Informe
Señal de
Alerta-Herbert Mujica Rojas
25-8-2026
Japón estaba vencido, antes de Hiroshima y Nagasaki
https://senaldealerta.pe/japon-estaba-vencido-antes-de-hiroshima-y-nagasaki/
En La
historia silenciada de Estados Unidos, de los autores Oliver Stone y Peter
Kuznick, se afirma en su p. 237: “Hacia finales de 1944, la armada japonesa ya
estaba muy diezmada: había perdido siete de doce acorazados, diecinueve de
veinticinco portaaviones, ciento tres de ciento setenta submarinos, treinta y
uno de cuarenta y siete cruceros y ciento diez y ocho de ciento cincuenta y
ocho destructores. El Ejército del aire también estaba muy debilitado.”
Las dos
bombas atómicas, Hiroshima y Nagasaki, 6 y 9 de agosto de 1945,
respectivamente, fueron pues genuinas barbaridades contra un país derrotado en
los hechos.
En El
método Hiroshima, Joselo Olascuaga, https://www.carasycaretas.com.uy/columna-destacada/el-metodo-hiroshima-n65225
escribe estas líneas esenciales:
Cuando Estados Unidos era el país dueño de los cielos, capaz de imponer
las zonas de exclusión aéreas que le convenían y de bombardear desde los cielos
cuanto le convenía, el 6 de agosto era algo más que la conmemoración de la
primera bomba atómica lanzada sobre una ciudad, la de Hiroshima, en 1945, por parte de EE. UU., y la otra, tres
días después, sobre Nagasaki, dejando doscientos diez mil muertos en el acto e
infinitas generaciones de niños afectados en sus formaciones por la
radioactividad (otros hablan de 110 mil; la cifra es lo de menos, tanto una
como otra cuentan lo mismo: un genocidio, un crimen de guerra, la eliminación
de mujeres, niños, viejos y demás población civil, y los otros animales que
también vivían en aquellas ciudades).
La
bomba atómica sobre Hiroshima fue militarmente innecesaria para derrotar a
Japón, que ya estaba vencido, tal cual este año reconoce una película de
Hollywood sobre el principal científico encargado de engendrar la bomba,
“Oppenheimer”, de Christopher Nolan, que hoy está en boga. En su reseña de la
película para la revista El cohete a la luna, Marcelo Figueras dice:
«Porque
Hitler murió a fines de abril del ‘45 y Alemania se rindió a comienzos de mayo,
pero la Casa Blanca y el poder militar no aflojaron su presión en pos de la
bomba. Y Oppenheimer comenzó a entender que apuntar los cañones hacia Japón era
la excusa práctica, dado que la isla proseguía su ofensiva bélica, pero que la
verdadera razón de la presión era en primer término la Unión Soviética —a pesar
de que circunstancialmente eran aliados— y, en último, la supremacía mundial.
Frenar
el carro a esa altura debe haber sido materialmente imposible, y además
Oppenheimer había echado sobre el paño verde de la apuesta su prestigio
científico.
El día de la
bomba sobre Hiroshima quiso mostrarse triunfal delante de los trabajadores de
Los Álamos y alzó las manos entrelazadas encima de su cabeza “como un campeón
de boxeo”, dicen, mientras se lo vitoreaba. Entre las cosas que atinó a decir,
una fue: “Qué pena que no alcanzamos a usarla (a la bomba) contra la Alemania
nazi”. Porque a esa altura intuía ya que volar por los aires a Hitler y a los
SS hubiese sido algo muy distinto de pulverizar a un montón de japonesitas y
japonesitos. Sospecha que se volvió amarga días después, cuando de forma por
completo innecesaria una segunda bomba borró Nagasaki del mapa».
Gunther Anders escribió en 1958 que las bombas atómicas lanzadas sobre
Japón produjeron un hombre nuevo y fundaron una época radicalmente distinta,
sin precedentes y sin vuelta atrás: Santiago Alba lo describe así: «del
"todos los hombres son mortales" del estado natural y del "todos
los hombres son eliminables" del lager, se ha pasado, sin posibilidad de
retorno, a la premisa silogística de la nueva era: "la humanidad entera es
eliminable".
Podemos decir, de hecho, que la humanidad no existía antes de Hiroshima;
podemos decir que la humanidad es el resultado de la bomba. Al contrario de lo
que pretende Costanzo Preve, la humanidad no produjo Hiroshima, sino que es un
producto suyo: antes había clases, naciones, individuos, y la humanidad
constituía apenas el sujeto ilusorio bajo el que se trataban de emborronar
diferencias irreconciliables.
La bomba atómica lanzada sobre Hiroshima, con su latencia de Holocausto,
constituye a la humanidad por vez primera, pero como objeto de amenaza, como
unidad negativa susceptible de destrucción. Ni la globalización, ni la
televisión, ni la revolución tecnológica: desde el 6 de agosto de 1945 existe
la humanidad; desde el 6 de agosto de 1945 —mucho antes de la invención de
internet— todos vivimos ya en el mismo mundo. Y sólo porque ese mundo, dure lo
que dure, estará siempre a punto de desaparecer».
Ahora que,
gracias a Assange y a través de su sacrificio, disponemos muy mediatizadamente
de los cables que las filiales del cielo le enviaron a éste en los últimos
años, tenemos unas cuantas piolas enjabonadas para tratar de treparnos en un
juego muy entretenido hasta que nos derriben con sus bombas verticales.
Fidel Castro tuvo razón desde un comienzo (leyendo, tal vez, otras
filtraciones). En cuanto comenzaron las revueltas en el mundo árabe en 2011,
pronosticó que la OTAN bombardearía Libia y se apoderaría de sus pozos
petroleros. Cuba tiene fama de operar el mejor servicio de inteligencia detrás
de la CIA (y en África, quizás, delante). Y antes Irak. Y después Siria, la
Boabab (la mayor bomba después de “La Super”, la atómica) sobre Afganistán.
Guernica, Durango (los primeros bombardeos aéreos) y el barrio judío de
Varsovia (el primero discriminado a civiles; los tres por la luftweff nazi)
revisitados sobre las capitales de Donest y de Lugans desde 2014, que entonces
no tenían ni una sola batería antiaérea.
En nuestro continente aplicaron el método a Ciudad de Guatemala en 1954; a
Plaza de Mayo, Buenos Aires, en 1955, a Panamá, en 1989; y Kennedy fue
asesinado por haber llegado tarde a aplicar el método a La Habana (pensando que
con Bahía de Cochinos alcanzaba); por haber llegado cuando ya Cuba mostraba
misiles soviéticos a 150 kilómetros de Estados Unidos”.
Hasta nuestros días la
barbarie de esas dos bombas, Hiroshima y Nagasaki, ha carecido de una cabal y
honesta narración.

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