos. Y lo
consiguieron 35.

Ese constructor, con suficiente crédito y coraje para encarar las
dificultades inevitables en un ferrocarril a las cumbres andinas, fue
un atrevido hijo de Norteamérica. Ese hombre, ya famoso por sus obras
como constructor de ferrocarriles en Chile, era Henry Meíggs.

Notas del Cap. IV

1) Manco Cápac, legendario fundador del imperio incaico; Atahualpa,
uno de los últimos Incas. (Fue ejecutado por los españoles que
comandaba el Pizarro español, en 1533. Trad.).

2) Grabados en piedra aparecían los nombres del Presidente, los
miembros de su Gabinete con sus respectivos cargos, de Ernesto
Malinowski, como ingeniero jefe de la vía, y el de Meiggs como
contratista (El Comercio, Lima, 3 de enero de 1870).
3) El anterior relato de la inauguración y celebración es tomado del
periódico El Comercio, de Lima, 3 de enero de 1870. Todos los
periódicos de la ciudad dedicaron mucho espacio al asunto; El
Nacional le concedió casi todas sus páginas 1 y 2.

4) El Nacional, Lima, enero 3-7 de 1870. En el Libro de Caja de
Meiggs, enero, 1870, agosto, 1071, p. 3, aparece un grupo de partidas
bajo el encabezamiento Gastos de Inauguración del ferrocarril de la
Oroya, en Lima, Callao.

Enero 21. Imp. El Peruano ............ S/. 33.00
Enero 11. Decorar el salón ................ 76.20
Enero 8. Don Zalestina, coches ........ 93.20
Enero 24. Luis Salas, platero ........ 664.80
Enero 27. Barandas a Monserrate .... 68.80
Enero 29. Sillas a Callao ............ 14.00
Febrero 17. El Nacional ............ 400.00
Marzo 3. Kuhn & Krausslach, alquiler de sillas ........ 334.80
Marzo 16. Distribuir medallas en Chorrillos ................ 5.00
Total S/, 1.810.80

La partida de S/.661.80 pagada a Luis Salas representa el costo, por
lo menos en parte, de las medallas fundidas y distribuidas a los
invitados principales. Esta medalla, considerablemente más grande en
todas sus dimensiones que un dólar de plata, representa en el anverso
una locomotora con vagones a punto de atravesar un túnel que atraviesa
los Andes. En el reverso aparece el nombre del dignatario eclesiástico
que bendijo la piedra, los nombres del Presidente y miembros de su
gabinete, y los de Malinowski y Meiggs. Costa-Laurent dice que el
costo total de la inauguración de la vía fue de S/. 47.468.78 (El
ferrocarril de Huancavelica, pp. 15-10).

5) Resumen del Censo General de Habitantes del Perú hecho en 1876
(Lima, 1878), cuadro de la página 816. (En la actualidad (1954) la
población del Perú se estima en 8 millones 500 mil. Trad.).

6) Documentos parlamentarios, 1876, vol. II. Memoria del Ministro de
Gobierno, Policía y Obras Públicas al Congreso Ordinario de 1876.
Anexos T. U. V., p. 3.

7) Peruvian Evening Chronicle (Callao), abril 21, 1873. Malinowski,
polaco, había huido de su país por razones políticas y llegó al Perú
años antes.

8) Estudios sobre la provincia de Jauja (Lima, 1862), 65 pp. El autor
fue Presidente del Perú en 1872-1876. (Siendo Presidente del Senado,
fue asesinado por el Sargento Montoya, de la guardia de dicho cuerpo,
en 1878. Trad.)

9) El dólar peruano es el llamado sol que consiste en 100 centavos o
diez reales, y valía, en 1862, y hasta 1075, alrededor de 95 centavos
norteamericanos. (En 1953 vale el sol-oro alrededor cíe 6 centavos
norteamericanos. Trad.).

10) Ibid., pp. 6-7.

11) Se refiere al Ferrocarril de Panamá, que poco antes había sido
terminado, y al Canal de Suez, que entonces se hallaba
en construcción: se terminó en 1869, según se sabe.

12) Ibid p. 8. Ibid.

13) p. 9. Ibid.

14) p. 11. Ibid

15) Una fanega equivale a 1,6 bushels.

16)Ibid., pp. 17-19 y 20.

17) Ibid., pp. 33-36.

18) Ibid., p. 41.

19) Ibid., pp. 47-48.

20) Ibid.

21) Ibid., p. 49.

22) Ibid., pp. 49-50.

23) Ibid., pp. 64-66.

24) Editorial de El Nacional (2a ed.), febrero 28, 1868.

25) Ibid., oct. 23, 1868.

26) Ibid., feb. 11, 1869.

27) Citado por Pedro Dávalos y Lissón, La Primera Centuria, Lima,
1926, IV, p. 222.

28) Ibid., IV, 67.

29) Francisco García Calderón, Latin America: Its Rise and Progress
(London, 1913), p. 119. (García Calderón es hijo de un ex Presidente
del Perú. Dicho ex Presidente gobernó solo unos meses en 1881, y fue
trasladado prisionero a Chile, durante las negociaciones finales de la
Guerra del Pacífico. Trad.).

30) Véase Charles A. and Mary R. Beard, The Rise of American
Civilization (New York, 1930), passim; Matthew Josephson, The Robber
Barons; the Great American Capitalists, 1861-1901 (New York, 1934), y
Oscar Lewis, The Big Four, (New York, 1938).

31) Federico Torrico, ob. cit., p. viii.

32) Citado por Josephson, op. cit., p. 75.

33) Diario de los Debates. Cámara de Diputados, Congreso Ordinario de
1878, II, 226.

34) Ibid., Cámara de Senadores. Congreso de 1368, p. 587.

35) A.J. Duffield, Perú in the Guano Age, p. 121. Duffield empleó
varios niños en Perú y fue un agudo observador, lleno de simpatía por
el país.

*Henry Meiggs, Un Pizarro yanqui, Watt Stewart, Profesor de Historia
del New York State College for Teachers, Albany, N.Y; Ediciones de la
Universidad de Chile, 1954,

Thursday, October 11, 2007

El diferendo territorial y marĆ­timo entre Nicaragua y Honduras

Señal de Alerta
por Herbert Mujica Rojas
11-10-2007

El diferendo territorial y marítimo entre Nicaragua y Honduras
por Félix C. Calderón*

Por definición, en derecho siempre hay que ser cautos, porque no
existen dos casos iguales, a fortiori en Derecho Internacional. En
efecto, en el análisis decisivo de los hechos siempre se suele
encontrar más de una diferencia entre un caso y otro. De allí que no
deje de causar extrañeza el apresuramiento con el que se adelantan
opiniones o se sacan conclusiones con relación a la reciente sentencia
de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) sobre el litigio
territorial y marítimo entre Nicaragua y Honduras en el mar Caribe, de
fecha 8 de octubre del 2007.

Para comenzar, el Estado demandante fue Nicaragua y en su demanda
original, presentada el 8 de diciembre de 1999, luego de invocar la
competencia de la CIJ de conformidad con el Art. XXXI del Tratado
Americano de Soluciones Pacíficas o Pacto de Bogotá, de 30 de abril de
1948, pidió que resuelva el diferendo de delimitación marítima que
tenía con Honduras en el mar Caribe, al cual agregó más adelante, en
2001, la cuestión de su soberanía sobre cuatro cayos o pequeñas islas:
Bobel, Savanna, Port Royal y South. El Estado demandado, Honduras, no
solo no objetó el procedimiento incoado por Nicaragua, sino que
presentó oportunamente sus alegatos en defensa de su posición. Por
tanto, es de notar que en ningún momento se cuestionó la competencia
de la CIJ para resolver la disputa bilateral, ni se utilizó ninguna
artimaña procesal para frustrar el procedimiento judicial. Asimismo,
el litigio tenía que ver con la soberanía sobre cuatro cayos o islas;
así como con la delimitación marítima. Y en cuanto a ésta, debía
considerarse de manera tridimensional, involucrando la delimitación de
los respectivos mares territoriales entre ambos Estados, las
correspondientes porciones de la plataforma continental y las zonas
económicas exclusivas.

Como se sabe, el Art. XXXI del Pacto de Bogotá a la letra dice: "De
conformidad con el inciso 2º del artículo 36º del Estatuto de la Corte
Internacional de Justicia, las Altas Partes Contratantes declaran que
reconocen respecto a cualquier otro Estado Americano como obligatoria
ipso facto, sin necesidad de ningún convenio especial mientras esté
vigente el presente Tratado, la jurisdicción de la expresada Corte en
todas las controversias de orden jurídico que surjan entre ellas y que
versen sobre: a) La interpretación de un Tratado; b) Cualquier
cuestión de Derecho Internacional; c) La existencia de todo hecho que,
si fuere establecido, constituiría la violación de una obligación
internacional; d) La naturaleza o extensión de la reparación que ha de
hacerse por el quebrantamiento de una obligación internacional".

Antecedentes históricos

En segundo lugar, los antecedentes históricos de la disputa bilateral
son sui generis. Por un lado, se tiene un tratado de fronteras
Gámez-Bonilla, en vigor desde el 26 de diciembre de 1896, cuya
ejecución en el sector oriental tuvo que ser completada con el fallo
arbitral del rey Alfonso XIII de España, de 23 de diciembre de 1906. Y
por otro lado, está la sentencia de la Corte Internacional de
Justicia, de 18 de noviembre de 1960, que dispuso que el fallo
arbitral del rey de España era válido y obligatorio y, por tanto,
Nicaragua, a la sazón el Estado objetante, tenía que cumplirlo. Es a
resultas de esa sentencia que una comisión mixta, dentro del marco
interamericano, procedió a la demarcación de la frontera, siendo el
inicio de la misma, en la desembocadura del río Coco, un punto situado
en el paralelo 14º 59' 8" de latitud norte y 83º 08' 9" de longitud
oeste. Ergo, conviene retener aquí que ninguno de los tratados o
fallos antes mencionados se ocupó de la delimitación marítima entre
Nicaragua y Honduras. Esto es, no existe un tratado específico de
delimitación marítima que los vincule. Adicionalmente, si bien hubo
acuerdo entre los Estados en disputa en cuanto al punto de inicio de
la frontera terrestre; sin embargo, ese punto resultó tener carácter
inestable con el tiempo, por estar situado en el delta del río Coco
cuya dinámica morfológica "cambia constantemente", por lo que no podía
servir de punto de inicio de la frontera marítima.

En tercer lugar, planteada la negociación bilateral por Nicaragua en
1977 con el objeto de determinar la frontera marítima, aparte de los
incidentes provocados por embarcaciones pesqueras de ambos países
alrededor del paralelo 15º, Honduras concluyó con Colombia, en 1986,
un tratado sobre delimitación marítima en virtud del cual se
establecía como línea de frontera el paralelo 14º 59' 08'' al este del
meridiano 82º, lo que llevó a Nicaragua a interponer una demanda
acompañada de una medida cautelar ante la Corte Centroamericana de
Justicia por la cual, con base en diversos instrumentos jurídicos
dentro del ámbito de la Organización de Estados de América Central,
solicitaba que se le ordene a Honduras a no aprobar ni ratificar dicho
tratado de delimitación marítima con Colombia. Aún así, Honduras y
Colombia intercambiaron los instrumentos de ratificación de ese
tratado el 20 de diciembre de 1999. Y por más que Nicaragua pidió que
se declare nulo el procedimiento de ratificación seguido por Honduras,
la Corte centroamericana consideró no tener competencia para resolver
acerca de lo solicitado por Nicaragua. Por consiguiente, el
contencioso bilateral sobre delimitación marítima involucra desde 1986
a una tercera parte al este del paralelo 82º, Colombia (e
indirectamente a Jamaica), en lo que respecta a la validez o no del
paralelo 14º 59' 08'' como frontera marítima de acuerdo con el Derecho
Internacional. Es decir, no es un litigio que únicamente se
circunscribe a dos Estados.

Inexistencia de frontera marítima

En cuarto lugar, dejando de lado la cuestión de la soberanía de los
cuatro cayos o islotes por no parecer relevante para el caso que
concita el interés de los peruanos, el problema de la delimitación
marítima confrontaba la tesis de una "frontera marítima tradicional"
coincidente con el paralelo 14º 59' 8", sostenida por Honduras que,
por lo demás, la consideraba "sólidamente anclada en la práctica
bilateral" y confirmada por la observancia de "terceros países", con
la tesis propugnada por Nicaragua relativa a la inexistencia de una
frontera marítima, proponiendo como método de delimitación la
bisectriz calculada a partir de un ángulo determinado.

Asimismo, en vista que el punto de inicio de la frontera terrestre en
la desembocadura del río Coco había sido desplazado por la acumulación
de sedimentos, Nicaragua proponía como punto de inicio de la frontera
marítima un punto situado a tres millas de la desembocadura del río
Coco, sin perjuicio de negociar ambos Estados en el futuro la línea de
frontera entre ese punto y el punto de inicio de la frontera
terrestre.

Honduras, sin discrepar con la distancia de tres millas, insistía en
que el punto de inicio de la frontera marítima debía encontrarse sobre
el paralelo de 15º de latitud norte y seguir a lo largo de éste. Dicho
de otra manera, teniendo en cuenta la peculiaridad geográfica creada
por el delta del río Coco, el punto de inicio de la frontera marítima
no podía estar en la costa, sino en un punto distante por lo menos a
tres millas de dicha desembocadura, lo que generaba bilateralmente la
necesidad de definir el trazo entre el punto de inicio de la frontera
terrestre con aquél que marcaba el inicio de la frontera marítima.

En quinto lugar, luego de recordar la CIJ que son numerosos los casos
en los que ha subrayado el principio en virtud del cual "la tierra
domina al mar", en el presente caso hacía la salvedad que por tratarse
de una zona del mar Caribe en que existen en buen número cayos o
islas, la Corte prestaría atención a la manera cómo esas formaciones
marítimas podían influenciar el trazado de la línea de frontera,
privilegiando al final la bisectriz, luego de demostrar la
imposibilidad de construir una línea de equidistancia. Es decir, por
excepción no se aplicaba el principio "la tierra domina al mar" y el
recurso a la bisectriz tenía que ver con "las circunstancias
especiales" a las que se refiere el ius cogens, dadas las dificultades
geográficas y geológicas del delta del río Coco para establecer una
línea de base aceptable a ambos Estados en el cabo Gracias a Dios.

De donde se deduce, por inferencia contrario sensu que en el caso de
un litigio de delimitación marítima que opone a dos Estados donde no
hay islas ni una estructura morfodinámica de la costa, los principios
prevalecientes con base en la jurisprudencia de la CIJ deberían ser
"la tierra domina al mar" y el de la línea de equidistancia.

Limitaciones de los acuerdos de pesca

En sexto lugar, en lo que se refiere a la delimitación marítima
propiamente dicha, es de interés señalar que la CIJ rebatió la tesis
hondureña sobre la existencia de "un acuerdo tácito suficiente para
establecer una frontera", puntualizando que "el establecimiento de una
frontera marítima permanente (sic) es una cuestión de gran importancia
(sic), y un acuerdo no debe suponerse fácilmente (sic)". Y agregó lo
siguiente: "Aún si hubiese habido una línea provisional juzgada útil
por cierto tiempo, ésta no constituiría una frontera internacional
(sic)". Y no obstante que la Corte admitió que durante ciertos
periodos el paralelo 15º pareció jugar un rol en la conducta de los
dos Estados (por ejemplo, en el otorgamiento de concesiones
petroleras), así como la reglamentación de pesca en la zona parecía
dar por cierto que el paralelo 15º dividía la zona de pesca de ambos
Estados y los mismos pescadores aceptaban esa línea como divisoria de
las zonas marítimas bajo jurisdicción nicaragüense y hondureña,
respectivamente; pese a todo ello, la Corte concluyó que no existía
entre las Partes un acuerdo destinado "a establecer una frontera
marítima jurídicamente obligatoria".

Y aun cuando Nicaragua no era Parte Contratante de la Convención de
Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (Convemar) al momento de
presentar su demanda, ambas Partes reconocían que los artículos
pertinentes de la Convemar eran aplicables a su pedido de que la Corte
trace una frontera marítima única que delimite su mar territorial, su
zona económica exclusiva y su plataforma continental, respectivos. Es
así como la Corte desestimó el paralelo 15º como la línea de
delimitación marítima y ante la imposibilidad de aplicar la línea de
la equidistancia, por las razones antedichas, optó por la construcción
de una línea bisectriz, siendo su punto de partida la intersección
entre el paralelo 15º 00' 52'' de latitud norte y el meridiano 83º 05'
58'' de longitud oeste.

Es más, en cuanto al punto terminal de la frontera marítima, tras
examinar la Corte tres alternativas, y sin ánimo de causar perjuicio a
los legítimos intereses de terceros, declaró que dicha línea bisectriz
que debía tener en cuenta las aguas territoriales de los cuatro cayos,
podía prolongarse más allá del meridiano 82º en la medida que no cause
perjuicio a terceros, precisando que toda pretensión de las Partes
sobre la plataforma continental, más allá de las 200 millas, debía ser
conforme con el Art. 76º de la Convemar.

Sentencia favorece posición peruana

En suma, de la sentencia de la CIJ someramente examinada se pueden
extraer algunos principios a favor de la posición peruana con relación
al contencioso sobre delimitación marítima que se tiene con Chile. El
principio que "la tierra domina al mar" o el de la línea de
equidistancia como método prioritario de delimitación marítima y, ante
la imposibilidad de aplicarlo, el método de la línea bisectriz. En el
mismo sentido, es de destacar la gran importancia que la Corte
atribuye a un tratado sobre delimitación marítima, plenamente
consistente con lo que señalamos en un artículo publicado en este
mismo diario el pasado mes de agosto acerca de las formalidades que
reviste un tratado de límites entre dos Estados justamente por tener
carácter definitivo, permanente, como diría la CIJ. En fin, debe
tomarse nota de lo reconocido por la Corte en cuanto a que los
acuerdos pesqueros, el otorgamiento de concesiones y la propia
práctica resultante de la aplicación de medidas provisorias y
reglamentarias no tiene nada que ver con el compromiso formal entre
dos Estados, de acuerdo con el Derecho Internacional, para "establecer
una frontera marítima jurídicamente obligatoria".

Falta conocer el fallo de la CIJ sobre el caso Nicaragua vs Colombia
en que este país cuestiona su competencia, previsto para febrero 2008,
para estar en condiciones de dilucidar mejor la avenida jurisdiccional
que se le abre al Perú.

* El autor es el único responsable de sus opiniones.

Wednesday, October 10, 2007

¡Robando a Pedro para pagar a Pablo!

Señal de Alerta
por Herbert Mujica Rojas
10-10-2007

¡Robando a Pedro para pagar a Pablo!

Quien crea, como hacen algunos acomodaticios "sociales", encontrar
corrupción en todo el cuerpo social peruano, con fecha reciente, se
equivoca con desatino gigantesco o camina en conveniente error para
mejorar sus expectativas y proyectos de vida. ¡Ni siquiera en eso, los
integrantes de las castas financieras, empresariales, políticas, de
tatarabuelos, bisabuelos a tataranietos y bisnietos, han sido
originales transmitiendo el cáncer en este país de desconcertadas
gentes!

Como podrá inferirse de la lacerante lectura del libro que escribiera
Watt Stewart, Henry Meiggs, un Pizarro yanqui, allá por 1954, el
gringo ya aceitaba manos y su generosidad corrompía, como hoy, con
otros apellidos, colores y partidos, pero igual de lubricadores y
abyectos facilitadores de coimas, a presidentes, vicepresidentes,
senadores, diputados, ministros, embajadores, burócratas, jueces,
secretarios, generales, coroneles, marinos, periodistas.

Y la soberanía del país no importaba en el siglo XIX ¡ni un ardite!
como en el siglo XXI pareciera repetirse el baile siniestro regalador
del patrimonio peruano, pasando por un XX pleno en ofensas al país.

Los nombres han variado, mezclándose entre sí, produciendo neumáticas
de clanes endogámicos no pocas veces. De las consignaciones guaneras,
la construcción de ferrocarriles, los empréstitos enloquecidos, hemos
pasado a las privatizaciones y concesiones con dedicatoria a los
eficientes hombres y mujeres de las castas empresariales modernizadas
y que hablan en inglés y cuentan los dólares y euros por millones de
millones. Hoy los TLCs y sus secuelas tan beneficiosos para
oligopolios minúsculos, racistas y anticholos, aunque se hunda el
resto del productor nacional, predominan a caballazo limpio
(peruanismo que significa, salvajismo a la mala). Y el silencio
mediocre e impotente de los partidos políticos no atisba salida porque
es, además, una forma de comportarse correctamenta hacia el aparato
estatal. Y, por consiguiente, vivir tranquilos sin que falte la mesada
que premia estas buenas conductas.

De Chile, donde construyó ferrocarriles, vino Meiggs al Perú. En las
obras aquí en el sur y en el centro, trajo, poco después, algo así
como 20 mil trabajadores chilenos cuya experiencia fue un argumento
sólido. El Pizarro yanqui murió apenas meses antes de la guerra de
invasión de Chile al Perú en 1879. Y fue socio de Dreyfus y éste lo
representó en negocios en Europa. Después del 5 de abril de aquel año
aciago, la invasión sureña fue posible y duró largos meses hasta,
formalmente, 1883-84 en que un Congreso servil ratifica la paz del
infame Miguel Iglesias. Un ángulo de análisis poco usual es discurrir
por sobre cómo es que fue tan fácil capturar la locomoción de
recientísima factura. ¿Tuvo alguna influencia esta invasión laboral
masiva desde el sur? He allí una interrogante nada desdeñable para un
buen estudio.

Conviene leer las siguientes líneas. Y deducir, con capacidad crítica,
si este capítulo enriquece la óptica esperanzadora del Perú o lo hunde
irremisiblemente en el fango del que parece no haber salido desde el
mismísimo 28 de julio de 1821, con breves y frugales interrupciones.
Hoy la cosmética y sus farsantes pretenden erigirse en los catones que
nunca fueron pero que tienen maquinarias con dólares abundantes aunque
–dicen ellos- odiados. No obstante buenos deseos y promesas, de las
cuales, está empedrado el suelo del infierno, hay que dudar muy mucho
si existe lo que Basadre llamaba la posibilidad del Perú. O, sensación
que acosa, sólo hay pobredumbre y miseria caminando en el cerebro y la
ejecutoria de millones de hombres y mujeres que, al decir de González
Prada, sólo vinieron a la tierra a comer el pasto, beber el agua y
legar la única herencia de un esqueleto. (Herbert Mujica Rojas)

Leamos:

III El "Pizarro yanqui" llega al Perú*

En 1868, el Perú estaba maduro para ser saqueado por mano de cualquier
osado y hábil extranjero, tal como ocurriera cuando Francisco Pizarro
llegó al país (1527) cerca de trescientos cincuenta años antes.
Entonces, el Imperio de los Incas crujía, y el oro de sus entrañas era
una irresistible atracción. En 1868 estaba apenas un poco más unido
políticamente de lo que estuviera el antiguo Imperio, y la promesa de
una áurea recompensa para el invasor era igualmente atractiva. Además,
el conquistador del siglo diecinueve gozaba de la decidida ventaja de
verse calurosamente bien recibido y hasta buscado por una inconsciente
clase nativa, tan ávida de metal precioso como aquél, y además
ampliamente preparada a cooperar con el extranjero para extraer el oro
de sus yacimientos. Es cierto que algunos comentadores del Perú en el
último período, consideraban al país decididamente inferior al Imperio
Indígena, en lo tocante a moral política y social 1. Superficialmente,
la manera de extraer el dorado tesoro era diversa en el último tiempo,
pero los resultados, en lo concerniente a la nación, fueron los
mismos.

Se ha dicho que, en 1862, cuando Meiggs estaba a punto de terminar la
vía Santiago-Valparaíso, presentó al Gobierno peruano una propuesta
para construir el ferrocarril de la costa a Arequipa. Por ignoradas
razones, el asunto no prosperó entonces. Un hecho, después fue de
mucha importancia para Meiggs, es que el Dr. Juan Manuel Polar,
Ministro del Perú en Chile en 1862 y después, quedó muy impresionado
por la capacidad de Meiggs como constructor de ferrovías. En una carta
a su gobierno, escrita a fines de 1862, el Dr. Polar decía que no tuvo
dificultades en convencerse a sí mismo de que el Perú no podría
encontrar más adecuado instrumento para construir ferrovías, trabajo
que abrazaba todo el feliz futuro del Perú 2.

A fines de 1865, Meiggs anunció al gobierno peruano que estaba
enviando a Lima a don Francisco de Paula Vicuña, con poderes para
contratar la construcción de las ferrovías que el país tenía en
proyecto. En respuesta, el gobierno invitó al propio Meiggs a ir 3. La
invitación no fue aceptada.

Una revolución en 1867-1868 preparó cabalmente el campo peruano para
las operaciones de Meiggs. Mediante ella resultó Jefe del Estado el
General Diez-Canseco, como Presidente, y el Dr. Polar, ex ministro en
Chile, jefe del Gabinete. Ambos eran arequipeños, y ambos estaban muy
interesados en que se construyera una ferrovía de la costa a su
ciudad. Y así lo intentaron evitando mayores dilaciones. El autor del
manuscrito de Costa y Laurent decía que el General Diez-Canseco,
estando en camino de Arequipa a Lima, después del triunfo de la
Revolución, despachó una comunicación a Meiggs, desde Islay, a
principios de 1868. El general pedía a Meiggs, conforme a ese autor,
ir a Lima y presentar su propuesta en la subasta que pronto se iba a
realizar para construir el ferrocarril a Arequipa. Meiggs informó que
la vía debería ser construida por el gobierno, ya que la experiencia
había demostrado que ese era el único medio de dar inmediata
satisfacción a las aspiraciones del Departamento de Arequipa. Un
colaborador de El Comercio de Lima dijo más tarde que un señor Gibson
había sido enviado a Chile con la expresa comisión del General
Diez-Canseco, de urgir a Meiggs a ir al Perú 4. Queda en claro que don
Enrique tenía amplias razones para presentir un caluroso recibimiento
peruano, entre el grupo entonces en el poder. Esta actitud fue
principalmente resultado de dos factores: el mal éxito del Perú con
los anteriores contratistas y la resonante reputación de Meiggs como
constructor de ferrocarriles. Esa vez no hubo titubeos. Meiggs decidió
ir al Perú.

El Pizarro yanqui llegó a Lima en enero de 1868, probablemente a fines
del mes. Estaba acompañado y secundado en sus subsiguientes
actividades por un considerable séquito de respetables proporciones
—seguramente más numeroso que el de Francisco Pizarro, los famosos
Trece de la Isla del Gallo 5. Lo formaban secretarios, dibujantes,
ingenieros y otros —incluso un muy pequeño número de peruanos— de la
índole necesaria para hombres que se enfrentan a negocios de millones.
A juzgar por los informes contemporáneos se tiene la impresión de que
la llegada de los genios de los caminos de hierro era esperada por los
peruanos con ansia.

El Sr. Fernando Casós, peruano que usó el pseudónimo de Segundo
Pruvonena, publicó en París, en 1874, un libro titulado ¡¡¡Los hombres
de bien!!!, indicando, por medio de los puntos de exclamación, que la
frase debía ser entendida en doble y satírico sentido. El autor, en el
prefacio, describe a ¡¡¡Los hombres de bien!!! como una verdadera
narración histórico-política. Es un amargo ataque al grupo que
dominaba el Perú en los primeros años en que Meiggs residió allí
—grupo que forjaba súbitas fortunas de las tres impuras fuentes:
guano, empréstitos y ferrocarriles. Aunque sus detalles, incidentes y
parlamentos no pueden aceptarse como versión auténtica de hechos
efectivos, otras y más comprobables fuentes peruanas demuestran la
corrección del tono general de la obra. El Capítulo VI se intitula El
genio yanqui, y trata de pintar los procedimientos mediante los cuales
Meiggs logró el contrato para construir el ferrocarril de Arequipa. En
el libro, los verdaderos nombres de los personajes están disimulados o
levemente alterados. Meiggs se convierte en Gimegs; Balta (quien
sucedió a Diez-Canseco en la Presidencia) es Tabal; Blume es Plumas;
(Ricardo Palma es Dátiles; Malinowski es Rapinowski; Backus es Bakus,
etc. El Dr. Casós escribe en las siguientes líneas la forma cómo
Meiggs empezó sus operaciones en el Perú:

Ni una escuela de ingenieros de las mejores capitales de Europa se
habría visto mejor provista de herramientas e instrumentos, ni con una
mejor colección de planos de grandes caminos, que la casa de la Calle
de Lazcano (en la que Meiggs habitaba. Autor), con el objeto de lograr
que Lima y el Tesoro Nacional entendieran cómo y de qué manera, a un
costo de apenas unos doscientos milloncitos, sería posible cruzar todo
el territorio de los Incas con una red de caminos de hierro, y acortar
las distancias para sus habitantes, aunque, al día siguiente, pudiera
ocurrir que despertaran sin un centavo para pagar el boleto.

En ese círculo estaban inscritos, como los números en una ruleta,
todos los ingenieros peruanos al servicio del Estado, Bakus, Alleon,
[¿Allison? Trad.], Plumas y una decena más, cuyo jefe era Rapinowski.
Claro está que no faltaba un ilustre agrónomo, más notable por su
experto conocimiento acerca de los fondos necesarios para la
aclimatación del trigo y la papa, que por su expertitud en calcular el
valor reproductivo de tales plantas; este excelente individuo era el
ingenioso Soda (Sada), quien, tan efervescente como su nombre, había
dejado a Chile, después de diez años de trabajo, el maravilloso
descubrimiento de la cerveza elaborada con lúpulo y cebada 6.

El autor pinta una sesión de Meiggs con su Consejo, en el cual ellos
estimaron en 6.700.000 de soles peruanos el costo efectivo del
ferrocarril a Arequipa. Al concluir el cálculo.

—Creo que no hay, nada más, dijo Bakus

—Sí, hay algo, amigo Bakus —contestó el contratista, y sacando su
libro de notas 7 leyó lo siguiente:

Lo que Don Enrique leyó, conforme lo dicho por el Dr. Casós, fue los
nombres de dieciséis personas (el autor no da sino las iniciales de
tales nombres), seguidos de cifras que representaban la suma de las
gratificaciones que había que pagarles. Dichas sumas alcanzaban desde
300.000 soles (a pagarse a C) hasta 25.000. Al final de la lista
figuraban tres partidas de 100.000 soles cada una, para Ingenieros,
Obras de Caridad y Préstamos. Estas diecinueve sumas totalizaban
1.300.000 soles peruanos, con lo que el costo total de la ferrovía
llegaba a 8.000.000 de soles.

El Dr. Casós cuenta el hecho —y fue un hecho— de que los ingenieros
del Estados Plumas (Blume) y Echeguerre (Echegaray) habían estimado,
en 1862, el costo de la obra en S/. 10.000.000 8. Cuenta la manera
cómo se sugirió al Presidente y a sus ministros, que el ferrocarril no
podría construirse a menos de S/. 15.000.000; y que cualquier
contratista que se comprometiera por menos, iría a la ruina. Presenta,
entonces, la escena en que don Enrique dice magnánimamente, que
construirá la obra apenas por S/. 12.000.000, o sea, un aumento de
apenas S/. 2.000.000 sobre el cálculo de los ingenieros fiscales. Las
palabras que el novelista pone en boca de Meiggs tienen sabor a
autenticidad si se las compara con pasajes de auténticas y públicas
expresiones de Meiggs: Señor General. . . Debo decir a Vuestra Señoría
y a todo el que me escuche, que quince millones son innecesarios, y
que yo haré el trabajo por sólo doce, bajo las condiciones,
presentadas por los Ingenieros Fiscales, porque ni mi finalidad ni mi
estímulo es el dinero, sino más bien la satisfacción de proporcionar
al país que he dejado en Chile, una gran vía que subyugará a la
Cordillera y a los desiertos, hará feliz a la gente y animará su
comercio 10.

Que Henry Meiggs acudió al soborno para lograr sus fines, es
indudable. Por tales medios consiguió manejar a los hombres que, a su
turno, manejaban al Perú. Nueve años después de la fecha de los
acontecimientos aquí registrados, el Comité Internacional de Tenedores
de Bonos, compuestos principalmente por británicos, envió al Perú un
representante, William Clarke. Después de investigar las finanzas del
país, Clarke hizo su informe. Allí aparece el relato de una
conversación que tuvo con Clarke, Henry Meiggs, en 1877, pocas semanas
antes de la muerte del último. Aunque hay muchas referencias a los
sobornos empleados por don Enrique, en la literatura de la época, el
siguiente proviene casi de la misma fuente de origen. Escribe Clarke:

El ferrocarril de La Oroya (cuyo contrato par Meiggs obtuvo éste un
año o algo así después de contratar el de Arequipa) proporciona una
ilustración característica sobre el modo como muchas empresas
financieras eran "manejadas" en el Perú. Todos en ese país parece que
miraban con temor el profundo conocimiento en ingeniería y la
habilidad desplegada en las realizaciones, pero mi opinión sobre el
asunto en general es que la verdadera naturaleza de él consistió en
obtener £ 40.000 por milla para su construcción. Cualquier
ferrocarrilero inglés o norteamericano habría labrado su fortuna con
ella si el costo hubiese sido restringido a un cuarto del monto por
milla. El secreto para hacer esto es muy sencillo. El finado Mr. Henry
Meiggs me lo reveló al informarme que el único camino para seguir
adelante con los sucesivos gobiernos del Perú consistía en permitir
que cada uno de ellos se vendiera por su propio precio. El añadía,
entonces, al precio del contrato las sumas requeridas por el
Presidente y por los amigos del Presidente, y así "robando a Pedro
para pagar a Pablo" conseguía mantener a todos sus rivales a
distancia. (¡Justamente el procedimiento descrito por el Dr. Casós!
Autor). Esto puede parecer malo, pero era una de las consecuencias de
la mala forma de gobierno, que había convertido el soborno y la
corrupción en Perú, algo proverbial hasta en Sudamérica 11.

La anterior declaración proviene de una fuente digna de crédito. Y su
contexto coincide tanto con el cuadro descrito por el Dr. Casós, que
es difícil negar al relato del Dr. Casós también un alto grado de
veracidad, no obstante hallarse envuelto en una novela satírica.

Las circunstancias en las cuales llegó Meiggs al Perú eran las más
adecuadas para creer que sus proposiciones para construir la ferrovía
a Arequipa y también, acaso, otras, recibirían favorable
consideración. Lo que ocurrió en seguida prueba que no se equivocaba.
Su primera propuesta tiene fecha de 31 de marzo de 1868. Construiría
la línea por S/. 12.000.000 conforme a los planos elaborados en 1862
por los ingenieros fiscales Blume y Echegaray. Los detalles sobre
obreros, herramientas y formas de pago se estipularían después 12.

El mismo día, la Comisión Central de Ingenieros, en una decisión
firmada por Federico Blume, Alexander E. Prentice y Garrit S. Backus,
rechazó las proposiciones de otros tres contratistas: Bedy, Bates y
Harmsen, en razón de que se habían formulado sobre bases diferentes y
eran tan vagas que ni siquiera ofrecían garantía acerca de la
conclusión rápida y segura de la obra 13.

Poco tiempo después, el Supremo Tribunal de Cuentas se negó a emitir
dictamen sobre las proposiciones arriba mencionadas, incluyendo la de
Meiggs 14. Entonces, después de considerar un largo informe acerca de
una serie de puntos legales 15, el Consejo de Ministros, bajo la
Presidencia del doctor Polar, votó por la aprobación de la propuesta
de Meiggs. La razón esgrimida por el Consejo para justificar su
decisión fue que la propuesta de Meiggs era la más ventajosa, no sólo
por la índole del contrato que plantea, sino por la garantía que
ofrece 10. He aquí algo sorprendente, porque el contrato, de hecho, no
contiene ninguna garantía otorgada por Meiggs. Probablemente, tal
garantía sería de orden moral, dadas las obras realizadas por él en
Chile. En la misma sesión, el Consejo nombró una comisión para
redactar el contrato definitivo.

La comisión, después de algunos cambios de personal, quedó formada por
Ramón Montero, Francisco Ruiz, Manuel de la Encarnación Chacaltana y
Federico Blume. Informó el 29 de abril. El proyecto de contrato
contenía algunas modificaciones a las propuestas originales de Meiggs,
quien las aceptó el mismo día. Entonces, el 30 de abril, tras de
introducir ligeros cambios, el Gobierno promulgó un decreto aprobando
el contrato 17.

El documento contiene dieciséis cláusulas, las cuales pueden ser resumidas así:
La ferrovía sería construida según los estudios hechos por Blume y
Echegaray, con las modificaciones introducidas por la Comisión Central
de Ingenieros. Meiggs debería ejecutar el contrato bajo la inspección
y a entera satisfacción de los ingenieros que el Gobierno nombrase.

El gobierno tendría el derecho de poner en funcionamiento algunas
secciones de la vía tan pronto estuviesen listas para el tránsito, de
acuerdo con el contratista. Salvo circunstancias fortuitas, Meiggs
estaba obligado a concluir el trabajo y sus dependencias —o sea,
estaciones, puestos de cambio principalmente— dentro de tres años, a
contar de la fecha cuarenta y cinco días después de la firma del
contrato. Si no lo cumplía, debería pagar una suma de S/. 20.000 de
multa por cada mes de retardo. Por su parte, el gobierno pagaría igual
suma por cada mes de adelanto en que el contrato fuese adelantado.
Meiggs garantizaba la continuidad del trabajo durante los tres años,
incluyendo sus complementos, y era responsable durante ese período por
cualesquiera reparos que fuesen necesarios por ejecución defectuosa o
mala.

Todos los materiales para la obra ingresarían al país sin pagar
derechos. Los obreros y otros empleados quedarían exentos de servicio
militar. Los contratos que don Enrique celebrase con los trabajadores,
peones y otros servidores, tendrían pleno efecto en el Perú, en la
medida que no se opusieran a las leyes de la República. Los contratos
que se firmasen en el exterior podrían ser certificados por los
Ministros y Cónsules peruanos en el lugar de que se tratase. El
gobierno interpondría su autoridad para que esto fuese cumplido.

El costo de la obra sería de S/. 12.000.000. El Gobierno depositaría
en un banco o en la casa de un consignatario de guano en Lima,
Francia, Inglaterra o los Estados Unidos, S/. 2.000.000 para la compra
de rieles, remaches y otros materiales. Estos materiales se comprarían
por orden bajo la inspección de Meiggs o sus agentes, y Meiggs
presentaría sin demora boletas de fletamento certificadas por un
diplomático o agente consular peruano en el lugar en donde se
efectuase la compra. El saldo de S/. 10.000.000 sería abonado a Meiggs
por cuotas mensuales conforme al millaje trabajado cada mes, S/.
70.000 por cada milla de vía abierta y terraplenada para recibir
durmientes y rieles, y otros S/. 30.000 por cada milla completa y
lista para el uso. Para tener derecho al pago, Meiggs debería
presentar cada mes un certificado firmado por el ingeniero a cargo de
la inspección de la obra. Al concluir el trabajo se haría una
liquidación de cuentas, y Meiggs recibiría el saldo a su favor, si
hubiese alguno. El gobierno no estaba obligado, por ninguna causa, a
hacer otros pagos que los estipulados.

Si por cualquier razón el gobierno dejase de pagar por tres meses
consecutivos las dichas mensualidades, provocando la paralización del
trabajo, Meiggs podría suspender inmediatamente todas las obras y
exigir el pago de lo que se le debiera, más intereses, daños y
perjuicios, o podría continuar los trabajos por su propia cuenta y
explotar la línea hasta cobrar por sí mismo lo que se le debiera. Si,
al contrario, el contratista suspendiese la obra por tres meses, el
gobierno podría declarar rescindido el contrato y demandar
indemnización por daños y perjuicios a causa de incumplimiento de
contrato.

Cualquier discrepancia acerca del contrato que pudiera surgir entre el
gobierno y el contratista, sería fallado por las cortes de la
República (peruana), de conformidad con sus leyes y sin haber lugar a
apelar a otros medios.

Al terminar el trabajo, el gobierno, si así lo deseara, podría comprar
a Meiggs, para el servicio de la línea, cualquier material que hubiese
sobrado 18.

Bajo tales términos fue construido el ferrocarril a Arequipa, al cual
un gobierno dominado por arequipeños, declaró francamente que era una
recompensa a la ciudad de Arequipa por su heroica actitud al derribar
el creciente poder de la dictadura [referencia al gobierno de M. I.
Prado. Trad] 19.

Acerca de la ratificación del contrato, exclama el Dr. Casós: Por fin
se firmó el decreto; lo que equivalía a firmar la corrupción como
sistema; lo que equivalía a firmar la facilidad de levantar una
fortuna en pocos días; lo que equivalía admitir al gran corruptor del
país y la impunidad de todos los que serían sus cómplices en el futuro
20.

Por ese tiempo, y después, se hablaba mucho en el Perú sobre métodos
de corrupción relacionados con el otorgamiento del ferrocarril a
Arequipa. Más tarde, en 1921, año del cincuentenario de la
finalización de la vía, Jesús Antonio Diez Canseco, hijo de Diez
Canseco que era Presidente cuando se hizo el contrato, creyó necesario
explicar algunos puntos relacionados con los vínculos entre su padre y
el ferrocarril. Ese año, el hijo publicó un folleto titulado Para la
historia patria: el Ferrocarril de Arequipa y el Gral. don Pedro Diez
Canseco, en el que aparece este intrigante párrafo:

Después de abandonar el gobierno (i. e. después de que Diez Canseco se
retiró del gobierno. Autor), el contratista creyó que debía dar las
gracias al General Canseco y su ministro en la revolución de 1867 y el
régimen provisional de 1868, el Dr. Juan Manuel Polar, quien se mostró
siempre tan entusiasta sobre todo lo relativo al progreso de Arequipa,
y les ofreció, muy espontáneamente, sendas letras de cambio de cien
mil pesos, por intermedio del Coronel Diego Masías; letras que fueron
devueltas por ambos cuando supieron del obsequio, y el General encargó
al señor Masías directamente y por medio del Dr. Polar que devolviese
tales documentos al señor Meiggs. . . Pasaron algunos meses sin que el
General recibiese del señor Meiggs el correspondiente acuse de recibo
de los documentos de manos del señor Masías, y, no satisfecho con la
información del Coronel Masías, el cual había escrito al General Diez
Canseco que había devuelto las letras a Meiggs, escribió una carta al
mencionado señor Meiggs, diciéndole que no le era posible aceptar el
obsequio y que había instruido al señor Masías que se lo devolviese; a
esta carta, entregada por el hijo del General en persona, respondió el
señor Meiggs diciendo que él tenia las letras en su poder, devueltas
por el señor Masías 21.

El folleto de Diez Canseco contiene reproducciones fotográficas de la
carta del coronel Masías al General Diez Canseco, informándole que
había devuelto las letras a Meiggs, y de la carta de Meiggs a Diez
Canseco. Meiggs decía que deseaba hacer un regalo a Diez Canseco, pero
que no afectase su integridad ni su reconocida probidad. Añadía: Yo,
respetando la escrupulosidad y refinada justificación de Ud. y del Dr.
Polar, he recibido devueltos por el Coronel Masías las ya mencionadas
letras, no quedándome sino admirar tan extremado desinterés al rehusar
un presente que, de haber sospechado que pudiese empañar tan buenas
reputaciones, yo me habría abstenido de hacer.

Puede ser que este cambio de cartas se hiciera con toda sinceridad.
Pero no deja de ser interesante que Meiggs hubiese resuelto hacer
tales obsequios a los hombres que encabezaron el gobierno con el cual
hizo su primer contrato en el Perú. Por manirroto que fuese Henry
Meiggs no acostumbraba tirar así no más, al desgaire, documentos por
cien mil pesos. Al menos, él debió pensar que tenía algo que pagar. Y
cualesquiera fuesen sus relaciones con el Presidente Diez Canseco,
este acto permite conocer la clave de sus métodos.

A principios de mayo, pocos días apenas después de haberse, firmado el
contrato, un escritor que firmaba Un patriota, pudo decir que el
silencio de la prensa era una prueba efectiva de la general aceptación
hacia el contrato Meiggs. Sólo el señor Dockendorff estaba desagradado
con lo que el gobierno había resuelto, dijo el articulista, y, como se
trataba de un postor derrotado su desagrado carecía de autoridad 21.

Sin embargo, en la medida que los términos del contrato fueron mejor
conocidos, y especialmente cuando el régimen de Diez Canseco, que hizo
el contrato, fue sucedido por el de (José) Balta —cambio ocurrido el 2
de agosto—, el convenio con Meiggs, desde un lado u otro, sufrió
varios ataques. El senador Torero, en sesión del 16 de septiembre,
describía el contrato como uno al que la opinión pública ha
considerado oneroso en todos sus aspectos 23. El senador Orihuela, aun
cuando apoyaba la construcción de la vía, se refirió a los misterios
atribuidos al contrato 24. Otro senador más, (Daniel) Ruzo, en la
misma sesión, recordó a sus oyentes que habían aparecido muchas
publicaciones sobre el asunto de ese mismo ferrocarril a Arequipa.
Afirmó que el gobierno, al firmar el contrato Meiggs, deseaba ir
adelante en seguida y, que al proceder así, había omitido las
precauciones necesarias de un estudio preliminar del proyecto. En ese
proyecto —dijo— de comienzo a fin no aparece otro nombre que el de
Meiggs. Era evidente, pensaba el senador, que el gobierno había
deseado proceder sobre la marcha a contratar con Meiggs, sin atender a
las propuestas de otros postores 23.

En junio y julio de 1868, los periódicos de Lima dedicaron mucho
espacio a discutir el contrato de Arequipa. Un escritor anónimo de El
Nacional, en los números de 27 de junio y de 3 y 8 de julio, hizo un
extenso análisis. Criticaba irregularidades en el procedimiento
observado al hacer la licitación y el contrato Meiggs, y declaraba que
el precio establecido era exorbitante. Afirmaba que algunas de las
cláusulas estaban mal redactadas, lo que, para él, indicaba el poco o
ningún cuidado prestado por los funcionarios de gobierno. Creía que
los materiales comprados fuera, deberían ser pagados en Lima a fin de
que el gobierno pudiera comprobar mejor su costo y calidad. No
encontraba lógico que se debiera pagar a Meiggs S/. 100.000 por milla,
sin tener en cuenta que el costo dependería de la naturaleza del
terreno que atravesaría. El saldo de S/. 10.000,000 para pagar a
Meiggs en adición a la compra de materiales afuera, quedaría agotado
con la terminación de cien millas, no obstante de que toda la vía
debería tener ciento catorce millas: he allí una nueva prueba del
descuido en la confección del contrato. Chile, afirmaba el
articulista, no había procedido de ese modo superficial. Citaba el
contrato de Meiggs para la construcción del Ferrocarril
Santiago-Valparaíso, demostrando que el monto del pago dependía en ese
caso del costo y dificultades de la obra realizada. Puesto que Meiggs
no gastaba su propio dinero, el articulista no encontraba razón para
que el gobierno se comprometiese a pagarle daños y perjuicios en caso
de suspensión por el gobierno de la cuota mensual. Una causa más de
crítica fue que en el contrato faltara toda clase de seguridad para el
leal cumplimento por parte del contratista. En el caso del ferrocarril
chileno, el gobierno había retenido el 10% de la garantía para
asegurar el cumplimiento del trabajo. En el de Arequipa no existía
cláusula similar. El crítico creía que los intereses de Meiggs habían
quedado debidamente salvaguardados, mas no los del gobierno y el
pueblo peruanos.'

Poco después del acceso al poder de Balta, Federico Torrico publicó un
folleto titulado Exposición a S. E. el Presidente de la República
sobre la conveniencia de modificar el contrato celebrado para la
construcción del Ferrocarril de Arequipa y examen crítico de dicho
documento. Aunque el contenido del folleto no es tan formidable como
su título, merece atención. Torrico declaraba que todas las formas
legales de procedimiento habían sido violadas al hacer el contrato;
que los precios habían sido señalados sin ajuste oficial y sin la
debida publicidad para los estudios preliminares y las propuestas; que
se había omitido toda cláusula de seguridad para los intereses del
Estado, y que, sobre éste, se habían impuesto responsabilidades ajenas
a su índole; que ni el gobierno ni el contratista sabían si los
precios establecidos en el contrato eran justos o no, computados
arbitrariamente en la exorbitante suma de doce millones de soles; y
finalmente, que ciertos términos del contrato violaban la Constitución
peruana 20. Para sostener estos puntos estaban esas cuarenta páginas
de argumentaciones.

No se hicieron esperar los defensores del contrato. Algunos se
apresuraron a responder cargos como los enumerados. Uno, que firmaba
Veritas, colaboró para El Nacional con una larga refutación a los
artículos arriba resumidos, así como a los cargos aparecidos en El
Comercio.

Veritas decía que era un sofisma acusar como se había hecho desde
ciertos sectores, que el ferrocarril fuese puramente local y
favorecería sólo a Arequipa. Tal actitud era antipatriota, porque ese
ferrocarril sería parte de una red que convertiría al Perú en el
emporio de Sudamérica. Los argumentos para fundamentar el cargo de que
la suma a pagarse a Meiggs era excesiva, resultaban tan futiles y
banales que no merecían refutarse. Meiggs, desde luego, esperaba tener
ganancias al construir la vía. Sin embargo, no era un vulgar
contratista. El había sido llamado al Perú a emprender la obra por
todos los gobiernos peruanos durante los últimos diez años. Había
venido al fin y había formulado su propuesta sobre la base de los
estudios de Blume y Echegaray, y después de examinar cuidadosamente el
propio Meiggs todos los trabajos científicos existentes relativos a la
cuestión ferrocarrilera. El precio fijado distaba mucho de ser
exagerado. El costo del ferrocarril era más o menos problemático, y
así eran también las cifras de las ganancias del contratista. Aquí,
Veritas admitía indeliberadamente que el proyecto había sido, tal como
se lo acusaba, insuficientemente estudiado.

Además, según Veritas, el gobierno, al hacer el contrato no había
procedido de ligera o con negligencia. Los miembros del gabinete, al
dar su voto unánime a la propuesta de Meiggs, blanco de inmerecidos
ataques, tenían vívidas en sus mentes los antecedentes —de uniforme
fracaso— y al preferirla sobre las demás proposiciones que se
presentaron a la licitación,- no accedían a impulsos de innobles
codicia o intrigas de palacio, sino que obedecían al peso de sus
convicciones de que tal propuesta era la que ofrecía mayor seguridad
con respecto al cumplimiento. El gobierno no exigía garantías de
Meiggs porque no existía razón legítima que sirviera de pretexto para
imponer tal onerosa condición a un contratista que no pedía un solo
centavo de adelanto al gobierno.

El gobierno había sido criticado —decía Veritas— por la facilidad con
que accediera a entregar S/. 2.000.000 para la adquisición de
materiales en el exterior, y, además, S/. 3.000.000 en el Banco del
Perú para asegurar el pago de las primeras treinta millas de vía. Lo
que el gobierno había querido hacer con ello era un acto de simple
complacencia y distinción para con el honorable e inteligente
contratista. El articulista dejaba para mejor oportunidad la
exposición de todas las razones que tenía para considerar el contrato
Meiggs como un acto que decía mucho en favor de los patrióticos
sentimientos que animaran al General Diez Canseco y a sus meritísimos
e ilustres ministros 27.

¿Por qué, en un asunto que debía suponerse un frío negocio, el
gobierno se había entregado a Meiggs en la forma indicada? El
contenido de este capítulo debe haber más o menos dejado en claro la
respuesta. Los esfuerzos de algunos escritores, quizás inspirados en
algo más tangible que los sentimientos patrióticos, para presentar el
haberse decidido por Meiggs sin exigirle garantías como algo
razonable, son apenas dignos de sonrisas. Por ejemplo, éste:

La fama que acompaña a un hombre en su carrera aumenta
incalculablemente el valor de su trabajo. A veces logra generosas
remuneraciones tan sólo por haber permitido unir su nombre a una
empresa dada. La pintura de un artista no vale igual que la de un
pintor de poco renombre. El señor Meiggs se encuentra, y con justicia,
en tal caso ...

Si el señor Meiggs fuese un aventurero desconocido; si no hubiese
llegado al Perú precedido de una reputación sin paralelo y con una
fama justamente ganada de inteligente, puntual y enérgico contratista
de obras públicas; si sus realizaciones en ese campo no constituyeran
por sí mismas la única garantía que cualquier gobierno debiera pedir;
entonces, ciertamente, la actual administración, enseñada por la
historia de anteriores contratos, no habría aceptado la propuesta del
señor Meiggs en los términos en que ha sido publicada ...

Sin duda, la diferencia con que el gobierno peruano ha tratado al
señor Meiggs es altamente honrosa, para aquél, y para éste, mas que
cualquiera cosa lo estima en todo lo que vale .. .28

La observación de que don Enrique estimaba en todo lo que valía la
deferencia mostrada hacia él por el gobierno peruano es, sin duda, un
hecho, aunque quizás no en el sentido en que el articulista la
presenta. No es este el primer caso de desmedida adulación a Henry
Meiggs por un peruano; pero es típica de la clase de cosas que se le
hicieron usuales y continuas hasta su muerte, aunque algo disminuidas
en cantidad, después de los tres o cuatro primeros años de su
residencia en Perú. Durante su apogeo, aquello había aumentado en tan
repugnante volumen que el inglés Duffield se inspiró en ello para
escribir estas deliciosamente satíricas expresiones: Uno no puede
respirar sin Meiggs, así como no se puede tomar la comida sin tragar
polvo; dormir sin picaduras de pulgas o sin la adormecedora
trompetilla de los mosquitos. Meiggs en todas partes; a pleno sol y en
la tormenta, en el mar y en las cumbres del mundo, ahora llamadas
Meiggs; en el terremoto y en la apacible atmósfera de la más elegante
sociedad del mundo 29.

Durante su campaña para el ferrocarril de Arequipa, Meiggs no omitió
ningún ardid. Aceitó tan bien el camino, que obtuvo todo lo que
quería. Empujado por su resolución de construir el ferrocarril a la
favorita ciudad de Arequipa, por la sobreestimación de las
consecuencias que de ello derivarían, y persuadido por beneficios más
concretos y más inmediatos que don Enrique sabía muy bien cómo
proporcionar, el gobierno entregó el país y sus recursos al apoyar al
contratista, el recién llegado Pizarro yanqui.

Notas:

1) A. J. Duffield (Perú in the guano age, London 1877) hace el
mencionado paralelo con cierta extensión.
2) Papeles Costa-Laurent. El señor Federico Costa-Laurent, ingeniero,
es autor de varios trabajos sobre los ferrocarriles del Perú, el más
importante de los cuales es la Reseña histórica de los ferrocarriles
del Perú (Lima, 1908). Tuvo mucho interés en Meiggs, y durante años
estuvo reuniendo materiales para un estudio sobre su vida. Según
información de su viuda, salvó el archivo Meiggs de ser destruido.
3) El Ferrocarril de Arequipa, Lima, 1871, p. XXXV.
4) Agosto 26, 1870. El Gibson mencionado fue sin duda Patrik Gigson,
quien, con John Pickering, había hecho un contrato –que no cumplió-
para construir el ferrocarril a Arequipa. Esta fue una de las razones
para que lo construyera el gobierno. (Los Gibson permanecieron desde
entonces en Arequipa, dedicados a negocios; el finado Juan Gibson
organizó la casa de su nombre y puso los cimientos para el banco que
sus hijos Juan, Carlos, Percy y otros poseen en Arequipa ahora. Trad).
5) En esta islita frente a la costa ecuatoriana, en medio de enorme
angustia y encarando la rebeldía de su pequeño grupo de secuaces,
Pizarro trazó con su espada, sobre la arena, una línea de este a
oeste. Entonces, saltándola hacia el sur, invitó a los que quisieran
acompañarlo a seguir al Perú y conquistar riquezas y gloria. Sólo
trece la cruzaron.
6) Pp. 88-89. El Dr. Sada, aquí llamado Soda, fundó la Escuela de
Agricultura de Chile y está vinculado a los primeros esfuerzos para
idéntica fundación en el Perú.
7) En un folleto de J. Rinaldo (sic) Márquez, La orgía financiera del
Perú: el guano y el salitre (Santiago de Chile, 1888), se hacen
alusiones a un libro de notas en el que Meiggs apuntaba tales pagos
cuando creía necesario hacerlos a miembros del gobierno y personas
influyentes. Los herederos de Meiggs, decía Márquez, lo llamaban el
libro verde (pp. 66-67). (Se trata de J. Arnaldo Márquez, reputado
poeta peruano, a quien se atribuye la invención de la linotipia, el
cual murió sólo en 1904, después de una vida azarosa y andariega. El
Dr. Casós fue un notable orador y político peruano, quien, a raíz de
haber intervenido en el fugaz y sangriento gobierno de menos de una
semana, julio de 1872, se refugió en Europa, desde donde lanzó las
obras que el autor, señor Stewart, comenta y cita en el texto. Trad.).
8) Véase Los ferrocarriles del Perú; Colección de Leyes, Decretos,
Contratos y demás documentos relativos a los ferrocarriles del Perú,
hecha de orden de D. Enrique Meiggs (Lima 1876), I, 533.
9) Pp. 97-98.
10) Perú in the guano age, pp. 15-17.
11) Perú and its Creditors (London, 1877), pp. 118-119. Las cursivas
pertenecen al autor, Stewart.
12) Los ferrocarriles del Perú, I, 550-552.
13) Ibid. I, 552-554.
14) Ibid. I, 554-555.
15) Ibid. 555-558.
16) Ibid. 558.
17) Ibid. 563.
18) Ibid. 560-562
19) Documentos parlamentarios, 1869. Memoria que el Ministro de Estado
en el Despacho de Gobierno, Policía y Obras Públicas presenta al
gobierno nacional de 1869, p. 18. El ministro era el Dr. Polar.
20) ¡¡¡Los hombres de bien!!!, p. 134.
21) Pp. 11-12, el folleto se publicó en Arequipa.
22) El Nacional, mayo 9, 1868.
23) Diario de los Debates, Cámara de Senadores, Congreso de 1868, p. 124.
24) Ibid, p. 595.
25) Ibid. . 585.
26) Prefacio, p. LV.
27) El Nacional, julio 11, 1868.
28) El Nacional, julio 21, 1868.
29) Op. cit, pp. 122-123. Se dio el nombre de Mr. Meiggs a ese pico,
bajo el cual se abrió el túnel que conduce el ferrocarril de La Oroya
a través de las cumbres andinas. La referencia al terremoto proviene
del hecho de que Meiggs dio una gran –y muy voceada- suma para ayudar
a las víctimas del terremoto que estuvo a punto de destruir Arequipa y
dañó mucho varias ciudades en agosto de 1868.

*Henry Meiggs, Un Pizarro yanqui, Watt Stewart, Profesor de Historia
del New York State College for Teachers, Albany, N.Y; Ediciones de la
Universidad de Chile, 1954,