Monday, February 01, 2016

¡A Don Quijote: mi tesoro de fidelidad!

¡A Don Quijote: mi tesoro de fidelidad!
por Zully Pinchi Ramírez; alertasenhal@gmail.com

2-2-2016

¿Cómo imagino a Don Quijote? buena pregunta que me hice estando en algún lugar de la Mancha, ¿será que Don Quijote vive para siempre en algunos corazones románticos e imaginativos como el mío?

Delgado, ni tan alto ni tan bajo, un simpático bigote de extremo a extremo, varonil, con una sonrisa estremecedora y unos ojos tiernos, inocente y tímido, aunque este hidalgo inteligente e ingenioso haya dejado ya los veinte hace unas tres décadas, aún conserva ese respeto adherido en los hombres de verdad, en los valientes, en los que talvez están cada vez más en extinción.
Me lo imagino así con una pasión exacerbada, sacrificada, estoica, aunque fue minoría, y sabía que iba a perder él siguió en la lucha admirable hasta el final sin rendirse.

Un loco sin argumentos ni estatutos mentales que sólo quiso ser Superman por una vez para, por un segundo, acaparar la atención, admiración y respeto de su amada, obtener fama por cinco minutos para que ella se fijará en él, la dama virtuosa, la suprema, la digna, Aldonza Lorenzo, Dulcinea del Toboso.

La que para él era única en su especie, aquella que en futuro podía compenetrarse con él y formar juntos una sola carne, ser amigos, confidentes, cómplices, camaradas, amantes, dementes viviendo sin razones, respirando sensaciones hipotecadas de lealtad incomparable.

Imagino a todos los compositores, poetas y cantantes, guionistas, pensadores, filósofos, escritores, novelistas, profesionales de la pluma inspirándose en el amor, sentimiento inexplicable, profundo, inexacto, incomprensible, incomparable e inefable que llega a veces por un minuto, efímero, de paso y en oportunidades para siempre, aquel sentimiento que hace que como imán dos personas quieran estar juntan en esta vida y en todas las que toque por vivir, algunos han plasmado este motor con versiones modernas de Shakespeare y otros cuantos en aquel amor imposible, sufrido, alentador e idealista de Don Quijote y Dulcinea del Toboso.

¿Que tal si por un segundo imaginamos la utopía de estos dos personajes amándose y queriéndose tanto que terminaron juntos hasta el final de sus vidas, que ni la misma muerte los pudo separar?

Ella maja, bella, inteligente, astuta, peligrosa, cariñosa, sigilosa, salerosa, él, pensativo, cauteloso, ocurrente, gracioso, con dominio propio, decente, decoroso, respetuoso, de buen carácter, y juntos como sal con aceite, tan diferentes y parecidos a la vez, con una característica muy especial, una dinamita en explosión en pleno campo de batalla, una bomba avasalladora, una metralleta disparando coraje, esplendor y gloria desenfrenada, después de ser lo vil y menospreciado del mundo, finalmente camina con algarabía de la mano de su mujer, de su adorada.

Don Quijote y Dulcinea en la famosa pelea con los gigantes, corriendo libres en un cielo eterno y en un infinito campo de creación, inmolados por las naciones, pero su victoria y fuerza diluidas en una tormenta de flechas y arcos, batalla inagotable, tan ciegos y tan locos que nunca pudieron discernir un molino de un nefilim.

Sin corona, sin trono, sin palacio, ni castillo, sin alma y sin espíritu solo con gracia y verdad, ni reconocimiento alguno, ni señorío, ni majestad sin medallas ni trofeos ni títulos nobiliarios, todos reverenciando y susurrando, algunos con risa, burla y perversidad, ahí viene el rey, el loco, el hidalgo, el caballero, el don Quijote, el enamorado, el pisado, el soñador, el valiente, el héroe, que peleó en contra de los anatemas, de los hijos de la maldad y adoradores de la muerte y destrucción.

De tanto querer salvar al mundo, de tanto querer protegerse, de tanto anhelar defender a su musa inspiradora terminó perdiéndose en medio de tanta historia, tanta prosa, tanta rima, tanto índice, bibliografía, introducción, análisis y conclusión, se le fue la vida, se le fue el amor y con eso, se sumergió en el dolor, se le fue el sueño y se le fue la realidad.

De tanto recordar la más grande obra de todos los tiempos, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra, suspiro y por un día me hubiera gustado ser Dulcinea en una de sus extensas páginas y dentro de tal narración enredarme y buscar a Don Quijote, correr a sus brazos a decirle que le ganó a los más ricos, poderosos, hermosos, bellos, gloriosos y talentosos, si mi vida dio por mí, yo le cantaría una canción desentonada y le regalaría mi tesoro más grande, mi fidelidad.





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