Informe
Señal de Alerta-Herbert
Mujica Rojas
31-7-2026
Andrés Townsend y Domitila
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Un día como hoy 31
de julio, 1994, partió Andrés Townsend Ezcurra. Orador, escritor, periodista,
académico y, sobre todo, una persona limpia, el político de cuna chiclayana, se
fue sin rencores ni odios. No tuvo memoria para los agravios y las bajezas.
Este testimonio,
como tantos otros, es humildemente personal. ATE (Andrés Townsend Ezcurra), me
fue presentado una noche de 1973 por Víctor Raúl Haya de la Torre en la Casa
del Pueblo, por entonces colmena múltiple de actividades incesantes.
Pocos años después,
1977, fui invitado por Townsend a integrar el equipo que él lideraba, bajo la
celosa mirada de Víctor Raúl, con Carlos Roose, Enrique Delgado Valenzuela y
que creó El Partido del Pueblo. Historia Gráfica del Aprismo en cinco fascículos
de gran circulación desde entonces.
En Domitila y recuerdo de don Andrés, 2-7-2023, escribí las siguientes líneas
informativas de un idilio del más alto calibre intelectual y divertido. Leamos.
“No una, cien o más
veces, multiplicadas durante largos años que tuve la suerte de conocer y
tratarle, noté la devoción cariñosa que Andrés Townsend Ezcurra prodigaba a una
vieja maleta cuyo contenido había sido su pasaporte de invicta lucha contra la
pobreza cuando fue deportado político en Buenos Aires, Argentina.
Se trataba de Domitila, así la bautizó con picardía
chiclayana, a su Remington de aquellos agitados años 30 y que empeñó cada vez
que debió hacerlo, para tener algunos pesos mientras llegaban las ansiadas
remesas desde Perú.
Escribió don Andrés:
"Durante más de diez años, viví en Argentina, en Buenos
Aires, por períodos más breves en La Plata y realicé frecuentes viajes al
Uruguay. Una década vivida entre los veinte y los treinta años influye sin
duda, y vigorosamente, en la formación de un hombre. Por eso confieso, sin
ambages, mi interés y simpatía por Argentina.
Creo entender a este país, tan próximo a mi afecto. Los años
allí transcurridos no fueron de genuino destierro. Por su clásica modalidad
acogedora, que les viene desde Alberdi y los años que ellos llaman de la
"organización nacional", es dificil que un no nacido en su territorio
se sienta extraño ni hostil. Y lo dicho es todavía más válido cuando se trata
de latinoamericanos.
Ni la diferencia en el acento, ni el color de la piel, configuran
un elemento alienígena. Cuando en la era de Perón cientos de miles de
argentinos procedentes de las provincias "pobres" del norte andino,
los llamados "cabecitas negras" se volcaron a la Capital, el
prototipo andino y cobrizo resultó más fácil de confundirse en una masa donde
antes predominaban abrumadoramente los ítalos e hispanos transplantados.
El "crisol de razas" comenzó a incorporar en su
mixtura los antes desdeñados -desde una perspectiva ciegamente europeísta-
expresiones de América aborigen, cuya huella es notoria en el antiguo
"camino del Perú", que comenzaba en Córdoba." p.
61, 50 años de aprismo, Andrés Townsend Ezcurra, Lima 1989.
No fue esa la única anécdota que me refirió don Andrés de
sus años porteños. A veces se "convertía" en Isaac Finkelstein y
asistía a convites de grupos judíos. Ciertamente el verdadero leit motiv que
guiaba sus tiempos de soltero codiciado, era alguna damisela integrante de
dicho conjunto ciudadano.
Y cada vez que las vacas eran flacas, contrasentido en un
país que como la Argentina, siempre se enorgulleció de sus vacas de raza
robustas y saludables, pedía perdón don Andrés a Domitila y corría hacia un
boliche en la calle Sarmiento donde tenía unos buenos amigos que le apreciaban
y depositaba a Domitila, su Remington, en calidad de garantía por un dinero que
le permitió vivir hasta que sus clientes honraban compromisos y le pagaban las
facturas atrasadas o llegaban los cheques desde Perú o ambas cosas a la vez.
En Buenos Aires y en esos años de vorágine intelectual
aumentada por la masiva llegada de españoles que huían de la cruenta guerra
civil, arreció el negocio editorial y la impresión de libros y no pocas veces
fue don Andrés requerido para traducir obras completas del inglés al castellano
y también como corrector de estilo y ortográfico, fue entonces que adquirió el
portentoso dominio del idioma que produjo una pluma fina y de buido sentido
literario y periodístico.
Solía decir: "Domitila fue una gran compañera". Y
la conservó siempre.
Años después y, otra vez don Andrés en Buenos Aires y en
ocasión de una Asamblea Ordinaria del Parlamento Latinoamericano de la que era
su secretario general, me cupo darle una sorpresa que le alegró muchísimo:
llevé al recinto del Congreso entre Rivadavia y Callao, al señor Rojo, su viejo
compañero de trabajo en Naciones Unidas en Nueva York quien al enterarse que yo
era peruano, me preguntó con directa expectativa: ¿no conocerá usted de repente
a Andrés Townsend?
Mi respuesta no sólo fue afirmativa, le referí que ATE (Andrés
Townsend Ezcurra) estaba en la capital porteña y que podía llevarlo para que se
vieran. Y así fue, recuerdo la sonrisa del encuentro y el recuerdo que hizo
Rojo sobre Domitila la Remington.
Nunca entendí, más que en estas horas procelosas, las
admoniciones que me hacía don Andrés acerca del valor sublime de las cosas y de
aquellas por las que uno guarda pasión devota para el trabajo.
Si usted amigo lector, cambia a Domitila la Remington, por
Rosita la laptop (Domitila de nuestros días), podrá entender que decidí imitar,
sin pronóstico bueno o malo aún, el camino tan divertido que siguió ATE.
Y habida cuenta de las enormes diferencias, no está demás
recordar hechos y acciones de hombres ejemplares.








